sábado, 28 de enero de 2012

Prólogo: Tormenta de invierno: La batalla.


El invierno había llegado tardío ese año. Las montañas habían empezado a ser nevadas por las blancas nieves a finales del segundo mes, lo cual auguraba que el frío se alargaría más allá de mediados de año. No obstante, a nadie parecía importarle. Los seres de ese lugar habían tomado las provisiones pertinentes en el estío pasado y todos vestían con ropas de pieles gruesas con lanas; acostumbrados ya a las tierras que los habían visto nacer. El olor a carne asada arremolinaba a los miembros más jóvenes del clan cerca de las puertas del gran salón. A los infantes se les prohibía la entrada a ese lugar hasta que la comida estuviera lista. Las mujeres permanecían ocultas en ese salón cocinando las piezas que los varones habían cazado horas antes. Los hombres, por su parte, afilaban las armas para la caza del día siguiente o permanecían en corro en la hoguera central. Pronto, el cuerno de llamada sonaría.


Los cánticos de fiesta en el salón común comenzaron a sonar cuando el crepúsculo dio paso a la fría noche. Dos centinelas quedaron expuestos a la fría noche, riendo, hablando y celebrando su propia fiesta en las horas de guardia. La bota de hidromiel pasaba de uno a otro cada vez que sus cuerpos comenzaban a entumecerse; pues aunque la hoguera que los acompañaba alzaba unas llamas elevadas, el frío de esa noche amenazaba con apagarlas. Una de las mujeres, envuelta en apenas un par de ropas de cuero y una capa de lana, se acercó a los centinelas y les dio otra bota de hidromiel.


- Los vientos amenazan con tormenta. Estad atentos, las noches cerradas son las mejores para una emboscada. - la mujer palmeó el hombro de uno de los centinelas y se encaminó hacia el establo, no sin antes decir - Aunque yo sabría como calentaros mejor que ese brebaje y una hoguera.


Galia, la mujer, rió con ganas al comprobar que uno de ellos estaría dispuesto a alejarse de su tarea por estar con ella en los establos, fuera de la vista de los líderes o de ese frío que menguaría rápido. El primer centinela abrió la nueva bota de hidromiel y empapó la sequedad de su garganta, mientras observaba las curvas que esas pieles dejaban entrever. El segundo centinela observaba los lindes del cercano bosque esperando que su compañero no empezara con su diálogo de necesidad hacia Galia; pero para su no tanta sorpresa su compañero no tardó en seguir a la fémina. Tras unos minutos de espera, lanzó una carcajada y observó los alrededores buscando la bota de hidromiel. Al menos, esperaba que no le hubiera dejado sin el brebaje que conseguía calentarlo.


- La próxima vez iré yo al establo. - localizó su bebida y extendió la mano para tomarlo.


Había pasado más de una hora desde que su compañero se había marchado y la hidromiel empezaba a escasear, ocasionando que tuviera que expulsarlo en algún arbusto cercano antes de que, por esperar a su mujeriego compañero, se meara encima. Dejó su arco en el tronco que debía estar él y se acercó a las primeras filas de los árboles cercanos. Se llevó las manos al pantalón de cuero y se dispuso a bajarse los pantalones lo suficiente para poder vaciar la bebida y emitir una aspiración de alivio. No obstante, mientras su momento de gloria pasaba, un grito de guerra rugía. Se subió los pantalones, sin ni siquiera acabar, y observó la oscuridad del bosque que lo rodeaba, al tiempo que una serpiente de antorchas se acercaba aprisa.


- ¡Por los nueve avernos! - se terminó de colocar el pantalón, medio humedecido, y tomó con torpeza el cuerno de guerra que sonó vigoroso y alarmante con tres soplidos.


El segundo centinela no tardó en dejarlo caer de nuevo, pendido en su cuello, y tomar su bastarda acercándose a la entrada del poblado. En su interior los hombres salían del gran salón observando al centinela, la serpiente de fuego que se acercaba y los tambores de guerra que resonaban en la nevada que caía. El revuelo siguió incluso después de que los primero orcos atravesaran las primeras filas que los separaban del poblado. Los niños se escondían al fondo del gran salón; las mujeres que podían luchar se armaban junto a los hombres y las que no, aguardaban con los niños. Era un poblado de guerreros, no dejarían que simplemente los masacrasen por mucho piel verde que hubiese en ese nuevo asedio. Había pasado más de un mes desde que los orcos se habían llevado a varios de los hombres en su último ataque, y, aunque pacientes, los bárbaros arremeterían con ira contra los atacantes por las muertes pasadas y las futuras. La ira de los dioses de la guerra los colmaría de fuerzas.


El rugido de la batalla se tornó sonoro: los aceros chocaban entre sí, mientras los bramidos de los pieles verdes y los gritos de guerra de los lugareños amenazaban con menguar el ruido de la tormenta que empezaba a alzarse. Nadie se preguntaba por qué había empezado esa batalla, ni por qué los pieles verdes habían elegido esa noche que amenazaba demasiado problemática para ambos bandos. Los bárbaros teñirían de sangre la blanca nieve que se aglomeraba en su poblado con la necesidad de echar a esos intrusos de allí.


Pero, en un segundo plano de la batalla, en un rincón de la entrada de ese poblado se escabullía una pequeña figura entre la maleza. Intentando no ser vista ni percibida, como había hecho hasta ahora desde que había visto esa hilera de fuego en la oscura lejanía. Era posible que su aroma hubiera alertado a ese grupo de alimañas verdes o quizás, simplemente, había estado en el camino equivocado todo este tiempo y los había encabezado por obligación, al estar detrás suya ese pequeño ejército de orcos. En realidad no le daría tantas vueltas. El pequeño poblado al que había llegado, fuera por destino o por mera fortuna, había hecho que menguara su temor y era consciente de que tendría una oportunidad.


La figura salió de la maleza colindante a la muralla y corrió sin aliento hasta la puerta, por la cual quería escabullirse y encontrar un lugar seguro hasta que ese sanguinario baile acabara. Cuando por fin alcanzó el flanco más cercano de la puerta algo la empotró contra la muralla dejándola apenas sin aire, un grito salió de su garganta al sentirse oprimida por el cuerpo y la pared. Dio puñetazos al cuerpo, fuese éste amigo o enemigo, y siguió gritando hasta que una mano la zafó de su prisión. Los azulados ojos de la pequeña figura se bañaron en lágrimas antes siquiera de seguir intentando soltarse ahora de quien la agarraba; pero fue peor cuando el filo de un arma empezó a acercarse a ella con ansias de sangre. Gritó con más fuerza, la suficiente para que alguien se percatara y la dejara libre de su esposa de carne, ya que habían embestido contra su atacante. Con el corazón en un puño se acabó escabullendo entre el portón o eso intentó, pues su “salvador” la había aprisionado de nuevo del brazo para que no se alejara.


La contienda continuó más tiempo de lo que ella creyó necesario, pero ¿qué sabía ella? Apenas era una mocosa llorona que debía ser salvada de las garras de cualquier criatura que la acechase, siendo así la más fácil presa que uno podría imaginar. Cuando la mano que la zafaba dejó de presionarle el brazo se restregó la mano enguantada y llena de sangre enemiga por la zona amoratada. El hombre que la había protegido la examinó y la tomó de nuevo con brusquedad por el brazo.


- Bera, lleva a esta cría al salón y tenla vigilada. - casi la lanzó contra Bera pero la pequeña no protestó.


La pequeña no sabría nada más de ese hombre hasta horas más tarde.


Bera, la mujer que la custodiada, limpió la sangre con hosquedad del rostro de la pequeña y de su propia piel. Observó con brusquedad y recelo si la cría estaba herida, para posteriormente darle algunas ropas de abrigo. Se limitó a su cometido, no habló, ni la pequeña lo haría tampoco. La cría estaba segura que esa mujer hubiera preferido comprobar como estarían los de su clan, en vez de custodiar a una pequeña desconocida en ese inmenso salón. Los pequeños que había en ese salón, la habían observado curiosos: algunos habían hecho el amago de acercarse y otros, simplemente, se escondían tras sus madres. Era gracioso ver como una desconocía ocasionaba tanto alboroto, más si una batalla había tenido lugar horas antes. Tras lo que a ella le parecieron eones, los niños se durmieron uno a uno y dejaron de observarla.


