miércoles, 7 de enero de 2015

Interludio de desaparición: Nightmare.

“Recordar que uno va a morir es la mejor manera que conozco para evitar la trampa de pensar que hay algo que perder. Ya se está indefenso. No hay razón alguna para no seguir los consejos del corazón.”


¿Cuánto tiempo había pasado? Horas… Días… ¿Semanas? No lo sabía, no lo recordaba. Mis pies rozaban el suelo y encadenadas estaban mis manos a un gancho en el techo en medio de las paredes, había sido atrapada y entregada a ese tipo, para que decidiera qué hacer conmigo. Y había visto el desprecio más grande en los ojos del Líder, mientras sopesaba mi sentencia. Mientras cruzaba con él la mirada, dedicándole todo mi desprecio y  mi odio, respondiéndome él con una sonrisa indescifrable y una mirada despectiva, regodeándose ante mi patetismo. El llamado Líder sólo declaró que iba a otorgarme “la atención que debidamente merecía”, pero no me dio pistas sobre lo que planeaba hacer. En vez de eso me mandó encerrar, a la espera de la sentencia.


Esperaba mi muerte. A decir verdad desde hacía una eternidad. Mis manos alzadas en las cadenas de aquel gancho habían dejado de hormiguear hacía demasiado tiempo, sabiendo que el riego sanguíneo ya no circulaba por las entumecidas venas de los brazos. Mis pies apenas rozaban el suelo con las puntas y eso había llevado a que mis hombros casi se dislocaran por mi propio peso. Lo único que me acompañaba era un trémulo rayo de sol de vez en cuando y, eso, no me ayudaba a contar los días que llevaba en ese lugar. El frío había llegado más pronto de lo esperado y las nubes conseguían confundirme en la hora.

Después de lo vivido con varios de sus caníbales dudaba que me diera una oportunidad. No… él lo había dejado claro. No iba a gozar de un juicio justo ni de ninguna lucha de supervivencia. Eso le haría perder a más de sus hombres y era más divertido seguir siendo un mero juguete de trapo. Ese tipo no quería una mujer problemática en su campamento, si es que a esa pocilga de lugar se le podía denominar así. Lo más rápido, lo más cómodo, era apoyar mi cabeza en un tocón y dejar que el hacha de un verdugo les librara de los problemas. De mí.

¿Entonces por qué seguía colgada como un cerdo de matadero? Ah, claro… la tortura. Allí estaba mi parte de cerebro racional que me recordaba el dolor de cada uno de mis músculos y el punzante dolor en las sienes, debido a esas jodidas ilusiones. Qué irónicamente cruel podía ser el destino. Primero me habían torturado físicamente, luego había despertado en esa enigmática isla y, ahora, volvía a estar en una precaria posición de tortura entre psicológica y física.

Vi a April, en mi memoria, y a su bebé, ese pequeño que crecía en su vientre y que cuando me fui aún no había sabido darme la noticia. No podría ver aquellos ojos tiernos que seguramente heredaría de su madre... Y el padre, Finn… ¿sabría ya que era el padre? Aún tenía que saldar una cuenta con él pero esa idea se desvaneció. El pequeño de los Ryce… aún tenía que ayudarle… o no. En realidad ninguno de ellos me necesitaba, todos habían sobrevivido bien sin mí. Y entonces pensé en él.

William... ¿Qué había sido de él? ¿Habría encontrado a otra a la que molestar? No me había despedido de él cuando fui a buscar a Tyler. Tampoco lo vi necesario en aquel momento. No.. eso no habría tenido sentido, ni en mis más ilusos sueños. Me lo había repetido una y mil veces, y me había negado a verlo como algo más que un idiota que de vez en cuando me hacía el favor de sacarme una sonrisa. Y aun así, a expensas de ser abrazada por la parca, me di cuenta de que sí había llegado a estimarlo más de lo me había admitido a mí misma.

Más ya, ¿qué importaba? Mi vida se acercaba inexorablemente al final, al margen de que por fin hubiera asimilado mis sentimientos. Pronto todo habría terminado, y mi existencia habrá caído en saco roto. Dejé la mente en blanco durante algunos minutos, disfrutando de una queda paz interior. Una paz dolorosa, desgarradora. Pero paz a fin de cuentas. Con la tranquilidad de quien sabe que afronta un destino ineludible. Y en silencio, dirigiendo esa última mirada al techo de la celda, escuché pasos en la oscuridad. Aproximándose a través del pasillo. Y no supe por qué, pero tuve la certeza de que se dirigían hacia mí. Como el graznido de un cuervo portador de tempestuosas noticias.

Supongo que esperas escuchar que hoy será tu muerte – dijo de forma directa. – Pero no soy tan benevolente, ya deberías conocerme. Una muerte rápida no ayudará a que la sed de sangre de mi gente se apague, ni tampoco parece complacerlos mis métodos de tortura.

Esa voz… levantada de mis más hondas y lejanas pesadillas. Esa lengua sibilina, ese tono de cadencia pausada y escalofriante. Haciendo desaparecer la calma que mi corazón, transformándola en una heladora inquietud. Que evolucionó en una poderosa opresión atenazándome el pecho, congelándome la sangre y la respiración en los pulmones.

Abrí los ojos con las pupilas contraídas y el aire atascado en la garganta. Moví los dedos de alrededor de la cadena colgante con lentitud. Y aún más despacio bajé la mirada hacía él. Asomando mis cetrinos orbes tras los mechones de pelo húmedo y sucio, adheridos a mi rostro, cayendo por mis hombros. Encontrándome con esos ojos claros que tantos malos sueños y recuerdos habían protagonizado en las últimas semanas. Y un escalofrío me recorrió, imperceptible a simple vista. Pero reconocible en la leve tensión que recorrió mis músculos y marcó la expresión de mi faz, temerosa con los labios entreabiertos por el nuevo encuentro.

No... claro que no… – Negué, y acto seguido reí, nerviosa, incrédula. – Eso sería demasiado fácil. Seguramente, he debido quedarme dormida y vienes a mí de nuevo para convertir mi sueño en pesadilla… como has estado haciendo desde que me atrapasteis. – Aparté la vista de él, hacia algún punto perdido en la oscuridad de la celda. – Vete, no eres más que otra ilusión.

Una sonora carcajada sonó tras mis palabras.

Por desgracia para ti no soy otra ilusión. Nunca he morado por el reino de Hipnos. – dijo pausado. Su mano tomó mi mandíbula y la presionó obligándome a mirarlo. – Siempre he sido real, como reales son mis palabras y tu destino, un destino sobre el que no puedes hacer nada.
Reí. Amarga, sardónica, con ese tipo de risa que más cerca está del llanto desesperado que de la gracia. ¡Claro! ¿Cómo iba a ser tan sencillo? Para mí nunca lo era. No podía ser, simplemente, una pesadilla más de la que poder escapar. Una ilusión más que acabaría desvaneciéndose al final del día. Él era muy real en aquel momento, tocando mi rostro tan familiarmente, apenas a un par de centímetros de mí. Igual de real que mis palabras.

