viernes, 20 de mayo de 2011

Entrada III.

>> Tiempos de tormenta <<


Desde donde me encontraba, podía observar a los ents vagar taciturnos, los pixis revolotear con las hadas en un sin fin de juegos y risas; también, podía oír el melodioso sonido de la flauta de uno de los sátiros, rodeado de la ninfas que habían sido atraidas por las notas. Desde donde me hallaba, podía sentir la brisa del bosque, los rumores de los árboles y la suave sensación de la crin blanca que acariciaba. Desde donde estaba, podía ver todo el esplendor de la fraga y a los hijos del bosque que allí se encontraban. Esa, sin duda, era la tranquilidad que necesitaba en ese instante.

Nuevos retos nos acontecían.

Valinar se había alzado de nuevo, unida ahora con Máscara, harían que la templanza de Balinor flaqueara haciendo que la fuerza y enfado de la naturaleza hiciese frente a los acontecimientos. Los semimdragones, dignos guerreros, unidos a los caballeros oscuros en una horda casi inflanqueable para aquellos que deseaban acabar con los acontecimiento. Apoyé mi diestra en el vientre y entrecerré los ojos, entre protectora y molesta. La fuerza de Balinor sería mayor. Sería suficiente para vencer los venideros acontecimientos; y sino no lo era, usaría sus dones para hacer que esa batalla fuese algo más molesta para ellos.

Máscara con sus sutiles dominios, nos engañaba, nos atormentaba, nos hacía perder a las personas queridas para la satisfacción y venganza de Tarsia. Tarsia, esa dichosa arcana, consentida y cruel, que por una rebeldía de poder y ambición odiaba a su hermanastro Balinor. Aquel, que sus padres hallaron en las cercanías del pueblo, aquel que podía derrocarla si Máscara no estaba, aquel que no perdería mi fé en él, aunque las muertes de muchos mancharan nuestras tierras; puesto que, no todos puedes ser salvados. Las últimas lágrimas de los caídos permanecían dentro de las piedras que Mina, Zechs y yo portabamos. Syra, Ian y Siux, volverían a nosotros, de eso estaba segura.

Sólo debíamos hallar la forma de derrocar a esa mujer. Parpadeé algo ausente y volví a pasar la mano por la blanquecina crin. Los mortales, aunque poderosos, siempre pueden ser vencidos. Tarsia, temía a su hermano, lo temía a tal punto de salir huyendo con notar su presencia y su protección. ¿Entonces, por qué Balinor no la derrocaba? ¿Quería intentar salvarla?. Desvié mi cetrina mirada hacia el templo que se alzaba en una de las esquinas de la Fraga y suspiré levemente.

Eran tantas las preguntas que aun quedaban por responder.

Por ahora, debía centrarme en el maese Gloignar y las piedras de alma. El clero de la diosa Eore quizás pudiera ayudarles.