Ahora solo quedaba esperar…

viernes, 2 de diciembre de 2011

Tercer paso



Ela, Ala y Oli, esos son los nombres de las crías. Parece ser que están destinadas a salvarme en un futuro. ¿De qué? Lo desconozco. Sin embargo, no permitiré que la vida de esas tres pequeñas se evapore por la supervivencia de mi propia existencia; por tanto, deberé permanecer alerta, ahora por ellas y por mi.

El Oráculo es una visión aun efímera para muchos, un vago recuerdo o ente del que han oido rumores. Su símbolo, la rosa negra, se presenta ante nosotros siempre que está cerca o precisa que lo encontremos. Fue extraño cuando Melkior desapareció con el mero roce de su mano con la superficie acuífera, la magia natural que se percibía, siendo esa fuente su canalizador directo.

Ahora que lo pienso con frialdad, los rumores que he oído y las acciones que he visto de ese ser han sido de protección. En la mayoría de las veces sus acciones son para salvaguardar la vida que se desvanece. La primera ocasión que oí de él fue por Melkior, le había salvado la vida y como comprobé posteriormente no sería la última vez. La segunda vez Naala -creo que ese es el nombre por el que se hace llamar Ushandra on rol- fue llevada a algún rincón del bosque para indicarle que debía salvar la villa. Los que atacaron en esa ocasión fueron los drows, de esa forma el Oráculo se presentó en el templo sanando a nuestros heridos tras el ataque. La tercera circunstancia fue cuando hallé a mis pequeñas. La cuarta ocasión un varón habló de él y como lo había salvado. En la última ocasión fui yo misma quien estuvo con él.

Cuanto menos misterioso, como podría serlo alguien que se denomina Oráculo. Un Oráculo, según las leyendas y los ancianos de mi aldea, son aquellos que prestan atención y escuchan otorgando a sus oyentes una respuesta con sabiduría; según las creencias populares de los humanos, es aquel que da las respuestas de los dioses naturales o los mismísimos paganos a las preguntas que ellos mismos no saben responder. Quizás, sea ambas, quizás sólo una o ninguna.

Pero en algo coincido con él. El equilibrio debe mantenerse en este mundo dónde la balanza del mal empieza a resurgir, aplacando las acciones de los hombres de bien. Y para mantener esa balanza debo comenzar a no caer en el temperamento de mi propia juventud. No caer en los juegos de aquellos que se creen superiores por el mero hecho de obrar con grandeza y protección. No creer en la intolerancia de aquellos que nos juzgan por tener diferentes ideales; ni caer en garras de aquellos que, nublado su propio juicio, nos hacen creer que nosotros somos quienes nos equivocamos.

Me temo que preciso más meditación… Silvanus, ten paciencia.

Segundo paso

Valentía. Si valentía es petrificarse ante la visión de que mi alma sea devorada para succionarme la sangre, entonces y sólo entonces, me consideraré valiente. Cierto es que la valentía es el sentimiento universal de superar los miedos. No obstante, dichos miedos, no pueden meramente superarse en un abrir y cerrar de ojos. No debería confundirse supervivencia con valentía, pues ambos son terminos distintos y creo que es lo que ese varón hace.

Aun sabiendo que no ha confirmado nuestras sospechas, tampoco desmintió mi pregunta. Sin embargo, en cierta medida y eso me molesta demasiado pues no conozco sus propósitos, intenta avisarnos del nuevo asedio de los no muertos. Pero aun sabiendo que vamos a ser atacados, desconocemos el momento, los enemigos que serán y sus estrategias de ataque. Es como tener los sentidos tapados, pues solo podemos esperar a que ellos ataquen primero.

Tras las conversaciones con ese cazador mis dudas emergen. ¿Por qué se han abierto en este instante los portales? ¿Por qué, como dice esa mujer, con nuestra llegada han comenzado las batallas latentes? ¿Por qué ese tipo nos ayuda sin ánimos de lucro? ¿Por qué la ruina se ha mencionado en este instante? ¿Por qué el equilibrio se balancea hacia el caos y las fuerzas del bien deben proteger? Y sobretodo, ¿por qué comentan que los forasteros somos los causantes de estos problemas?

Pero hay otro asunto que me perturba. Aun hoy, tras varios días de su hallazgo, me pregunto qué significaba esa rosa negra sobre los huevos de las víboras. Las víboras se abrieron paso a traves de las viscosas cáscaras de sus huevos hasta salir de ellos y se alimentaron de los pequeños roedores que había cazado para ellas. En breve tendré que dejarlas en el bosque colindante para que aprendan a sobrevivir.

Antes de que ello pase, como indicó Kenji, tomaré algo de su veneno. La extracción de veneno en una cría es compleja. Las crías suelen mostrar menos agresividad que las serpientes adultas; aun así, sus colmillos y sus bocas son de un tamaño más pequeño, el cual reduce la exactitud de la extracción. Dudo que ese veneno sirva para los enemigos que se nos presentan pero puede ser de utilidad en un futuro.

Siempre podría servir para bañar las puntas de las flechas…

Primer paso

¿Cuánto tiempo ha pasado desde que llegué a esta villa? ¿Una dekhana? ¿Dos? Lo cierto es que el paso del tiempo se acelera cuando los acontecimientos se desmoronan. Pensar que soy apenas una recién llegada y que tantas cosas han ocurrido, me hace creer que este siempre ha sido mi hogar. Puede que sólo haya dado ventaja al destino y que el tiempo, propenso a ser traidor, me esté envolviendo en esta nueva vida que acarreará consecuencias desastrosas.

Lo primero que oí cuando llegué fue “asesinato”.

Creí que el mediano, Neil, había perdido el juicio en un instante pero tampoco podía juzgar a un desconocido y a los hombres que lo acompañaban, bastante convencidos de dicho suceso. Con el paso de los días lo que empezó con el vago interés de mostrarme interesada fue cambiando hasta el punto de perseguir a esos inmortales seres. Lo cierto es que han pasado demasiados extraños sucesos y también está ese varón, Carls. Melkior y Kenji desconfían de ese autodenominado cazador de vampiros. En cambio, hay otros que no. Yo… simplemente, soy precavida.

Supongo que iniciar tus pasos con esa palabra no augura nada bueno.

He luchado contra osgos. He matado a drows y he incinerado a sus sacerdotisas hasta que sus huesos fueron polvo. He luchado con seres que han intentando tomar mi sangre. He sido salvada por mis nuevos compañeros y he conseguido sobrevivir a los peligros que hasta ahora se han puesto en nuestro camino.

Pero, ahora, tengo la sensación de que algo más problemático se acerca. Algo más que a Melkior preocupa, aunque no sabemos si los espíritus del bosquecillo eran una advertencia o una mera visión, él teme por la posible ruina. Eso lo agita y creo que lo atormenta. Lo cierto es que a mi también me perturba. La visión de un ejército de engendros en la faz de la tierra es una guerra que no podremos ganar sin una firme alianza… pero, por ahora, éstas son meras suposiciones.

Aingeal, hija del bosque.

Capítulo I. Inicio de la senda: La búsqueda.


La noche era cerrada, tan cerrada que no se veía más allá de lo que alcanzaba un brazo extendido. Las nubes encapotaban el cielo y la lluvia se había iniciado hacia apenas pocos minutos augurando que la noche sería una dura prueba. A través de las frondosas copas de los árboles se podían ver los amenazantes rayos. En cierto modo, esa visión, recordaba a una batalla ancestral entre los mismísimos dioses.

Cuando la lluvia inició se había resguardado en uno de esos musgosos y centenarios troncos. La capa que la protegía se había empapado en apenas unos segundos y sus botas se habían hundido rápidamente en el barro que se formaba entre el enraizado suelo. Antes siquiera de darse cuenta su cabello estaba tan empapado que no llevar la capucha hubiera tenido la misma función, aun así se la dejaría puesta.

Los zigzagueantes rayos le daban una pequeña fracción de segundo para colarse entre los troncos e intentar seguir avanzando. Sin embargo, el resbaladizo suelo ralentizaba demasiado su marcha. En ocasiones, sus pies tropezaban con las raíces salientes, otras muchas resbalaban provocando que acabara en el suelo.