No, claro… Demasiado bueno hubiera sido. – grité, moviendo mi cuerpo en un aspaviento, acortando la distancia hasta casi rozar nuestras narices. Clavando mis cetrinos ojos en su clara y arrogante mirada. Tenía miedo, no podía negarlo. Era muy evidente. Temía mil veces más a ese hombre que a la muerte. Más soy una guerrera, y había aprendido a enfrentarme al miedo, aunque fuera imprudente. Aunque fuera una locura. Le dediqué una mirada furibunda – Pues ten presente, Claurek, que me soltaré y te mataré antes de caer en tus oscuros propósitos. No gritaré, no pediré clemencia, no desfalleceré ante tu tortura y no daré lo que tus seguidores desean. ¡Jamás me doblegaré a tus métodos! – siseé, vibrando en cada palabra de mi última frase todo mi desprecio.
Apretó mi mandíbula en consecuencia, como si quisiera partirla, y simplemente sonrió, comportándose como el ojo de un ciclón, silencioso. – ¡Nikolay! – alzó la voz en respuesta y los pasos de un segundo se oyeron. Cerniéndose sobre mí como la guadaña de la muerte. – Magnífico teatro, pequeña, pero los dos sabemos que no vas a conseguir salir de aquí. Estás infectada por la enfermedad más contagiosa y mortal de todas. La esperanza. – Dijo, clavando sus irises en los míos. – Siempre guardas en tu noble corazón la pequeña llama de la fe, una fe que te lleva a confiar que un día el destino te permita ser libre y verme a mi recibiendo el castigo por lo que te he hecho, eres tan honorablemente ilusa.

Fruncí el ceño y tensé la mandíbula ante el gesto. Sólo le había faltado aplaudir. Como si aquello fuera un espectáculo para su divertimiento.  Para más inri, Claurek le quitó toda importancia a mi amenaza, alegando que no sería capaz de liberarme, de matarlo. Ah, ¿no? El brillo de la rebeldía danzó en mis ojos, enfrentados a los de Claurek. Acerqué mi rostro al de él, destilando odio por cada poro de mi piel. Tanto que hasta noté como las fuerzas retornaban a mis músculos y se reflejaba en un intento de patada fallido por una mano que pertenecía a mi torturador, Nikolay.

Muy heroico, pequeña. – gruñó claramente iracundo. – Tu alarde de patetismo te costará que acabes gritando para mí, algo que te marcará y que te recordará que no eres dueña de tu destino.

Con prudencia se apartó de mí antes de que me recuperara de su sórdida amenaza porque me conocía lo suficiente para saber que volvería a arremeter contra él y mi mudo torturador, una estupidez que repetiría mil veces más, hasta mi muerte.

Ni de tu vida. - Claurek miró hacia mi torso dando una orden muda a Nikolay.

Dolor.

Eso fue lo primero que percibieron mis sentidos. Un dolor lacerante, casi ardiente, y familiar. Había recibido muchas heridas en la vida, como para no reconocer la sensación de tener una herida abierta en la piel. Miré abajo, hacía ahora un torso desnudo. Mi cuerpo, sobretodo mi abdomen, se encontraba despellejado, con la carne al aire. No sangraba, como si aquella herida hubieran sido hecha semanas atrás y después cauterizadas las heridas más graves para que pudiera sobrevivir al duro proceso de comerme viva. Pero escocía como si me estuvieran vertiendo ácido sobre los hombros. Sobre todo en la parte donde la piel inflamada presentaba un característico tono rojizo y ardiente. Insoportable. Esa era la palabra que mejor definía mi situación.

Esto no puede estar pasándome…, lloré interiormente. Tiré de nuevo de las cadenas, en un desesperado intento de desatarme. Deseaba poder hacerlo, romper los grilletes, y saltar al cuello de Claurek. Estrangularlo con mis propias manos, hasta ver desaparecer la vida en sus ojos. Hacerle pagar por cada palabra, por cada milígramo de dolor que había arrancado de mi piel, dejándome un paso más cerca de mi lenta muerte.

Grita. Pide clemencia. – dijo con esa aparente calma suya. - Si sigues negándote tan estoicamente sólo conseguirás hacerte más daño. ¿No estas cansada de luchar? Cede al dolor, a la petición de mi pueblo, y te daré una muerte rápida – me confesó.

- Así que eso es lo que buscas de mí, tras … estas semanas.. – siseé, odiosa. Dedicándole todo mí desprecio. – ¡Tsk! – le escupí en la cara. – Ni aunque me despellejes entera…

Quizás no era bueno darle más ideas, o eso sopesó la parte más precavida de mi mente. Mas en aquellos momentos, torturada por el dolor y con la rabia más profunda bullendo en mis venas, no podía pensar con lógica. Me sentía humillada, insultada y vejada.

Realmente Claurek parecía maravillado con el espectáculo que le estaba ofreciendo. Mostrándome tan patética al verme luchar con toda esa rabia ante una situación que por mucho que quisiera se me escapaba por completo a mi control. Vi cómo se limpiaba el rostro de mis babas. Y una soberbia patada hizo temblar todo mi cuerpo, el cual tembló dolorosamente en medio de la habitación, partiéndome un par de costillas. Me retorcí en el aire, mientras el sudor que perlaba mi frente resbalaba por mi piel, y mis ojos se cerraban dejando paso a una expresión de dolor como nunca antes Claurek había visto en mí.

Doblégala – sentenció, cuando recuperó la compostura.

Para Claurek no era suficiente jugar con mi sentimiento de culpabilidad, de remover sin parar aquellos negros sentimientos de mi alma. No. Él quería avanzar a un nivel más, y para ello empezaron a proyectar de nuevo imágenes en mi mente. Ilusiones, tan reales, de cómo mi piel era cortada con exquisito deleite. Retorciéndome. Pegando mi nuca en el suelo, evitando con todas mis fuerzas no alzar algún alarido al cielo, arqueando mi espalda hasta que se separaba del piso. Mientras el afilado bisturí seguía cortando mi carne en láminas finas y el calor de una mano opresora volvía a empotrarme contra el suelo, inmovilizándome. Los trozos de pellejo se cayeron como una serpiente cambiando la muda, liberando la nueva forma. Chasquidos que se convirtieron en terribles crujidos haciendo trizas mis huesos y mis articulaciones. Rota, fragmentándome, provocándome un dolor agudo y penetrante que me hizo convulsionarme. Y ese dolor repitiéndose una y otra vez aplacando mi voluntad y mi consciencia.

Fue entonces cuando percibí una sensación conocida. Un suave susurro en mi mente, como el recuerdo de una brisa silenciosa. Esos ojos claros clavados en mí como dos entradas al más cálido cielo.  Un escalofrío recorriendo mi maltrecho cuerpo. Era la mente de April tratando de deslizarse como un dulce rayo matutino en mi pensamiento. Tal era el alcance de mi sensación en aquellos momentos que pude sentir un sentimiento de dolor distinto al propio, las lágrimas bañando sus mejillas, su vitalidad esfumándose en un suspiro.

- ¡¡¡AhHhhHHhhHaaag!!! – grité tanto y tan alto que se me desencajó la mandíbula, y mis ojos se abrieron tanto que creí  a punto de salirse de mis órbitas.

