lunes, 11 de febrero de 2013

Capítulo 2: Ascensos


No sabía cuánto tiempo llevaba ahí metido.


La sala de maquinaría olía a aceite y a queroseno. Un olor ácido que se clavaba en los sentidos como dagas, acompasado del tintineante sonido de los engranajes encajando monótonamente en una cacofonía infinita, hacía de aquel lugar una excelente e improvisada sala de tortura. Del techo metálico y su miríada de tuberías que serpenteaban hacia todos los lados, colgaban algunas cadenas, como si se tratase de una cámara dónde colgar los fiambres. Una de ellas aprisionaba las muñecas de Bernard en alto, que era incapaz de defenderse de los golpes que le habían propinado en el abdomen.

- ¡Habla! ¿Quién os ha contratado? – gritó Olaf, crujiéndose los nudillos a modo de advertencia.
- Tu peluquero. – fue la respuesta de Bertnard, que recibió un golpe en el rostro, haciéndoselo ladear por la fuerza del impacto. Tenía desde hacía un buen rato un sabor metálico en la boca, había sentido la sangre antes.

Esta vez, el musculado Olaf decidió tomar un pedazo de tubería rota, tirada en el suelo y oxidada para mejorar la relación entre ambos.
- Habla, humano. O no tendrás un hueso sin romper antes de caer la noche. – dijo mientras golpeaba la palma de su mano con la improvisada
y oxidada arma.
-  Está bien, está bien…hablare – suspiró el cazador. Le habían bajado la máscara para poder entenderlo bien, no era la primera vez que trataba de usar las tretas para salir. Su gesto parecía débil, así que para escucharlo, sí o sí, tuvo que acercarse al prisionero.
- Tú...estilista. –  respondió.

El siguiente movimiento fue un rayo, un golpe con la suela y una patada directa a la ingle al captor. El pie permaneció clavado unos instantes, como si se hubiese clavado su punta en la carne, el norn gruñó de forma casi agónica mientras un hilo de sangre corría pierna abajo.

- Deja que te cuente que pasará si saco la pierna – siguió Bertnard – tengo una  daga escondida en la suela, y  está clavada cerca de tu carnet de padre. Si retiro la pierna, saldrá un chorro importante y en cinco minutos la habrás palmado. Así que si quieres salir de esta, desátame.

El Norn, actuó con más celeridad de lo que había visto en toda la noche. El corte había sido limpio y por suerte Bernard era un buen mentiroso. La cuchilla apenas había tenido fuerza para hacerle un arañazo, pero la fuerza del impacto era como si le hubiese seccionado la femoral. Cuando el sumiso Olaf optó por suspirar relajado, tras comprobar que no eran más que arañazos y sangre abundante, un golpe en la nuca lo dejó totalmente seco.
-  Buenas noches. – sentenció Bertnard tras haber sido liberado por el Norn y haber pasado la mano sobre sus muñecas.

La nave era de un tamaño considerable. Al salir a cubierta, tras recoger su rifle y recorrer las entramadas escaleras de caracol que serpenteaban hasta ella, el viento azotó su rostro. Cálido, seco y árido. Bertnard miró hacia el cielo, tratando de averiguar cuanto tiempo había pasado ahí abajo, sin éxito. El sol parecía brillar siempre con la misma intensidad en el desierto, salvo por las noches, que prometían frías. La cubierta contaba con unos escasos dos marinos, así que optó por esconderse tras el material apilado en cajas de madera y aguardar a que alguien pasase. A quien menos esperaba fue a quien asaltó tras escuchar los pasos acercarse, tras dar órdenes a los miembros de cubierta, alertándolos de la hora de la comida.

-  ¡Tú! – dijo la teniente, mientras Bert la apuntaba con su rifle, entreabriendo los labios carmesíes sorprendida.
- Encanto, si querías una cita conmigo solo tenías que pedirla, no enviar a tus matones – dijo sonriendo bajo su máscara – Siempre me ha gustado esto, arriba las manos, esto es un atraco.

La Teniente obedeció a regañadientes. Durante unos segundos se sintió tentada de saltar cubierta abajo, pero volaban a demasiada altura como para salir con vida de esa, desde su posición, se podían ver jirones de nubes, impactando contra el casco de la nave, como si fuesen olas
en el mar.
- Tengo una propuesta para ti. – continuó Bertnard tras unos segundos de incertidumbre – una propuesta que nos beneficiará a los dos.
- ¿De qué se trata? – gruño furiosa, mirando alrededor.
- ¿Quieres un ascenso? – le propuso con un tono de voz bajo, que hizo que la Teniente bajase lentamente sus manos, sorprendida. – Parece que es una buena nave. Dime donde está la chica, llévanos dónde queremos y te prometo un gorrito de capitana.
- ¿Estás de broma? – respondió.
- Si quieres después ya me darás las gracias. Llévame al puente de mando y lo verás.
- Cómo sea una treta te cubriré de plomo, guapito. – amenazó la Teniente.
- ¿Tenemos trato? – Quiso saber Bert.
- Lo tenemos. – En cuanto el cazador bajó el rifle, la mujer le indicó el lugar y siguió, quería cerciorarse que sus ansias de control en la máquina llegaban a su máximo exponente. Nunca había sido valorada debidamente por la tripulación por ser mujer. Era momento de que ese barco cambiase de manos.

Recorrieron con pasos metálicos la cubierta, por los laterales, evitando a cualquier marino que pudiese poner los ojos en ambos. Las escaleras que volvían a conducir a los intestinos de la nave eran tan angostas como las del Hangar C. Tras unos minutos de tenso recorrido, las escaleras comenzaron a tomar rumbo norte, y con ellas, les llevó por el interior del barco al camarote del capitán, preparados para asaltar la puerta de una patada conjunta.

El crujido de madera, no pareció sorprender a la pálida figura que había en su interior. Sumire, de pie, sonreía triunfal cuando se giró hacia la Teniente y el cazador, terminando de anudar su corsé en un lazo frontal. Tras ella, el cuerpo descamisado del Capitán yacía sobre la cama con un puñal incrustado en el pecho, y varios hilos de sangre
manchando las sábanas.

Bertnard miró a ambos y negó levemente con la cabeza, acercándose al cadáver para tomar el sombrero y lanzarlo a la Teniente.
-  Diles que intentó matarte, Teniente. Y que le diste su merecido. Que los prisioneros son libres, que cambiamos de rumbo y que nos quedamos para nosotros esta habitación hasta que lleguemos dónde queremos.

El revuelo estaba empezando a atraer curiosos, que anonadados contemplaban la escena, con armas en las manos sin saber bien que hacer.

- ¡Panda de vagos! – gritó la nueva Capitana – limpiad mi nueva habitación, ese bastardo no volverá a ladrar aquí. ¡Ahora soy yo estoy al mando!
- ¡Aye! – gritaron a la vez los marinos, obedeciendo sin rechistar.

Bertnard sonrió mirando a ambas. Parecía que el día estaba mejorando.

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