No recordaba cuantas veces había estado en el suelo, debido a las caídas, quizás nueve o doce veces. Su cuerpo estaba entumecido y sus huesos empezaban a resentirse por el frío. La tormenta seguía rugiendo, infundado que sus miedos empezaran a emerger. Estaba segura que estaba a la mitad del camino; no obstante, eso hacía mella en su valentía. Desde que era pequeña su miedo hacia las tormentas la había hecho resguardarse en los brazos de sus padres. Talos siempre le ocasionaba respecto, pues las lluvias podían arrasar un valle habitable y convertirlo en un enorme montón de barro.

Sin embargo, sus temores no eran infundados por el miedo a los truenos o los rayos, o incluso las propensas gotas enfurecidas que golpeteaban su rostro en esa fría oscuridad. El temor que recorría su cuerpo era el temor de defraudar la confianza que habían depositado sus padres en ella.




Había partido poco días antes al encuentro del árbol, en busca de aquel que había sido el maestro de sus padres, así como de sus antecesores. El camino debía ser recorrido en solitario, pues la primera prueba sería la supervivencia a ojos divinos. Sin duda, el camino que se debe recorrer siendo aun niño es duro. El bosque, al igual que los dioses y los guardianes, ponían a prueba la perseverancia de sus iniciados. Eso, bien, se lo habían dicho sus padres antes de partir a tan difícil encomienda.

Ahora, postrada como estaba en el suelo, a libre albedrío de los peligros del bosque, observaba la batalla de los dioses.

El tiempo pasaba lento, demasiado lento a ojos de la pequeña. Cuando su cuerpo se enfrió, a sabiendas que debía moverse para calentarse de nuevo, se reincorporó y retomó el camino. Sus pasos eran más cansados y las ropas empezaban a pesarle más de lo que hubiera imaginado. Pero no defraudaría la fe que sus padres habían depositado en ella, ni intentaría placar la furia de esa tormenta.

Volvió a caer en muchas ocasiones. A resbalarse por senderos que parecían pequeñas cascadas debido a la inclinación del terreno y a las propensa lluvia; sin embargo en cada ocasión, se alzó de nuevo. Cuando hubo caminado lo que pareció otra eternidad, se apoyó en un tronco, observando la pequeña luz que se deslumbraba delante de ella.

Por fin, había llegado a su destino.

A no más de unos metros podía observarse la silueta de un nudoso tronco, tan grande como podía serlo un árbol de centenares de años. En una pequeña explanada, en medio de aquel lejano bosque, se encontraba al hombre que había estado buscando. A medida que se acercaba podía distinguir un enorme dolmen, una pequeña cascada con un molinillo y discernir la estructura de esa extraña cabaña.




Una figura esperó impaciente en la entrada observando a la pequeña y su curiosidad por aquella cabaña oculta por los años. La niña que se presentaba ante él estaba tiritando, empapada, llena de magulladuras y fango. Sin embargo, pese a la tardía llegada, el rostro de la pequeña le recordaba la perseverancia que había mostrado él antaño.

- Yo soy Aingeal, hija de Tirynn e Ihsi, elfa salvaje de los bosques del norte. Enviada aquí por mis progenitores, pues como su maestro me han pedido que sea su discípula. Si así me acoge en la senda que ellos portan.

viernes, 20 de mayo de 2011

Entrada III.

>> Tiempos de tormenta <<


Desde donde me encontraba, podía observar a los ents vagar taciturnos, los pixis revolotear con las hadas en un sin fin de juegos y risas; también, podía oír el melodioso sonido de la flauta de uno de los sátiros, rodeado de la ninfas que habían sido atraidas por las notas. Desde donde me hallaba, podía sentir la brisa del bosque, los rumores de los árboles y la suave sensación de la crin blanca que acariciaba. Desde donde estaba, podía ver todo el esplendor de la fraga y a los hijos del bosque que allí se encontraban. Esa, sin duda, era la tranquilidad que necesitaba en ese instante.

Nuevos retos nos acontecían.

Valinar se había alzado de nuevo, unida ahora con Máscara, harían que la templanza de Balinor flaqueara haciendo que la fuerza y enfado de la naturaleza hiciese frente a los acontecimientos. Los semimdragones, dignos guerreros, unidos a los caballeros oscuros en una horda casi inflanqueable para aquellos que deseaban acabar con los acontecimiento. Apoyé mi diestra en el vientre y entrecerré los ojos, entre protectora y molesta. La fuerza de Balinor sería mayor. Sería suficiente para vencer los venideros acontecimientos; y sino no lo era, usaría sus dones para hacer que esa batalla fuese algo más molesta para ellos.

Máscara con sus sutiles dominios, nos engañaba, nos atormentaba, nos hacía perder a las personas queridas para la satisfacción y venganza de Tarsia. Tarsia, esa dichosa arcana, consentida y cruel, que por una rebeldía de poder y ambición odiaba a su hermanastro Balinor. Aquel, que sus padres hallaron en las cercanías del pueblo, aquel que podía derrocarla si Máscara no estaba, aquel que no perdería mi fé en él, aunque las muertes de muchos mancharan nuestras tierras; puesto que, no todos puedes ser salvados. Las últimas lágrimas de los caídos permanecían dentro de las piedras que Mina, Zechs y yo portabamos. Syra, Ian y Siux, volverían a nosotros, de eso estaba segura.

Sólo debíamos hallar la forma de derrocar a esa mujer. Parpadeé algo ausente y volví a pasar la mano por la blanquecina crin. Los mortales, aunque poderosos, siempre pueden ser vencidos. Tarsia, temía a su hermano, lo temía a tal punto de salir huyendo con notar su presencia y su protección. ¿Entonces, por qué Balinor no la derrocaba? ¿Quería intentar salvarla?. Desvié mi cetrina mirada hacia el templo que se alzaba en una de las esquinas de la Fraga y suspiré levemente.

Eran tantas las preguntas que aun quedaban por responder.

Por ahora, debía centrarme en el maese Gloignar y las piedras de alma. El clero de la diosa Eore quizás pudiera ayudarles.

martes, 1 de febrero de 2011

Entrada II.

>> Nuestros recuerdos de ayer durarán toda una vida. <<

Mientras arrastraba los pies hasta el portal de Menvil, entre sollozos, suspiré pesadamente lamentándome por mi actuación. ¿Por qué lloraba? Había jurado no llorar. En esa ocasión me mostraría cuerda, me mostraría molesta, me mostraría de tantas formas, quería golpearle hasta saciarme… Pero lejos de la realidad, no pude más que llorar cuál bebé que arrebatan su sonajero nuevo y desea ser abrazado para calmarse.

Observé cuidadosamente los amarillentos haces del portal, mientras aferraba con fuerza el anillo que pendía como colgante, y miré una última vez hacía las puertas de la Capital.

Por algún motivo no deseaba marcharme, tantos eran los sentimientos que me embargaban; tantas eran las dudas. Es posible que pensara que no volvería a verlo; quizás, simplemente, fuese otra extraña visión como las que aquel día habíamos tenido. La cabeza me daba vueltas entre la incertidumbre y lo que era real. Aun así, atravesé el portal que llevaría a ese pequeño pueblo, Drensler, que me había acogido unas dekhanas atrás.

Parpadeé para hacerme con la oscuridad de la villa y negué sutilmente. La efímera calidez de su abrazo había sucumbido ya a la leve brisa de aquel lugar; el eco de mi voz diciendo que lo amaba se apagó y un movimiento sísmico había ocasionado que olvidara la sensación de desolación que me embargaba.

Golpeé con ambas manos abiertas mis mejillas, dejándolas con un ligero escozor, y me encaminé hacia donde estaba Jeffrey.

sábado, 29 de enero de 2011

Entrada I.

>>Cuando se cree en la necesidad de librar una batalla es que se han cometido fallas.<<


No es tan extraño averiguar que las hordas de trasgos y orcos atacan estas tierras. No es siquiera una ínfima de sorpresa tras haber sido partícipe de la guerra de las brujas orcas, en tiempos pasados; pero aun así me sorprendí: Hordas orcas y trasgoides luchando unidas con mercenarios humanos por una batalla común. ¿Qué estaba uniendo humanos con esa calaña?