Fue una larga y muda oscuridad la que continuó mi grito. Me vi atrapada en un mar negro, prisionera de mi cuerpo y mis sentidos. Pesada como el plomo, incapaz de mover un músculo, ni siquiera de volver a abrir los ojos. Flotando en el vacío, inmóvil como una estatua. Sola con las lágrima que recorrían mi faz, untadas con la preocupación. ¿Dónde estaba April? ¿Qué había sido de ella? ¿Cuándo podría verla para asegurarse de que estaba bien? ¿Y qué había sido aquella visión?
Mas, al final, la oscuridad se fue desdibujando en luz. Al principio difusa, gris, como una niebla ante mis ojos. Una niebla que poco a poco se despejaba dejándome reconocer sombras, tonos, formas desenfocadas. A medida que iba delineándose la realidad, más consciente iba haciéndose el dolor. Más se intensificaba aquel desagradable estímulo arañando mis nervios con saña. En medio de aquella burbuja desenfocada, me llegó el olor de la paja, la sangre y el penetrante aroma del sándalo quemándose en el ambiente. Y el dolor… seguía creciendo en mis sentidos, empezando a volverse afilado como miles de agujas clavándose en mi corazón.

Los minutos que tardó mi cuerpo en recuperar la autonomía después de varia semanas de inactividad, no sólo fueron agónicos para mí. También me costaron, uno tras otro, diversos golpes contra las capas de la dura realidad que se iba intensificando delante de mí. Reconocí las paredes de la jaula frente a mí, de poco más de dos metros. Pero no pertenecía a las ilusiones que hasta ahora había vivido. No olía a orines, excrementos o humedad. De hecho la fragancia del sándalo en el ambiente se había vuelto más densa. Tenía los músculos atontados y pesados tras tanto tiempo sin accionarse, sintiéndome débil y terriblemente hambrienta.

Y, para mi sorpresa, estaba sola. No había presencia alguna de Claurek ni de Nikolay. Traté de llevarme la mano a la cabeza y me percaté que mis manos seguían atadas con unas esposas… Eso significaba que seguía recluida. Pero, ¿cuánto era cierto y cuánto ilusión? Lo ignoraba por completo. Me levanté de la cama de paja en la que me encontraba y miré alrededor. El sonido de una llave girando hizo que observaba la enorme puerta de metal. Esperé que la puerta se abriera dando paso a mis captores. No hubo presencia alguna.

Una vez más el silencio reinó tras ella, imperturbable. Y envuelta en la duda giré el picaporte, abriendo la puerta. Bajo aquella sensación furibunda, desgarrando mi autocontrol y apretando las mandíbulas, avancé hacía lo desconocido del pasillo.

domingo, 20 de octubre de 2013

Capítulo I


Bosque Luna, cerca de Argluna, hace 5 años.
- Aliec, ¡ves más despacio! ¡Vas muy rápido! - oí esa cantarina voz y volví a pararme por milésima vez para esperar a la torpe de la elfa.
Si no fuera porque necesitaba que esa elfa me acompañara la hubiera dejado atrás hacia bastantes horas. El recorrido que debíamos hacer en apenas un par de días se estaba alargando al doble por esa torpe. No lograba entender como una elfa, de mi familia, fuese tan ingenua y tan poco ágil. ¡Maldita sea! Esa cría no sabía hacer nada y se suponía que albergaba el poder que yo ansiaba, aunque empezaba a dudar seriamente que esa elfa tuviese el poder de mis ancestros en su sangre antes que yo. La miré, intentando no mostrarme demasiado molesto. Cosa difícil en mí, os lo aseguro, esa elfa me sacaba de mis casillas. Lo único que deseaba era cogerla, echármela al hombro, como hacían los bárbaros del norte del pueblo humano, y  acabar el camino. 
Seguro que acaba antes ese maldito recorrido pero no, no podía hacer eso. Necesitaba que ella misma se cansara por el recorrido y así permaneciera con la boca cerrada. Intenté que mi voz no sonara amenazadora y fuese calmada. Todo lo calmada que pudiera en una situación que te saca de las casillas.
- Aoi, nos hemos retrasado ya dos días, no podemos ir más despacio. Argluna nos queda a menos de dos horas y precisamos llegar antes de mañana, recuerda el mensaje de Padre. - sonreí, como un gilipollas, para meterme en el papel del hermano mayor.
La elfa sonrió, animada y asintió acelerando esos pequeños y danzarines pasos, como si mis palabras fueran un aliciente para ella. Será idiota. No sabía donde se metía, ni siquiera se le pasaba por la cabeza pero en eso consistía, ¿no?. Las dos horas pasaron sin más paradas. Me pareció muy raro pero me alegré. Por una vez esa elfa parecía tomarse en serio algo, aunque fuese al final del maldito camino. 
Observé sobre mi hombro y la vi mirando al suelo demasiada callada para ser normal en ella. Conocía a Aoi, esa renacuaja y pesada elfa, no callaba ni aunque la lanzaras a un estanque e intentarás ahogarla poniéndote encima. No es que lo hubiera comprobado, aunque no me faltaron ganas en más de una ocasión, pero gruñí. Sí, gruñí. Esa elfa callada implicaba que está maquinando algo y sus algos solían ser de a tomar por culo todo y tener que salvarle el puñetero culo de algo peligroso. Joder, a saber de quién lo había aprendido, aunque estaba seguro que la culpa era de esa maldita pixi, Yang.
- Estas demasiado callada, ¿Qué tramas?
 
Supongo que mi voz no sonó tan calmada como hacia dos horas porque por un momento vi como la elfa retrocedía unos pasos, asustada. A saber qué vería reflejado en mi cara pero seguro que no era agradable. Aunque no me extrañaba, mi paciencia había terminado con ella hacía tres días y suelo ser como un libro abierto para ella. Eso me molesta, me molesta tanto que me hierve la sangre hasta la ebullición. Esa pequeña elfa es la única que solía saber que estaba pensando pero ya no, ahora no. Todo ha cambiado ahora.
- N-Nada… te prometo que no tramo nada. - vi como asentía un par de veces con nerviosismo y esa elfa solo me asentía dos veces con nerviosismo cuando me tenía miedo.
- Súbete la capucha, tapa ese escuálido cuerpo y no llames la atención. - La cogí del brazo con brusquedad y tiré de ella, ya que habíamos llegado una de las entradas de Argluna, la Gema del Norte.