Un Sargento de estas tierras reunió aventureros, soldados y ciudadanos para proteger ese pueblo. Asediados por los cuernos de batalla que se acercaban a pasos agigantados para destruirnos, en las puertas del norte se había alzado una empalizada y en el interior de Drensler todos nos preparábamos para esa inminente batalla. Los arqueros se situaron en las colinas de la muralla, en los torreones. Eidán, el paladín de Uriel observaba la lejanía mientras que Syra y yo cubríamos el flanco del camino noroeste. Aun así no fue suficiente, no recuerdo cuando los gritos empezaron a alzarse ordenando los ataques, no recuerdo cuando las flechas empezaron a silbar, sólo estaba segura que otra batalla comenzaba con esas explosiones.

Las filas de los aliados cada vez era más pero los enemigos llegaban en oleadas tan intensas que muchos de los trasgoides se suicidaban hiriendo de muerte a nuestro bando. La puerta norte estalló junto a la empalizada y nos trasladamos allí a seguir contraatacando a los enemigos. Tras varias oleadas de trasgos suicidas tomamos aliento. Una gran figura con armadura fue reconocida como Tarnaka, aquel que se le acusaba de asesinato y exiliado con pena de muerte, aquel que hacia temblar a las mujeres y niños hasta encogerse en el rincón más oscuro para no ser notados. Otra batalla estaba por llegar.

El semiorco se nombró líder de la horda que nos embestía, acabando momentos antes con varios de sus hombres por ser débiles, pronto volvieron a emboscarnos, los aceros chocaban contra los cuerpos de los trasgoides; las explosiones atontaban mis oídos; y las flechas seguían silbando hasta acabar colapsando dentro de las débiles carnes de los enemigos. Sólo recuerdo como Eidán, Calendor y Zechs embestían contra ese ser y desaparecían de nuestra vista, mientras un trasgo suicida estallaba en mil pedazos mal hiriéndonos a los más cercanos a él.

Las guerras traen heridos, las guerras traen muertes, las guerras inútiles batallas de poder sólo traen pesadez. El asesino cayó a manos de los tres valientes, su cuerpo casi inerte permanecía en el suelo mientras el trío pensaba qué hacer con él. Ajenos a quienes observaban, ajenos a la emboscada que estaba a punto de suceder. Las flechas enemigas volvieron a emerger de la maleza, los encapuchados nos emboscaron en un abrir de ojos y mientras luchábamos para seguir con vida el cuerpo de ese maldito ser desaparecía de nuestra vista.

La sed de venganza se siente en el aire, la batalla está próxima. Pronto, caerán ellos o nosotros en esta guerra sin sentido en la que me he introducido.

jueves, 23 de diciembre de 2010

Vuelo (VII)

Demasiados hechos han pasado estos días, tantos que estoy confusa. Un dolor punzante y latente está constantemente en mi cabeza, haciendo eco una y otra vez, para obligarme a no olvidar los sentimientos hallados. No pensar, es completamente imposible. He deambulado por el paso de Pankaskala, he luchado sin ayuda de mi guardián y he perfeccionado las barridas a los enemigos. ¿El motivo? Intentar no pensar; pero, aunque sintiera el caliente líquido escarlata sobre mi piel, no conseguía dejar de pensar en ello.

Ambos relacionados y tan distintos...

Es extraño, hacía años que había exiliado todos estos recuerdos. Recuerdos que se erradicaron con aquel que porta mi misma sangre. La inflanqueable muralla que ocultaba esos tiempos pasados fue desquebrajada por la idea de quizás estar equivocada… En realidad me siento ultrajada y engañada. ¿Qué diferencia hay entre engañada y equivocada? Me inculcaron que nos había traicionado, que había asesinado cual verdugo a nuestros hermanos de raza.

Ahora me pregunto cual de ambos puede ser más despiadado: padre al obligarme a observar como esas pulcras alas eran arrancadas con el grito exhausto y dolorido que su propio hijo emitía y se clavaba en lo más profundo de mi alma; o él, que no luchó por aquello que creía justicia y, simplemente, se arrastró tras la dehonrra en el más profundo del auxilio de los Silvanos. En parte, no puedo culparle por huír de este cruenta familia, que no dio concilio a un juicio justo; pero le culpo por irse sin hacerse escuchar.

¿Dónde quedó ese joven guerrero, impetuosos y valiente? ¿Dónde quedó aquel que luchó para sobrevivir en muchas ocasiones? ¿Dónde quedó el que lucho por ser guerero y no esteta? ¿Dónde quedó el que aguantó al maese Andaer? ¿Dónde quedó el que antaño fue mi hermano mayor?

William dijo que vio desesperación, preocupación, sinceridad en sus palabras y culpa… Debe sentir culpa, pues sus manos estan teñidas de sangre de aquellos que llama, ahora, conspiradores de Talos. Talos, dios de las tormentas y la furia, archienemigo de nuestra Madre alada. ¿Acaso la voluntad de nuestro clero es tan quebrantable?.

No obstante, yo debo decidir mi propio veredicto, como me aconsejó William.

Amywien dejó de escribir y observó aquel último nombre que había escrito. Dejó la pluma en el tintero y suspiró pensativa. Por más que intentara compreder a ese hombre no lo conseguía, algo se le escapaba. Algo que la hacía reaccionar sin juicio alguno, en ocasiones, y la hacía caer en el abismo de la confusión.

Cuando la tinta se secó dio la vuelta al diario y abrió la última página de la parte trasera. Tomó la pluma y comenzó a escribir de nuevo.

No creer en el amor, fidelidad y pensar en una sola persona, no poder ser leal al pueblo y a los demás, seguir el dogma de los dioses y la misión que ellos nos aportan… ¿acaso el amor debe ser tan extremista? ¿Por qué no meramente podemos amar? ¿No podemos ser fieles a un dogma y amar a alguien? ¿Es eso cierto? Me niego a creerlo..

Quiero volver a escuchar esa preciosa melodía y quiero darle mi agradecimiento. Quiero que entienda que ya hace todo por el pueblo. Quiero que sepa qué es el amor y que no lo repudie por temor a quebrantar el dogma de Helmo, pues su camino es centrado y dudo que erre sus pasos.

Cuán difícil es darle consejo sobre ese sentimiento.


Dejó la pluma sobre el diario y alzó la vista al techo, dubidativa. ¿Por qué escribía todo esto?

martes, 21 de diciembre de 2010

Vuelo (VI)

Impotencia, debilidad, ira, rabia.

Son tantos los sentimientos que uno puede sentir al ver como alguien está a punto de morir frente a tus propios ojos y ser incapaz de ayudarlo.

Cuán peligroso puede ser enfrentarse a una ilusión. Una ilusión que esconde trampas que podrían ser mortales. El techo se derrumbaba sobre mi, a ojos de mis compañeros incapaces de poder pasar esa barrera mágica que nos separaba. Esa es la magia que los Gennitas temen y odian. Esos son los arcanos que ambicionan el poder de la Urdimbre y usan sus enseñanzas con malicia e incompetencia.

Cuando mis cuerdas vocales se desgarraron por el grito de dolor alguien gritó mi nombre. Fue extraño oír mi propio nombre, bastante, pero poco tardé en identificar quién gritaba. Por unos segundos olvidé el hombro roto y el dolor que esa fractura me ocasionaba, pude pensar una oración para sanarlo o, al menos, obligar a mi hombro a no acabar quebrándose del todo. No obstante, algo más ocurría. Ellos luchaban por hallar la forma de sacarme de esa cárcel mágica; ellos seguían debatiéndose entre la barrera mágica y el derrumbe que amenazaba con sepultarme. Ellos, mis seres queridos y compañeros, no me abandonarían a mi suerte.

Quizás, como creo en ellos, deba creer en el que porta mi misma sangre.

Innumerables han sido las veces que ha instado a contarme lo sucedido antaño pero nunca le he escuchado. ¿Lo haré en alguna ocasión? Sus palabras citan traición, muerte y defensa por su propia vida. Es posible que antaño, aunque su mano fuese la ejecutora de atroces actos fuese por otros motivos que padre no me reveló. Aun así...

¿He de confiar el ese descastado traidor? ¿Debo darle un voto de confianza?