Y así lo hizo. Aoi se subió la capucha con la mano libre y se ajustó la capa sin rechistar.
Observó con sus azulados ojos a su hermano. Ella era curiosa, bien lo sabía, pero la ciudad, la flamante y brillante ciudad que estaban apenas entrando, no  llamó su atención en esa ocasión. Su mirada seguía fija en la espalda que le había dado su hermano desde hacia cuatro días. Desvío la mirada a su brazo, le dolía por la opresión que ejercía Aliec en él pero no se quejaría. 
Habían ido a Argluna para reunirse con su padre, eso decía el pergamino que recibieron hacía cuatro días en su hogar. La delicada letra de su madre les informaba que debían reunirse con ellos en la Gema del Norte, por orden de su estimado padre, pero, por algún motivo, Aoi no acababa de comprender ese pergamino o sí lo comprendió... no quiso darle el significado correcto. 
- Aliec, el Cruce de la Doncella está por el otro camino. - dijo tímidamente con un cantarín pero susurrante tono de voz.
- Luego iremos. Tengo algo que hacer antes, a Padre no le importará. -  le presionó con más fuerza el brazo, lo que ocasionó que la fémina gimoteara por el dolor.
Alzo la cabeza para mirar a su hermano y vio como una sonrisa macabra perfilaba sus labios. Su hermano había cambiado o algo lo había hecho cambiar. Sabía que Aliec pasaba mucho tiempo con un grupo de humanos de reputación algo difusa pero no comprendía como él, precisamente él, había cambiado tanto en apenas unos meses. Culpaba a ese grupo de dudosa reputación pero no tenía el poder suficiente ni la autoridad para separarlo de ellos. Poder o autoridad… la fémina casi se echa a reír al pensar en ello. Por no tener, no tenía ni dominio en su propia Urdimbre, siempre le costaba bastante canalizarla.
La hizo caminar hasta un edificio de dos pisos, en el que oyó como los nudillos de Aliec tocaban varias veces en un ritmo determinado. Las puertas se abrieron y pudo observar una casa sin más. Aun no entendía qué hacían allí pero su vello se erizó alertándola de un peligro del cual sabía que no saldría sin más. Se acercó a su hermano, el cual tomó del brazo con ligeros temblores por puro miedo. Caminaron por el estrecho pasillo hasta llegar a unas escaleras, las cuales descendieron en un ritmo pausado. Cuando llegaron al último escalón Aoi, que había permanecido mirando el suelo, ya que los escalones eran pequeños y la luz escasa, notó como su hermano se apartaba de ella, despojándola de la seguridad que él le otorgaba, alzó la vista hacia el lugar y lo que se reflejó en su rostro fue terror.
Se encontraban en una caverna abierta, a unos cuantos metros bajo la ciudad y en su centro se encontraba el Cuerpo, un estanque que líquido negro.
La caverna en sí tenía una forma parecida a una cúpula, con la parte superior directamente sobre el estanque. La cámara que alojaba el estanque tenía simplemente 50 pies de diámetro con dos alcobas en frente la una de la otra. El techo y paredes de la cúpula estaban estriados verticalmente, como si fueran enormes dedos labrados en la roca desde el interior de la cámara. Los bordes de la cámara estaban siempre en tinieblas y parecen resistir la luz de las antorchas, incluso si una antorcha se ponía cerca de las paredes.
El estanque tenía apenas profundidad, justo lo suficiente para sumergir a un hombre de estatura media. ¿Por qué lo sabía? Porque estaba comprobando como su Padre hundía su propio cuerpo en él, horrorizada y con el cuerpo paralizado. El estanque estaba en perfecta calma y su contenido tenía una consistencia similar a la brea, además aunque introducía el cuerpo, aunque no estaba segura de por qué, el líquido no se onduló ni varió. 
El sonido de un gruñido macabro y sombrío resonó en la caverna, al poco de que el cuerpo se introdujera en el estanque, pero el Mastín desapareció en cuando el cuerpo de su Padre se convulsionaba y retorcía mientras su carne se derretía por algún motivo que Aoi desconocía. La elfa gritó aun más horrorizada y asustada. Las lágrimas empezaron a caer en cuanto asimiló el suceso de que su Padre estaba muriendo ante sus ojos. Intentó ir hacia él pero un brazo acérrimo la oprimió mientras el captor, que pronto reconoció como Aliec, habló.
- Bienvenida a “El Cuerpo de Shar”, hermana. - rió desquiciadamente - Disfruta del espectáculo, ya nos hemos perdido el de Madre por retrasarnos.
La elfa tembló. Estaba muerta de miedo. Su hermano se había vuelto loco.



Estaba asustada. Podía oler en todo su pequeño cuerpo el terror que la había ocasionado esa magnifica escena. Hubiera sido más fácil hacerla saltar por el túnel vertical de la sala conjunta a las escaleras pero eso me hubiera prohibido ver como la elfa se retorcía y sollozaba por ver semejante escena. Le aparté el albino cabello del rostro mientras las lágrimas seguían bañándolo y la lamí, notando como se estremecía. Tan inocente y pura, que poco sabía. No sabía absolutamente nada de lo que le esperaba. 
El irritante sollozo se cortó cuando le dejé inconsciente, gracias a la Diosa. La tomé en brazos antes de que su cuerpo se desplomara en el suelo de la caverna, aunque aun no entiendo del todo porqué lo hice. La llevé a un rincón de la caverna donde los preparativos que había anticipado ya estaban posicionados y la dejé en el centro del círculo de convocación. Luego me puse a un lado, mirando al viejo sacerdote.
- ¿Es esta la elegida? Pues no parece que tenga mucho poder, ¿no os habréis confundido? - El puñetero viejo me miró con desconfianza y casi quise arrancarle la cabeza.
- Sí, es ella. Hazlo. - intenté que mi tono de voz no fuera muy molesto.
Aunque para qué mentir, estaba molesto con ese clérigo, ¿iba a adquirir el poder de nuestros mis ancestros y creía que iba a traer a otra?. Adquiriría, por fin, el poder que esa maldita elfa pesada me había quitado cuando nació. Cuando ella muriese yo adquiriría parte del poder y la Diosa la otra parte. Era sencillo. ¿Remordimientos? Ninguno, era venganza. Una sutil y planificada venganza y mi recompensa, el poder de toda nuestra estirpe.
Mi cuerpo tembló de pura euforia, anticipándose al deleite de adquirir este poder tras el ritual. Sólo tenía que empezar los salmos ese puto viejo. Lo miré entrecerrando los ojos, amenazador y simplemente me ignoró. Se tomó todo el tiempo del mundo para cambiarle las ropas a mi hermana y, como no, deleitarse con su cuerpo. ¡Joder!, ya se la tiraría tras el ritual. 
Me estaba impacientando.
Cuando mis pies tamborilearon el suelo, el viejo sacerdote inició los cánticos a la diosa, la caverna parecía desprender un halo más oscuro, las antorchas centellearon por un instante antes de apagarse quedándonos sumidos en la completa oscuridad. Noté como la estancia daba vueltas y más vueltas, mientras que la oscuridad me hacía faltar el aire. Mi respiración se entrecorto, mis ojos lloraron por la asfixia, hasta que caí de rodillas al suelo. Si estas eran las consecuencias para adquirir el poder, lo aguantaría. Mis sentidos acabaron entumeciéndose durante lo que parecieron horas.
Oí un grito, un grito de varón y el olor a la carne quemándose. El sonido de una convulsión y de vuelta un grito de retorcido dolor. 
Cuando conseguí que mis ojos se acostumbraran a la oscuridad parpadeé atónito. El cuerpo del viejo sacerdote estaba calcinado a un lado de una piedra que hacía de altar y estábamos en un jodido claro, ¿qué mierdas había hecho ese viejo? No noté el gran poder que tenía que haber notado, ni mucho menos, ¿el viejo me había traicionado? No me extrañaba pero solo tenía que coger a la elfa y buscar a otro interesado. Claro, ¡Aoi!, miré alrededor y me quedé petrificado.
- ¿Me teméis? - la puñetera elfa estaba de pie al lado del cuerpo calcinado con aires de superioridad.
Estoy seguro que dijo algo más pero no presté atención y dije lo más obvio: que había matado al sacerdote. Sinceramente, fue para confirmar, y para tener la ocasión de que no prestara atención a que estaba tensando mi arco. Hablamos algo más, escueta conversación. Lo único que saqué en claro es que aunque fuera el diminuto cuerpo de Aoi, esa no era ella, desprendía un aura de depredador y su aura mágica, aunque no soy muy dicho en ello, AÚN, era elevada. Esa. Esa es el poder que yo adquiriría. 
Luchamos o hice un intento. No podía matarla, si moría me quedaba sin el poder de mis antepasados y ella se creía que podía conmigo sin más. Qué confianza la muy zorra.
- Hoy he renacido. Hoy he despertado de mi propia muerte. ¿Crees que dejaré que me robes mi sacrificio, mi poder? -  sus labios me rozaron la mejilla, ¿por qué me era tan familiar esto? Cierto, yo la lamí. - Tú no renacerás. Tu venganza es efímera e insuficiente. La muerte es lo único que te espera tras mí renacer; mientras... ella clamará por tu muerte y acudirá a mí.
Reí con diversión. Con tanta que la zorra apretó más el filo. 
- Creo que no entiendes nada. Tú habrás renacido. Me importa una mierda quien eres, solo me importa que tengas el poder que quiero y que usas el cuerpo de Aoi. - cogí su escuálida mano y la retorcí, a lo cual no me costó demasiado que apartara la daga de mi cuello. - Ahora suelta la daga y hagamos un trato.
Tras pensárselo unos minutos, mientras se debatía en a saber qué, acabó asintiendo.