Ay de mí... muchos son los peligros que moran nuestro bosque, y el que porta mi sangre ahora ha sido encerrado en las cárceles. El motivo de su encierro es la protección de los bosques silvanos ante la amenaza de los druidas oscuros. Sus ojos estaban inyectados en rojo escarlata, sedientos de ira, odio o rabia, cuál animal rabioso en busca de una presa. ¿Cómo puedo confiar en su palabra si en su cuerpo ha sido implantado el mal?

Erdrie, Madre alada, déjame ver en ese hermano descarriado si es a la verdad a lo que tanto se aferra para obtener mi perdón. Un círculo de la verdad será llevado a cabo, cuando su maldad sea erradicada.

Por el momento, nuestros problemas nos llevaran al desierto de Norin. El mal implantado en esos hombres del Ónix será erradicado y su líder caerá con la furia de los titanes bajo nuestras sagradas armas. El Seldarine proteja a sus hijos en esta difícil cruzada y me otorgue fuerzas para poder sanar a mis hermanos, puesto que muchos seremos heridos en esta batalla de espadas y magia.

***

Como corderos acorralados en su trampa cayeron pero los corderos se convertirán en lobos.

jueves, 16 de diciembre de 2010

Vuelo (V)

La joven avariel tamboreó los dedos sobre la mesa de su escritoria, esa mesa a la cuál siempre acudía a última hora del ocaso. En el momento donde el astro mayor se fundía con las sombras de la Dama Sehanine. Había tomado la costumbre de tomar nota de sus pensamientos en un pequeño diario. El diario constaba de una tapa de cuero curtido de tejón y una pequeña cinta del mismo material, lo suficientemente pequeño como para poder trasportarlo en su bota distra.

Se llevó ambas manos al rostro y suspiro cansada, muy cansada. Muchos eran los peligros que los bosque silvanos perecía y muchas eran las decisiones que debía tomar. Para esas decisiones la habían educado en Myrravin, la Ciudad Aérea. Apartó sendas manos de su rostro y se limitó a abrir el diario que ahora descansaba sobre el escritorio que tenía delante. Su diestra tomó la pluma que descansaba en el tintero y, tras sacudir la tinta de la pluma, comenzó a escribir.

Los ríos se secan, las lluvías han cesado durante dekhanas, los animales y la flora se mueren a falta de agua dulce. No hemos encontrado reservas de agua cercanas a nuestras tierras y más son los peligros que nos acechan. Svesngard, nuestro lider, ha desaparecido y no encontramos nada que nos lleve hasta su ubicación. Estoy segura que él podría hacer llorar a las nubes, vencer a la ira de Talos, y dejar que sus lluvias con la sagrada calma de los dioses silvanos hicieran renacer a este marchito bosque. Los aliados, las treguas que durante años se han mantenido ahora no nos sirven de nada, pues guerreros o arcanos son inútiles en estos difíciles momentos.

¿Cuánto más durará la desdicha de Tymora?

Mis guías de Myrravin me inculcaron en el sendero de los estetas y, aun así, no hallo la forma de hacer concluir el agonizar de nuestro bosque. Los miembros del círculo druídico aun son demasiado jóvenes en la senda de sus dioses y dudo que puedan controlar la ira de Talos, como podría ahcerlo el Archidruida… pero, quizás, sea posible que con un círculo natural y varios de ellos fuese posible. Debo hablar con ellos.

Cabe la posibilidad, como dijo el joven Adrâhîl, que el problema de esta falta de agua sea debido a al influencia del Orbe. Sin lugar a dudas no me extrañaría pero su paradero, al igual que el de su protectora, es desconocido para mía. El Seldarine ayude a los Vigilantes en su misión de hallarlos y poder reportarnos las nuevas.

¿Qué haremos si el bosque sucumbe a la muerte? No, no puedo pensar en la fatalidad y el cataclismo de los bosques silvanos.

Amywien apartó un rebelde mechón platino del diario y alzó la vista, recostándose en su silla. Algo se le escapaba, algo que no alcanzaba a ver por al venda que cubría sus ojos. Volvió a leer lo que ya había escrito y prosiguió.

Varias han sido las ordenes. Esperemos que los reportes lleguen a manos de Ser William antes de que algo irreparable pase. Tymora nos dé un ápice de suerte para poder salir del pozo que nos hallamos.

Todos tenemos una labor en este instante. Todos y cada uno somos importantes para poder llevar al bosque a su estado anterior. Sólo espero que no tengamos más flancos que defender en esta guerra interna.

Dejó la pluma sobre el tintero de nuevo y suspiró, levantántados y estirando sus entumecidas alas.

martes, 14 de diciembre de 2010

El Pergamino (I)


El día no era otra más normal de lo que hacía días era, independientemente de las batallas incesantes y los peligros que nuestro hogar corría seguían siendo días apacibles y tranquilos hasta llegado un punto. Aun así, las flautas de alerta resonaban perturbando los corazón de los Tel’Quessir de vez en cuando; y aquella sería una de esas veces.

La llamada de alerta resonó sobre las conversaciones, arrastrada por el viento y la lejanía. Los batidores corrían hacía su llamada al igual que algunos de nosotros. Ser William, Nyu y yo eramos unos de ellos.

- Soldados informen. - la masculina voz sonó autoritaria.

Aun así los batidores seguían alerta por el peligro que nos acechaba. Observé a los presentes, las murallas y como William intentaba averiguar qué había producido la alarma. En la lejanía con gesto alarmado y agitado uno de los hombres gritó, llamando nuestra atención, mientras se acercaba.

- ¡Señora!. – se plantó frente a mí y observó a William, percatándose de él. - Señor.

El batidor se mostraba alterado, su respiración era saturada y estaba segura que su corazón latía más rápido que el galopar de un caballo. No obstante, tomando un poco de aire prosiguió su explicación.

- Señora, un mensaje. La flecha por poco me dio pero no lo hizo. - entre explicaciones el batidor mostraba un pergamino que tendía hacia mi. - Eso es lo que encontamos.

Observé detenidamente el pergamino que mostraba una seríe de dibujos en su trazado. Mientras William seguía dando ordenes de redoblar la guardia y explorar el terreno en busca del causante de tal alboroto. Mis celestes ojos observaban curiosa los trazados pero lo único que conseguía averiguar era lo que significaba la llama y la cara con alas y colmillos. Tendí el pergmaino a William, mientras este seguía dando ordenes y ejerciendo de Capitán. Poco más conseguía discernir de esos dibujos.

Pero, ahí estaba la pequeña Nyu, tan callada como siempre por falta de conocer del todo el común. William se dirigió a los cuarteles para organizar a los batidores y su próxima abatida al bosque. Yo, en cambio, me acuclillé al lado de Nyu y le mostré los dibujos.

- Nyu, pequeña, ¿reconoces alguno de los trazados?. - la observé y la dejé debatirse entre sus pensamientos.

La pequeña asintió al cabo de un rato y fue recitando lo que le recordaba cada uno de los dibujos.

- Sa…gra…do… - señaló el círculo negro con haces de luz. Bajó la mano al círculo que estaba en medio del pergamino, a mano izquierda - Pa..re..cer..lu…na.. – continuó con la siguiente de su izquierda. - O..tro..ci…clo…lu…nar… - tras ello señaló la llama - lla…ma… - y por último el dibujo de abajo del todo, más pequeño: una cabeza con grandes colmillos y alas. - dra..gón…

- Gracias, Nyu. - Asentí sonriendo a la pequeña y me enderecé.

No tardaríamos en partir hacia la biblioteca en busca del Maestro Delmir. Aun así, el maestro nos e encontraba en su descolocada sala, ni en su mesa, ni en ninguno de los pasillos con innumerables libros que inundaban la biblioteca. Katherine andaba de un lado a otro, tan ocupada como siempre aparentaba.

- ¿Desean algo? - su chillona voz me hizo atenderla de inmediato.
- Si, perdone, buscamos al maestro Delmir.

La elfa bufó exasperada y de mala gana. En cierta formm fue gracioso ver lo molesta que estaba con el Maestro Delmir. Cuando pregunté si ocurría algo, se limitó a despotricar sobre su desorden, su descontrol de los libros, su pesadez al no dejarla trabajar e innumerables quejas más que quedaron en el olvido.

- Bueno, ¿podría decirme qué puede deducir de este pergamino?

Katherine tomó el pergamino en sus mano y lo observó descifrando algunas figuras a primera vista.

- Podría ser una carta… aunque entonces denotarián no ser muy listos, sólo han hecho dibujos. Miré, el primer símbolo sería el reemitente; estos dos símbolos - señaló ambas lunas. - el mensaje y esta llama la conclusión. Como no esta cabeza con colmillos, podría ser la firma del mandatario.. ¿Puedo hacer una copia?.

Asentí mientras ella ya se dirigía hacia la mesa y hacia una copia. Una carta.. era posible, aunque aun así solo era una conclusión. Preguntaría al Maestro Delmir sobre sus conclusiones y valoraría las alternativas, aun fuera o no una carta aun debíamos descifrar su contenido. Katherine concluyó su copia y se dedicó a estudiar sus dibujos mientras Nyu y yo volvimos a emprender la búsqueda del Maestro Delmir.

lunes, 13 de diciembre de 2010

Vuelo (IV)


"Antaño, en tiempos pasados.

Hace, aproximadamente, dos siglos y medio dos criaturas vinieron al mundo, dos hijos de Corellon que nacieron unidos. Unidos por la protección del Seldarine.

Raro era el nacimiento de dos hijos bajo el mismo ciclo lunar, tan extraño que un festejo a nombre de los dioses se hizo. Aun así, aunque la unión de ambos era grande algo sucedió pasado el tiempo. Los caminos de ambos hermanos se bifurcaron: el hermano mayor recibió el castigo de cortarle las alas, perecer en la soledad de ser desterrado y, con ello, estirparle sus vínculos familiares al ser nombrado traidor por sus crueles actos; la hermana menor, en cambio, acogió el sendero de fiel devota a su raza y sus dioses jurando a su padre que no tendría relación con el hereje que antaño fue su hermano."

Pero he ahí él con sus insistentes intentos de ser escuchado por mí, viles palabras que mis oídos niegan escuchar por simple ira hacia el que porta mi misma sangre. Aquel que antaño encontramos con sus pulcras plumas manchadas de rojo escarlata por los cuerpos inertes de nuestros amigos. También mis hermanos, aunque en sus venas no corriera la misma sangre. Vil, mezquino y asesino, eso es el que lleva mi sangre y ahora pretende que sacie su culpa con mi perdón. ¡Jamás! Antes pereceré en el mismísimo infierno.

Y una carta se me entregó. Una carta que estaba llena de palabras que repudiaban todo perdón. Hablaba de justicia. Justicia que según ese hereje es tomar la vida de los seres con su propio filo, siendo juez y verdugo. ¿No es esa la mentalidad de un bellaco? Ahí muera, como perecieron aquellos que fueron juzgados a su libre albedrío.

¿Cuánta será la sangre derramada por sus actos? ¿Cuánto se manchará la sangre de mis ancestros en sus propósitos? - Una pluma blanca es adjuntada a la entrada del diario. -

Me siento perdida. Me siento en una tierra árida sin sombras. Me siento sucumbir en el odio hacia aquel que fue mi hermano y mis dotes hacia mis dioses se quiebran.

La Trinidad de Diosas oiga mis ruegos:

- Erdrie Fenya, Madre Alada, calma mis impulsos pues mi mano no será teñida de sangre.

- Hanali Celanil, hazme recordar el amor que antaño sentí por él pues en sus venas sigue corre mi misma sangre.

- Sehanine Lunârco, dame la serenidad que tu sabiduría me ha otorgado durante tantos años pues sino caeré en el abismo de la incertudumbre.

Preciso estar cuerda. Preciso no dejar sucumbir a mi mente en problemas banales que me hagan perder la senda encomendada. Preciso orar en el templo demasiadas horas para apaciguarme. Pero aun así, es la senda que elegí.

jueves, 9 de diciembre de 2010

Vuelo (III)




Svenshut rugió. Rugió con tanta fuerza que nuestras almas se encogieron. El Orbe, oculto en una bolsa, latía con fuerza llamando a su aliado. Su calor ardía hasta tal punto que las hebras de la bolsa de contención se hicieron añicos y los conjuros de menguar los elementos nos rodearon a Nyn y a mí. ¿Qué más podíamos hacer? ¿Qué más aparte de intentar que ese Orbe no saliera en busca de su aliado?

Ser William y varios batidores se habían alejado al bosque y nosotras nos debatíamos con la fuerza de un dragón. Un dragón, encerrado en una jaula durante siglos, que anhelaba acudir con su aliado Svenshut. Nuestras fuerzas lo sostenían, mientras el Orbe luchaba por zafarse de nuestras manos y una explosión nos hizo salir disparadas unos metros. Nuestras manos estaban quemadas por la magia emitida pero aun así ambas volvimos a saltar sobre ese cristal que ahora era el Orbe. No sirvió de mucho, de nada... Volvimos a salir disparadas y, según dicen, caímos inconscientes.

Pero nada menos de la realidad.

Ante nosotras se mostraba un coliseo derruido en una montaña lejana y una tenue luz que discernía una gran figura, tan grande que nuestra respiración se cortó al ver al dragón negro que nos observaba con esos viles ojos. No, no era un sueño, no podía serlo, no podíamos, como dicen nuestros aliados, estar inconscientes con esa pesadilla resonando en nuestras cabezas. Mi diestra aferraba con fuerza en brazo de Nyn. Nyn no dejaba de repetir que ella me protegería y yo la protegería a ella. Aun así, ¿cómo podíamos protegernos de tan inmenso enemigo?

El dragón dijo que lo liberaríamos, que nosotras lo haríamos. Que tras siglos de encierra saldría. ¿Lo haríamos? ¿Seríamos nosotras quienes haríamos sucumbir a nuestra tierra? Me negué a creerlo, con un deje de orgullo avariel lo negué y juré que antes moriría, mientras Nyn mandaba que me calmara. Ambas temblábamos, ambas teníamos el corazón tan encogido que podría haberse parado del pavor. La vil criatura alzó el vuelo, observando a sus presas. Las nubes nos envolvieron de nuevo, se acercaban sigilosas, oprimiéndonos y encerrándonos.

No podíamos huir, no podíamos correr, no había lugar donde esconderse en ese nefasto lugar.

Nyn en su última voluntad se agachó para musitar a las hiedras y raíces de los dioses silvanos que nos protegieran de esas nubes y el dragón. La tomé del brazo y la acurruqué en mi para rodearnos con mis alas, aparte de las magias silvanas. El dragón rugió y mientras descendía en picado hacia nosotras Nyn llamó a un rayo para atacarlo... pero sobresaltadas y con las fauces del dragón a punto de devorarnos despertamos alteradas y desorientadas en nuestro templo, junto a Ser Nathelinn.

Pero allí no acabaría nuestros temores, allí no acabaría nuestra lucha... no había hecho más que empezar. Pues mi querida Nyn, como una maldición, portaba el inicio de lo que serían dos inmensas alas a su espalda.

Corellon, padre, proteja a sus hijas de tan vil destino que nos depara. La esencia del dragón en la joven druida y la angustia de su portadora.

miércoles, 8 de diciembre de 2010

Vuelo (II)

Una carta me fue entregada con el único emblema de un trébol céltico como remitente. A su lado, una bolsa de contención descansaba con un Orbe de color azabache, del diámetro tan grande como lo podía ser un balón de fútbol y tan pesado como podía serlo un infante de 10 a 12 veranos.

Cuál fue mi sorpresa cuando leí el contenido de esa carta. El pergamino hablaba sobre la historia de los dragones, esa que los bardos cantaban al son de los laúdes de antaño con la única luz que el crepitar del fuego. Comentaba la travesía de una compañía procedente del bosque silvanos de Svensgard, como atravesaron las montañas Pankaskala y llegaron a Thane dónde se les informó el poder del Orbe que había visto aparecerse en su bosque. Pero su travesía no acabó en esas gélidas tierras, descendieron las heladas montañas hasta acabar en Ciudad Mercantil donde Lumier, gran arcana de la ciudad protegía el poder con recelo. Muchas fueron los diálogos, muchos los intentos de predecirla sobre los acontecimiento venideros que ese poder albergaba pero la mujer ya los sabía. Aun así, tras horas de diálogos, el orbe fue entregado a una elfa lunar, a una arcana de los bosques silvanos, Aoi Englen.

Sin embargo, la carta no indicaba por qué me había encomendado tal misión a mi voluntad y protección. Pero por el Seldarine protegería ese apocalíptico dragón con mi vida. al igual que mis hermanos de armas.