Prólogo. Luz y Oscuridad.



Corrió, como alma que posee al diablo, con la respiración entrecortada y el corazón saliéndosele por la boca pero aun así, por más que corriese y averiguara no hallaba ningún indicio que revelara dónde estaba. Aciagos fueron los pensamientos que nublaron su vista en esa insaciable búsqueda.


****

La noche sin luna se había alzado tan ansiosa de sangre como lo estaba aquella temblorosa figura. Sus temblores no eran debidos a que la apuntaran con un arco y éste contuviese una flecha con el veneno más letal, sino a la excitación que recorría su cuerpo. Sus movimientos fueron tranquilos, predeterminados, se mojó los labios degustando el momento antes de morderse el labio inferior con suma sensualidad.

- ¿Me teméis? - recorrió con los dedos el altar improvisado que tenía a su lado y alzó la vista hacia su cazador. - Vos me llamasteis, ansiabais mi llegada con tanta necesidad que la clamasteis a la Diosa.. y, ¿ahora me teméis?


Empujó con su pie desnudo el cuerpo calcinado que antes podría haber sido un elfo,  ahora sólo quedaba algo imposible de reconocer, y se volvió a mirar al arquero. La risa retumbó en el claro, tan inocente y seductora como podría serlo la más encantadora de las más bellas mujeres.


- Lo has matado, sin ningún miramiento. - el arco se tensó más, la voz del elfo sonó en un susurro indiferente - ¿Dónde está ella?


La figura volvió a acariciar con excitación el altar y lo observó cuando el cazador habló. Tomó con delicadeza la daga que descansaba sobre el altar, para sentarse cómodamente en la maciza piedra, y examinó con sumo detenimiento al elfo que tenía delante. Su postura denotaba que era diestro con el arco. Una sonrisa sutil se dibujó en los labios de la figura ante un solo pensamiento: Él sería su nuevo sacrificio.


- Sigue buscándoos en la noche sin luna, ¿no os parece excepcional? La Dama Blanca no puede guiarla en esta profunda oscuridad - lo señaló, con la daga, y rió ante la incertidumbre del cazador. - Será un buen sacrificio, pero me pregunto si me refiero a vos o a ella.


Una bola de fuego imbuyó el brazo de la figura poco antes de ser lanzada contra el varón. Análogamente, la mente del elfo actuó antes de hablar. El silbido de la flecha rompió el escaso silencio que se había creado tras la frase. La flecha se calcinó al contacto del fuego mucho antes de alcanzar su objetivo; el elfo esquivó sin problemas la masa en combustión provocando ésta un incendio tras de sí. Volvió a tensar el arco, sin prestar atención al fuego que se extendía en el lugar, pero cuando dirigió la vista al altar la figura había desaparecido.


Se alejó metódicamente del fuego, introduciéndose en la oscuridad de aquel claro y acercándose a dónde segundos antes había estado esa singular figura. La sentía. Sentía ese aura de excitación de un cazador rondando una presa. Como la traición, el pesar y la venganza la hacían moverse en busca de una estrategia que le fuese favorable; pues él se sentía del mismo modo.


- Hazte a la idea, su poder es mío por derecho, ella sólo me lo robó. - ladeó la cabeza, intentado discernir dónde se oían las pisadas. - Tú sólo eres un error colateral que será extinto y la Diosa me dará el poder tras esta prueba de fe.

La daga presionó con sutileza el cuello desnudo del elfo, alertando con retraso de la posición de su agresora. El color escarlata bañó el filo de la daga y la figura sonrió ansiosa por lo que precedería.

- Hoy he renacido. Hoy he despertado de mi propia muerte. ¿Crees que dejaré que me robes mi sacrificio, mi poder? - los labios de la figura rozaron la mejilla del elfo, en una inminente amenaza. - Tú no renacerás. Tu venganza es efímera e insuficiente. La muerte es lo único que te espera tras mí renacer; mientras... ella clamará por tu muerte y acudirá a mí.

****


Y en esa noche oscura la Dama Blanca iluminó un pequeño claro, le mostró a su súbdita lo que tan desesperadamente había buscado. Las lágrimas bañaron su rostro y gritó desgarrándose. La aflicción de su voz resonó con tanta fuerza que los carroñeros graznaron y alzaron el vuelo dejando atrás el mortecino cuerpo que les hacía de festín.

martes, 26 de febrero de 2013

Capítulo 6: Destino.


- Respuestas, viejo – inquirió el cazador - ¿Qué hacemos aquí? ¿Qué fue lo que pasó en el Valle de la Reina?
- ¿De qué me hablas? –dijo mascando para si las palabras
- De la persecución, de la explosión y el túnel. Del salón con esa especie de…fantasma cansino con alas. – Se explicó ante la mirada incrédula de Violeta – Del portal, y de nuestra llegada aquí.
El gesto del viejo dejó de ser risueño, frunciendo el ceño. Se levantó con poco esfuerzo, acompañado de un crujir de huesos, y como si pudiese verlos, posó sus blanquecinos ojos en ambos.
- Vaya, vaya, menuda sorpresa. – dijo  sonriendo de repente, como si la noticia le  pareciese divertida, dirigiéndose a ellos – Seguidme.


El anciano parecía conocer bien las calles, que se extendían rodeadas por murallas de casa de arenisca y paja, hasta llegar a la entrada de la pirámide. El bullicio de los mercaderes y la calma del oleaje, hacían que ese lugar pareciese totalmente ajeno a la ciudad, a pesar de su magnificencia. Tan solo hombres y mujeres cubiertos ritualmente con una larga toga y un turbante astado parecían deambular en los aledaños de la pirámide. El anciano, puso la mano sobre la puerta cerrada de piedra calentada al sol, hogar de numerosas lagartijas que huyeron al notar la vibración en su hábitat entre los recovecos de las antediluvianas piedras.
- صديق - Pronunció el anciano, en una lengua olvidada, como la arena de las dunas.  Al poco, las puertas respondieron abriéndose de par en par, empujadas por dos hombres  musculados de torso desnudo, con cimitarras a sus espaldas y largos faldones de los cuales sobresalían en los bajos dos sandalias picudas. Hicieron una reverencia al pasar el anciano.

Durante unos diez minutos las tres figuras caminaban por las doradas salas interiores, un laberinto enigmático decorado con pinturas grabadas e iluminado hasta sus altos techos por lámparas de queroseno. Los grabados que podían identificar, eran rupestres y símbolos desconocidos, que emulaban partes del cuerpo, animales imposibles y soles. El camino finalizó en un largo pasillo, con una puerta a cada lado, con un velo ocultando su interior, que apartó con el dorso de la mano al entrar en la sala.


- ¿Te has perdido abuelo?– preguntó Bertnard observando los grabados de la pared, una escritura que se alzaba hasta tocar el techo.
- No tiene pinta, fíjate. – Sumire se acercó a la pared con curiosidad, resiguiendo con sus dedos delicados el contorno de una figura masculina y otra femenina, grabados sobre dos gemas. Una violeta y otra blanca. Sobre ellos, un ser alado, humanoide tenía una espada en cada mano, ofreciéndoselas a ambas figuras. Esas figuras se repetían diversas veces, y entre una y otra repetición, había un largo jeroglífico.

- ¿Qué es todo esto? – Dijo mirando de arriba abajo el jeroglífico - ¿Es..
 - Vosotros, sí.
- ¿Nosotros? ¿Y qué hacemos nosotros en unas paredes escritos? Esperaba antes un cartel de “se busca por escándalo público” -  quiso saber Blanco, mientras Sumire no podía evitar una risa traviesa.



Violeta frunció el ceño, llevándose las manos a la sien un instante, el recuerdo de todo lo ocurrido era borroso, y estaba acompañado por dolores de cabeza, así que lo solía evitar, llenando su mente con otro tipo de pensamientos menos problemáticos.

El abuelo rió, enseñando sus pocos dientes en el proceso.
- Mis antepasados antes de mí mismo, han trasmitido una leyenda de padres a hijos. “El vigésimo tercer hijo del sol del desierto, encontrará a los viajeros del solsticio allende tierras desconocidas, traídos por la magia del efendi de los cielos.” – citó casi de memoria.

- ¿Effendi? – preguntó Sumire, mirando a ambos.
- El tipo que me ofreció la ruta de escape. – respondió tras unos segundos Bert.
- Así que decidiste seguir su camino – irrumpió el Oráculo.
- No tenía alternativa
- La historia de los viajeros dice que están destinados a viajar entre lugares, a pasar por este templo y a presenciar la muerte del Effendi. – dijo el oráculo
- Lo que nos faltaba  - suspiró Sumire.
- Dice algo más...pero no he podido traducirlo. Mi familia conoce la verdad sobre las runas, cada generación debe descifrar un pasaje, pero me quedé ciego antes de completar el fragmento vigesimotercero. El último. Los hombres del Califa, vienen aquí a conseguir dinero para su señor. Cuando el templo se quedó sin fondos por la peste de las arenas que  llegó del mar, vino a requisar las gemas aquí.
- ¿Peste? ¿Hay una enfermedad? – arqueó las cejas Bert.
- La hubo. Hace diez año, una peste mató a casi todos los niños de la ciudad. Unos mercaderes del Este vinieron infectados y la ciudad entera cayó maldita – explicó – gracias a Suliman sanaron, pero…con el precio de la profecía sin descifrar.
- ¿Y entonces? ¿Si te conseguimos esas gemas podrías ayudarnos? – Dijo Bertnard mirando la pared – Parecen que algunos símbolos se repiten bastante, igual podemos saber sobre el último trozo. ¿Qué son esas serpientes enroscadas que se repiten tanto?
El oráculo se limitó a soltar una risotada pervertida que ambos interpretaron a la primera.
- Me cae bien el vejete. – rió Bertnard.
- Se me ocurre algo – sonríe Sumire – Se quién nos puede ayudar con este asunto. Es pequeña, escurridiza y seguro que por algo de oro, nos trae las piezas que necesitamos para el ritual.


La idea le gustaba bastante al cazador, intuía que no sería fácil robarle algo así al Califa, por lo que el tesoro estaría bien protegido contra curiosos y ladrones. Pero una buena distracción, que se sienta amenazado y  el robo sería la menor de sus preocupaciones.
- Sois demasiado vistosos – dijo el anciano – cualquiera que os vea, sabe que sois extranjeros, y eso va a llamar la atención de muchos. Así que la habitación contigua os espera algo para que paséis más desapercibido.

Violeta sonrió, y se encaminó hacia la sala adyacente, frontal. La curiosidad había hecho mella y quería saber que les esperaba al otro lado.
- ¿Vienes? – preguntó a Bertnard.
- Enseguida te atrapo, encanto. – guiñó a la mujer que abandonaba la sala.
- No me hagas esperar mucho – Terminó con voz juguetona antes de apartar el velo de la entrada la elementalista.
Una vez se hubo marchado, Blanco centró de nuevo su interés en el sabio.
- ¿Sabes más, no? –Inquirió - ¿Por qué esa cosa tiene tanto interés en Sumire? - Ella está conectada de alguna manera en todo esto que no se explicar –dijo – los Effendi, son una raza caprichosa. Pero no actúan sin tener un buen motivo, y suelen estar conectados de algún modo con quienes permiten pasar por sus portales. Tal vez tengas que encontrar
respuestas que no  puedo darte. O tal vez ese último fragmento…

- ¿Qué dicen los demás? – Interrumpió curioso - ¿No revelan nada?

- Revelan que cada paso os llevará más lejos de casa, pero más cerca de la verdad, viajero. Pero tu sangre correrá en todo esto. – Dijo señalando una calavera con sus dedos huesudos, en lo alto de los jeroglíficos.- Están relacionados con el mundo de los muertos, y normalmente se cobran un precio alto por sus viajes.
- Eso ya lo veremos, viejo. – gruño quitándole importancia - Está escrito, yo solo lo interpreto. ¿No vas a conseguirme sus bragas, no? – rió cambiando diametralmente de tema, como si no quisiera seguir por esa senda.
- Me las guardaré para mí, abuelo. Tú ya has tenido muchas emociones por hoy, y no quiero que te quedes tieso –sonrió de medio lado.
- Cuídate mucho de los enemigos del Effendi, los Constructores – dijo el anciano – Ellos creen que el tiempo y el espacio es inamovible, que debe regirse por lo que está escrito y no puede ser cambiado. Harán lo que sea para que lo que está escrito no pueda ser cambiado.
- Cada uno es dueño de su destino. Si creen que pueden redactar algo… - dijo tensando el gesto.
- Y lo intentarán. Por eso, me metería en esa habitación con la chica, si tuviese veinte años menos, y les demostraría quién es el amo de su propio destino – dijo mirando a Bertnard, como si en su ceguera pudiese ver más allá de lo que sus ojos lechosos escondían.


Bertnard negó con la cabeza, aún harían falta muchas respuestas, de modo que salió de la habitación para aclarar su cabeza, y entró en la sala contigua. Aquella sala era bastante diferente, instalada en el lujo. La sala era alta, con paredes blancas nacarinas sobre las que descansaban tapices con dibujos de la ciudad en ellos. Varias alfombras con pieles de animales salvajes lo decoraban todo, iluminado por varios candelabros tenues que hacían repitar a las sombras alrededor. Buscó a Violeta con su mirada, y finalmente dio con ella ataviada con un traje hecho de velos sugerentes, que jugueteaban con su cuerpo y sus formas. Podía adivinar fácilmente que no llevaba ropa interior y eso hizo que su cuerpo se estremeciese por un instante, presa del deseo.