Poco después de recibir tal odisea Svensgard fue atacado. Troll, Ogros, Orcos y Goblins tan despiadados que mis heridas tuvieron que ser sanadas por los sacerdotes y oradores del mismísimo templo. Cuán peligroso va a ser la misión que la Dama Aoi me ha encomendado, cuán peligrosa va ser mi travesía en la senda que el Seldarine ha puesto ante mi, pues ahora soy la Protectora del Orbe, de la vida que vive sobre nuestras tierras. Mucha sangre será derramada, muchos árboles gritaran angustiados por ser incinerados en esta guerra, pronto debemos aliarnos, pronto debemos forjar la tregua que antaño se formó pues sino Arthena perecerá bajo el fuego de los dragones.

Los dioses nos presten la luz necesaria para caminar en esta turba oscuridad que ciega a nuestros aliados en su guerra, pues sino pereceremos todos bajo el manto de esta desdichada oscuridad.

Vuelo (I)

[Continuación de "Antigüas y Nuevas Leyendas" de Aoi Englen]

Aciagados son los tiempos que moramos los habitantes de Arthena. Tan desdichados que el belicoso aire nos embriaga en un miedo infundado por batallas venideras. Profecías de dragones que desde antaño fueron recitadas, ataques de los Ssi’Tel’Quessir. Cuán peligrosa fue mi llegada al preciado bosque de nuestros hermanos.

Pocos días ha de mi llegada. Tan pocos que mis dedos son suficientes para contar la media dekahana que los une. Los Ssii’Tel‘Quessir nos han atacado, los batidores del bosque nos protegen en estas avanzadas que pronto, creemos, será una guerra. Ser William, con la ayuda de la alianza, formará fortificaciones en nuestros bosque para evitar más batallas. Aun así, algo me agita, algo me preocupa. Cuán desmesurada será la guerra que se cierne bajo nuestras tierras.

El Seldarine proteja a sus hijos y a sus más allegados aliados, pues en una guerra que de rojo escarlata teñirá el suelo, nosotros nos alzaremos victoriosos. No pereceremos, combatiremos; pues las almas que pereceran en esa batalla serán envueltas por la luz de los dioses. Permitiendo que su valor les deje reencarnarse en un mundo venidero que los mortales habremos forjado con nuestras fuerzas.

viernes, 26 de noviembre de 2010

Fragmento XI. Tabú.

Volvía a estar en esa sala.

Las heladas yemas de mis dedos acariciaron la superficie lisa de la mesa y observaron esa sala. El lugar era el misma que hacia años habíamos usado los miembros de la Flecha. Recordé lo malhumorada que me sentí al tener que escondernos aquí todos los miembros, sin poder salir de la “Gema del norte”. Los zhentarim, ellos nos hicieron refugiarnos bajo el manto de esa ciudad hasta deshacernos de lo que tanto ansiaban, varias fueron las dekhanas que pasamos ahí. De alguna forma la infantil forma de actuar de ese entonces me hacía sonreír ahora.

Pronto, deslicé la mano por la mesa hasta alcanzar la jarra de vino y me desplacé hasta uno de los sillones delante del fuego. El crepitar del fuego. Ese danzar hacia que mi mente divagara en demasiadas ocasiones desde mi vuelta a La Marca. Aun así, casi siempre pretendía estar ocupada. Me deshice de mi capa que dejé encima del sillón contiguo junto a mi arco y mis armas, para así poder desplomarme en el sillón elegido. Sonreí irónicamente al verme con tanta dejadez. La dejadez que Alec me había inculcado, ese maldito bastardo. Negué y tomé un poco de vino.

El camino por el Paso había sido largo, tan largo y costoso que cada gigante me había hecho tener que esquivar un montón de sus rocas y golpes que me hubieran partido en dos antaño; pero ahora, podía descansar. A la vuelta, sólo pediría a Padre que me llevara de vuelta.

Volví a beber un trago de vino y suspiré llevándome una mano a la frente. Desde mi vuelta habían pasado demasiadas cosas. Rasiel no dejaba de meterse en problemas, aun así aun no comprendía por qué me estaba haciendo cargo de ese chico. Alcé la vista al techo, recostándome algo más en el sillón y ladeé la cabeza. Estaba segura que esa unión me traería problemas, tales problemas como sangre o muerte pero ¿qué más podía hacer sino proteger a ese crío? Hacía apenas unos días había salvado la vida de una mediana apuñalada por él. La guardia decidió que fue en defensa propia, aun así... los actos de agresión siempre son mentados. Esperaba fervientemente que Relenar pudiera inculcarle un poco de disciplina pero yo, como prometí, debía curar sus heridas.

Me reincorporé en la silla, sentándome decentemente antes de caer de culo de la misma. Y como no, bebí un poco más. Ahora me preocupaba otro asunto. Un asunto que abarcaba la marca hasta centrarse en Nevesmortas. Gigantes, Mefits, Bálors y demonios alados aporreaban la villa en busca de algo. Prendían el bosque, atacaban a los seres y buscaban algo. Relenar lo asoció a Kalimach. Kalimach, ese dragón que se hizo con su tesoro y desapareció tras el ataque al bosque. Negué fuertemente para sacudir ese problema de mi cabeza y suspiré pesadamente.

Deslicé la mano izquierda hacia mi cuello y saqué la cadena y con ella el anillo que portaba. Hacía unas lunas Daya había arrojado su pasado a las llamas y dado fin a su pesar, estaba segura que ella podría superarlo. Malakai la ayudaría o sino le sermonearía por dañarla. Esa chica empezaba a formar parte de mi vida. Observé como el anillo giraba sobre si mismo, haciendo que la cadena se enrollara y desenrollara. El reluciente color verdoso brillaba a causa de las llamas. Por algún motivo cerré los ojos, presa de un antiguo recuerdo, y aferré con fuerza el dichoso anillo.

Bajé las escaleras con un gesto de fastidio y enfado. El motivo era una pelea que no llegaba a tener importancia pero había seguido hasta ese lugar a ese varón. Lo cierto era que se veía lamentable. Tan lamentable como se ve un hombre que cree que lo ha perdido todo y pretende ahogar su llanto en alcohol. Así lo vi en ese instante. Ni siquiera me miraba, seguía con la cabeza entre sus brazos, apoyada en la superficie plana de esa mesa, y los odres alrededor. Mi enfado y mis frías palabras quizás empeoraban la situación.

Pero en ese mar de gritos ahogados y llantos él se desplomó del taburete. Estaba en el suelo convulsionando y, a mi parecer, a punto de morir ante mis ojos. La persona que amaba se retorcía delante de mí como un animal con rabia. ¿Qué podía hacer? Por un instante me sentí impotente. Tan impotente como me sentí cuando mi hermana fue asesinada. Mis manos temblaban con tanto miedo que estaba segura que me desmayaría, aun así reaccioné.

Viré de golpe el cuerpo de Thor, saqué una daga y con su empuñadura sujeté su lengua para que no se la mordiese. Tras ello lo tranquilicé. No sé cuanto tiempo estuve así, ni por qué seguía temblando cuando él acabó tranquilizándose. Sólo sé que lo estaba abrazando con tanta fuerza que creía que lo mataría por falta de aire.

Pero algo pasó...

Mi respiración, mi propia respiración se me entrecortaba con tal ansia que creí que acabaría en ese lugar muerta. Thor hacia pocos minutos que había salido de esa habitación y mi pecho me oprimía tanto que creí que haría que mi corazón se desenfrenara al son de la sonata de la muerte. Oí como el ruido de los odres se estallaba en mil pedazos contra el suelo, como unos brazos me tomaban en vilo y me ponían sobre una zona dura. No ese no era él, él se había ido...

Recordaba como me había dicho que me amaba, cómo me decía que no me dejaría sola, como de mi propio aliento sólo conseguía llamarle a él, a Alec. Esperaba que me escuchara y atendiera mis súplicas. Esperaba que mi amado Thor no me viese en ese estado de deficiencia mental, y contra todo pronóstico aguantaría hasta que él se desvaneciera de mi lado.