Se encontraba mirando el exterior desde el pequeño balcón que había en la sala, reposando sus manos sobre la baranda de trabajado oro, sobre la que se giró para reposar su trasero al verle.
- Te estaba esperando – se limitó a decir con la más tórrida de las sonrisas en sus labios.

lunes, 25 de febrero de 2013

Capítulo 5: Encuentro.

Las calles atestadas de gente, que aprovechaba la brisa matutina, les hacía andar más despacio por aquel enorme mercado. Los mercaderes ofertaban a gritos y discutían con los posibles compradores los precios del producto hasta que ambas partes conseguían un trato decente por las mercancías. La Elementalista se entretenía comiendo la fruta que momentos antes su compañero había comprado en un puesto cercano, mientras observaba como otro de estos mercaderes les cortaba el paso con una formidable y colorida alfombra de colores escarlatas, negros y dorados.

- ¡Buena, bonita y barata, no encontrará una alfombra mejor! – volvió a casi estamparle la alfombra en la cara al Cazador.
- No nos interesa. – la apartó Bertnard de su cara y gruñó por la insistencia del mercader. - No.

Sumire ocultó una sonrisa maliciosa tras otro mordisco de la fruta. Era bueno ser mujer, la insistencia del comercio estaba marcada por el trato a los varones y ella era feliz por no tener que mediar con esa tesitura.

- Joder, esto es peor que el mercado de Arco de León. – oyó que se quejó el Cazador que la tomaba de nuevo por la muñeca de la mano libre.
- Eres un quejica. – se mofó ella. – Además…
- ¡Compre, es el mejor marisco!¡Recién cogido de la bahía! – la interrumpió otro mercader eufórico casi lanzándoles la malla de marisco a la cara.

El moreno gruñó intentando apartar el olor a pescado de su nariz, mientras seguía negando al mercader que no pensaba comprar nada; aunque esta vez se veía que el vendedor no aceptaba el no tan rapidamente y se enfrascaron a una discusión de compra-venta que Sumire sabía acabaría en un no rotundo por parte de su compañero. Desvió la vista hacía la escuálida sombra de una figura al otro lado de la atestada calle y frunció el ceño.

La pequeña figura, vestida con unos pantalones abombachados y una camiseta de escasa tela, se deslizó entre los compradores y observó al mercader antes de meter mano al puesto, ajena a los otros ojos que la observaban. La Elementalista negó lentamente al ver como la pequeña bribona se metía algo en los bolsillos y se intentaba deslizar de nuevo entre los compradores. Poco más de tres pasos pudo dar antes de ser interceptada por un segundo mercader que, como Sumire, no había apartado la vista de ella. Los gritos empezaron a aglomerar en corro el puesto, ojos curiosos se unificaban ante el llamativo pero común espectáculo que se estaba ofertando, mientras el primer mercader avisaba a un guardia cercano.

No tardó en aparecer Sumire al lado de la pequeña niña que seguía retorciéndose para intentar liberarse, ahora de las garras de un miembro de la guardia que discutía con los mercaderes y una pareja de esos llamados perros de Califa.
- Cortadle las manos, ¡es una ladrona! – se quejaba el mercader a voces, bajo la atenta mirada de los espectadores.
- ¡No lo soy, yo no he robado nada! ¡Iba a pagarlo! – se quejaba con una chillona e infantil voz la pequeña.
- Cállate. – la zarandeó, ya hastiado, el guardia que la retenía. - Ya deberías saber cuál es la pena por robar.
El revuelto siguió un par de minutos más hasta que la pequeña fue entregada a los perros de Califa y los guardias ordenaban que se dispersara el corro que se había formado a su alrededor. El mercader posicionaba un tronco delante del puesto, por indicación de uno de los los hombres de Califa y posicionaba a la cría de rodillas con las manos extendidas sobre el mismo. Los pocos ojos que se atrevían a seguir observando aquel futuro espectáculo miraban a la pequeña que ahora lloraba angustiada por su propio destino.

- ¿Qué haces? – la mano que tocó su hombro hizo que diera un respingo.
- Maldita sea, ¡no me des esos sustos! – Se llevó la mano al pecho y señaló de un cabeceo a la figura que era empotrada contra la provisional mesa.- Le van a cortar las manos por robar.
- ¿Y? – los azulados ojos de su compañero se posaron en la pequeña llorosa y en el hombre que la aguantaba – Que no se hubiera dejado coger, no es nuestro problema.
La mirada que le dedicó su compañera fue suficiente para saber que ella haría algo con o sin su ayuda. Siempre se metían en problemas, uno más no sería nada nuevo, y al moreno le gustaba unirse a las locuras de ella. Sumire susurró uno de sus salmos haciendo que el viento se alzara vertiginosamente, acompañado con una molesta arena que se colaba por todos lados, obligando a los presentes a cubrir sus caras; los mercaderes corrían de un lado a otro para cubrir los puestos con telas; los ciudadanos huían buscando refugio por el súbito vendaval y los guardias que sostenían a la cría no serían menos. La pequeña, una vez libre de la opresión de sus captores, se escabulló por un lateral pero fue interceptada por el Cazador que la arrastró a una callejuela lateral, seguido por la Elementalista que seguía recitando su mantra para ganar más tiempo.

- No hagas tonterías y te quedarás con las dos manos. - le susurró el moreno a la niña.

La escuálida figura se limitó a asentir, observándolos a ambos, antes de emprender el paso por la estrecha escalera que bajaba por las desgastadas calles de terracota. Los silbidos de la guardia no tardaron en quedarse atrás y el vendaval se esfumó tan pronto como había aparecido. Habían recorrido el laberíntico barrio durante lo que pareció una eternidad, antes de que el ajetreo global volviera a la calma.

- Niña, la próxima vez que no te pillen. - dijo Sumire, mientras Bertnard examinaba alrededor. - Y te recomiendo que antes de robar, observes el puesto con más detenimiento.
- No estaba robando, iba a... - la pequeña suspiró sabiendo que esa escusa no valía para nada. - ¿Por qué me habéis ayudado?
- Estamos buscando al Oráculo, seguro que puedes ayudarnos a encontrarlo sin tener que aguantar tanto mercader insistente. ¿Tenemos trato o te devolvemos a esos perros? - dijo el Cazador.
- Tenemos trato, tenemos trato. - se apuró la cría. - Seguidme.
Violeta, tras guiñarle un ojo a su compañero, se limitó a sonreír por la reacción de su pequeña cómplice.

Atravesaron las calles en dirección a la zona central de la ciudad hasta que llegaron a un espacio abierto, una especie de plaza en donde destacaba una majestuosa fuente decorada por dos mujeres con dos cántaros, de los cuales salía el agua. Varías mujeres limpiaban algunas ropas en ella, entre risas y la mirada atenta de los guardias que estaban apostados en la entrada lacrada en dorado de lo que parecía el palacio.

- A estas horas el Oráculo debe estar a punto de salir al mercado. - comentó la pequeña - Mirad, ¡ese es!
Justo en ese instante un encorvado anciano, vestido por una túnica blanca y una cesta de mimbre, salía por la puerta del castillo y se dirigía hacía ellos con paso decidido. La niña, realizado su trabajo de agradecimiento, miró a ambos que le asintieron a la par y ésta salió corriendo calle abajo.

- ¿Y ahora? - dijo Violeta, mirando al Cazador.
- Ahora, joven Sumire, ¿sería tan amable de enseñarme las bragas? - sonó la temblorosa voz del anciano. - A claro, pero no veo, ¡si soy ciego!
Ambos compañeros se miraron y desviaron a la par la vista al viejo que reía a carcajadas delante de ellos. Tardó un par de minutos en retomar la compostura y volver a formular la pregunta.

- ¿Me las enseñará?
- No. - parpadeó la Elementalista perpleja.
- Tenía que probar. ¿Me estaban buscando, jóvenes? - sonrió lánguidamente, mientras se mesaba la blanquecina y larga barba.

domingo, 24 de febrero de 2013

Capítulo 4: Llegada.

Nota: Algunas partes algo subidas de tono. (+18)



Miró a Sumire, con la respiración entrecortada, sintiendo el calor húmedo que presionaba su entrepierna, prueba de que no era el único con dificultades para sostenerse  pero el dolor lo devolvió a la realidad en forma de un latigazo de dolor en  el costado, afilado como una daga. dejó escapar algo de aire entre los labios en un jadeo.

- Necesitaremos Ron – dijo mirando la sala, en búsqueda de algún tonel  o petaca.

Sumire se levantó sin apartar una mirada cargada de deseo, y se encaminó hacia la mesa dónde aparentemente conocía la ubicación de  la bebida del antiguo capitán. En  un pequeño recorrido, disfrutó de  todas sus formas y del sugerente vestido violeta con encajes negros, estudiándola con la mirada, preguntándose si podría sobreponerse a las punzadas y ponerla cara a la enorme vidriera que daba al desierto, el cual ya se bañaba con la luz anaranjada del  Crepúsculo, adivinándose la primera noche. El cuerpo de Sumire era de vértigo, bien proporcionado, capaz de volver al más cuerdo loco. Tal vez lo que más le atraía a Bertnard a parte de las dos buenas evidentes razones, era esa tirada violeta cargada de palabras, sonrió de medio lado al disfrutar de las vistas.

El ron hizo su efecto a unos largos tragos, el largo vestido escotado de Violeta y  los pantalones de Blanco, decoraban el suelo, no obstante ambos  dormían en ropa interior, reposada ella sobre el cuerpo del cazador. La tranquilidad  que estaba encontrando el barco era la primera desde que abandonasen  la maloliente mina y fuesen tomados como presos. Pero ahora la  realidad era diferente, habían logrado un barco cuya capitana era por  ahora títere de sus intenciones.

La noche había cerrado por completo el cielo y una miríada de estrellas punteaban la oscura bóveda celestial cuando decidió hacerla suya, una vez más.  Ignorada la ya leve punción de las heridas, sintiendo la respiración de Sumire cerca de sus labios sobre él y su pálida piel friccionando sobre el cálido cuerpo del cazador, decidió no detenerse en su intención, haciendo que Violeta despertase con los dientes de Blanco en el cuello, mordisqueando con pasión el delicado cuello, mientras sus manos se deshacían del sugerente sujetador de encaje, dejando a su voluntad sus pechos que se encargó de recorrer con las manos mientras los dedos pellizcaban y torsionaban sus pezones.



Sumire, tan solo pudo sonreír gatuna ante el tórrido despertar, no tardo en apoyar sus manos contra el pecho de Blanco, y tras retirarse lo necesario su vaporosa parte interior, empezó a cabalgar salvajemente, sin importar que los gemidos llenasen todo el barco, ni a quien pudieran despertar. Dieron rienda suelta a su pasión durante la noche, por todo el camarote, sobre la cama, sobre la alfombra a cuatro patas, contra esa cristalera que tanto gustaba a Bertnard, presionando el cuerpo de Sumire contra el frío cristal, exhibiéndolo a las estrellas mientras era apasionadamente follada y los chasquidos húmedos de cada penetración acompasaban a los gemidos de Violeta. El despertar, pocas horas después, lo realizó la Capitana, sorprendida al entrar al encontrarse todo el camarote revuelto y a ambos desnudos sobre la cama.

- ¿Noche de fiesta, y sin invitarme? Os guardaré rencor - bromeó la capitana, que no parecía querer perder detalle.
- Porque tú no has querido, encanto. - respondió pícaro Blanco – Sino tendrías un sitio en nuestra cama.
La Capitana negó la cabeza con una sonrisa.

- Os dejaremos en vuestro objetivo en una hora. Hemos llegado ya a las cercanías Ambash - explicó - Supongo que buscaréis lo que todos allí.- El Oráculo.
- ¿El Oráculo? - preguntó Sumire sin perder detalle, subiéndose la ropa interior con una mirada pícara a la Capitana.
- El oráculo de Ahk Morkpoth - explicó - muchos acuden por consejo, es un viejo decrépito y baboso que puede ver lo que ha pasado y pasará. Es ciego y dicen que ve más que nadie. – explicó.
- ¿Y cómo podemos encontrarle? - preguntó interesado Blanco - ¿Qué hay por la ciudad  que tengamos que temer?
- Los perros del Califa, son los cazadores de la ciudad, se dedican a rastrear criminales, pero normalmente no tienen problema en coger a nadie de cabeza de turco - respondió la Capitana - Vuelvo al puesto de mando, tengo que aterrizar a esta preciosidad. Y no os da tiempo para otro polvo.
- Espero que nos podamos volver a ver por la ciudad - guiño Bert antes de cargar su rifle  la espalda, ya vestido, dedicando una mirada a la también vestida Sumire - será mejor que nos pongamos en marcha, antes de que nos demoremos más.
- Estoy lista - sonrió.
- El Oráculo puede ser muy fácil o muy difícil de esconder. Se dice que se hace pasar  por un encantador de serpientes que vagabundea por la ciudad, cuando no está en  palacio - explicó antes de retirase, apoyando la mano en el marco metálico de la puerta.
- ¿Contamos contigo, encanto? - quiso saber Bert.
- Elevaré anclas y partiremos al este desde aquí, lo más probable es que no nos veamos.   puede que sí. Lo decidiré durante la marcha y según mis intereses, ahora soy Capitana y tengo que darlo todo más que nunca por la tripulación - Sonrió.

La trampilla metálica tocó el suelo, formada por una escalinata casi prehistórica y oxidada que caía desde estribor de la nave cuando aterrizó a un lado de la muralla de Ambash. La tripulación seguía a sus oficios, pero la Capitana y sus recién ascendidos lugartenientes se acercaron a despedirse de los viajeros, entregando unas monedas, de manos del mismo y vendado Olaf. Bertnard no pudo contener una risa divertida al verle en el estado desmejorado.

Ante ambos, se extendía una ciudad de terracota, con arenisca dura como el cemento, en la costa desértica, despejada de la oleada de dunas que cubrían la superficie, bajo el calor de la primera hora de la mañana. Una pirámide central enorme emergía entre las murallas, así como las bóvedas de varias casas altas, de cúpulas doradas. Rodeando todas estas, casuchas de terracota cortadas por calles y calles repletas de animales y mercaderes, que ofrecían a grito pelado sus mercancías. El olor a mar procedente del Norte, era inconfundible y suavizaba el calor sofocante, algunas velas de navíos podían verse por encima de los barrios de casas más humildes. La guardia de la ciudad y los perros del Califa parecían estar en todas partes.

Aquella ciudad prometía un mar de oportunidades.