Ya estaba en el suelo cuando él llegó, estaba segura. Mi propio aliento se entrecortaba en un aspaviento conjunto con mi cuerpo. Él había pasado algo similar hacia pocas horas. Había conseguido calmarle, había conseguido que él sobreviviera ante eso pero yo.. ¿cómo iba a sobrevivir yo? Él no debía verlo, él ante todo tenía que recordar mi faceta alegre y tranquila; no esa apunto de caer rendida ante la mano de Kelemvor.

- Du..ele, Du..ele - mi mano arañaba mi pecho intentando sacarme el corazón para dar fin a tal dolor, a esa ansiedad

La fría imagen del cadáver de mi hermana volvía con gran realismo a mi débil cabeza, ensangrentada y prevista de amputaciones horribles que deseaba olvidar a toda costa.

- Gatita, céntrate. - algo apartó mi mano de mi arañado pecho, mi boca dejó de gritar oprimida por algo húmedo y maloliente que me hacia perder la visión bañada en lágrimas.

Abrí los ojos de golpe presa de la angustia de ese momento y con la sensación de que las lágrimas habían bañado mi rostro. Con un movimiento sordo estampé el odre con lo que quedaba de vino al fuego, haciendo que prendiera a causa del licor. Mi zurda seguía sosteniendo ese anillo y mi diestra temblaba por algún motivo que no conseguí comprender. No quería permanecer más en ese lugar...

Recogí mis pertenencias y musité una oración a Padre para llevarme a casa.

jueves, 4 de noviembre de 2010

Runa IV. Antigüas y nuevas leyendas.

“Antaño fue cuando Arthena cayó sucumbida bajo el fuego de los dragones. Svenshut, el dragón verde, y su acompañante el dragón negro proclamaban la angustia y el terror por la tierra de los hombres.
Los hombres, separados por guerras internas entre los pueblos, se unieron en una alianza: Athoran, ayudó con sus arcanos; Svengard con sus arqueros; y, Genn con su guerreros. Los tres pueblos únidos por un fin común. Una tregua que no duraría más que la abatida de los dragones.
Pero sólo un dragón fue recluído.
Ahora, Svenshut, tras años de busca, ha sucumbido a su paciencia y proclama la cárcel mágica que recluye a su compañero. La esfera que ha cambiado entre las manos de los hombres y sigue oculta bajo su visión.
La tierra de los hombres vuelve a temer
la sombra de los dragones y la tregua que antaño fue disuelta deberá volver a ser formada.”.

***

La pequeña pixi se situaba en el cabezal de la ancha cama observando esa esfera, tan grande como lo podía ser un balón de fútbol, y batiendo las alas dejando que un poco de polvo salpicara la almohada. Al otro lado, la joven de puntiagudas orejas observaba el mismo objeto con una leve arruguita en el entrecejo. Esa cosa contenía lo que parecía un dragon negro. Ese famosos dragon negro de la leyenda que tantas veces había escuchado en esos días.

Aoi desvió la vista hacia la maciza puerta haciendo un ademán por salir de alli pero, ahora, estaba en su mano la custodia de esa esfera, al menos hasta las puertas de la ciudad del desierto, Athoran. Había prometido, junto con Kyh y los demás, proteger esa esfera… aunque ahora ella cargara con esa cárcel. Lumier, al final, había confiado en los Svensgarianos para movilizar la tregua o, al menos, proteger la esfera y evitar que el dragón engro saliese de nuevo para hacer cenizas las tierras de Arthena. Un leve suspiro salió de sus labios, cansada, tan cansada de la situación que empezaba a comprender por qué Dek se había deshecho tan pronto de esa diminuta cárcel mágica. ¿Qué ocurriría si el dragón salía? ¿Si ambos volvían a unirse en su afán de destrucción? La joven arcana dudaba que los legendarios dragones cayesen dos veces en la misma trampa y, eso, era problemático.

Alzó la pierna que había apoyado sobre el suelo y cruzó ambas sobre las sábanas, cuál indio meditavundo. Sus párpados se cerraron tras observar a Yang unos instantes y se quedó pensativa. Estaba segura que algo se le había olvidado en el trascurso de los días. Paseó su mente por el recoveco de su memoria, sonrió por algún pensamiento que la impregnaba de felicidad y meneó la cabeza para centrarse en su cometido. Pankaskala. Las montañas, las horrendas hamatulas, un grupo de viajeros, los cual no conseguía recordar, atravesando el paso y dirigiéndose al cubil del dragón verde, Svenshut. Habían observado a sus lacayos que cayeron ante magias y aceros hasta que el venerable dragon descendió en un batir de alas ante el grupo. Ah… ya recordaba, en parte. Ese noche, la lluvia caía apacible ante la mirada del grupo y las víperas palabras del dragón. ¿Qué deseaba? La elfa frunció el ceño al intentar recordar esa escena.

El dragón los observó a cada uno de los presentes y les perdonaría la vida a cambio de que les trajeran a una hembra. Una hembra que tenía algo que deseaba, algo que le había sido robado. Una hembra humana. En ese entonces quién poseía la esfera era Laura, la bárbara de Thane. Desestimó a Laura pues quien poseía ahora la esfera era ella y siguió recordando. El dragón, furioso, les perdonaría la vida si conseguían la esfera. No obstante, los ataques fueron aumentando, el bosque pereció en cenizas por su impaciencia y los ciudadanos no entregarían la eesfera a Svenshut.

Se llevó la diestra a la sien y avanzó a la noche anterior, cuando la luz rojiza iluminó el bosque en un haz vertical. Un batidor se encontraba con la mirada fija en la esfera, la cual irradiaba esa enigmática luz escarlata. La elfa recordó como la había tomado en sus manos el imprudente batidor, bajo la mirada de los presentes, y poco después como había desaparecido de la misma forma en que había aparecido. El rastro mágico los dirigió a Thane, dónde Laura les explicó de nuevo la historia de antaño. La esfera había sido entregada a una humana de Svensgard, la cual estaba desaparecida. La cárcel del dragón negro crecía y crecía, amenazando con ese aumento la rutura de las barreras mágicas que lo encarcelaban.

Pero aunque la esfera ahora mismo estaba perdida ua luz de claridad los llevó a la Ciudad Mercantil. Lumier, tan recelosa como ahbía indicado la fémina de Thane, había custodiado el orbe con sus protecciones. Tras varias horas, se entregó el orbe a Dek, pues la arcana desconfiaba del círculo druídico de Svensgard; pero los diálogos hicieron que el arcano devolviera la cárcel a su anterior dueña y ésta decidiera echarlos por sus ideas radicales. Kyh y Aoi, quienes habían permanecido ante la mirada de la elfa, Lumier, acabaron consiguiendo el orbe que ahora custodiaban de nuevo en el Asentmaiento.

Aoi volvió a abrir los ojos cuando enlazó las escenas y volvió a emitir un suspirillo al observar la esfera sobre la cama. Yang, seguía sin parpadear ante la custodia de ese objeto mágico. La fémina de puntiagudas orejas tomó de nuevo el orbe y lo introdujo en una bolsa de contención. Ahora debían ir a la ciudad de los arcanos.

Los dioses sabrían qué ocurriría a partir de ese instante.

[Prosigue en el apartado de Amywien Evra]

viernes, 22 de octubre de 2010

Runa III. La infante y el lobo.

La pequeña estornudó entre los brazos de la fémina y luego sonrió alzando ambos brazitos intentando coger los tirabuzones oscuros que rebotaban de arriba abajo cada vez que la fémina movía la cabeza. El balbuceo y la risa de la infante sacaron de la conversación a los dos adultos que allí se encontraban dando toda su atención a la pequeña Aoi. La esposa era una elfa de cabello azabache que hacía resaltar su tez clara, mientras que sus ojos eran de un verde intenso; por otra parte, el varón, tenía el pelo color claro, tan claro como los haces de la diosa Selûne y su tez era algo más bronceada. Ambos vestían ropas sencillas que hacían su función, arroparles del posible frío y ser cómodas en la ciudad del bosque donde habitaban.

La infante, de apenas unos meses de vida, tenía la piel clara al igual que sus cortos cabellos. Lo único que resaltaba sobre esa aterciopelada piel de bebé eran esos inmensos ojos azúl intenso que observaban curiosos todo aquello que se le cruzaba. Tan curioso como lo es un niño recién llegado al mundo. En una risa inocente su mano alcanzó lo que anhelaba, un tirabuzón, y tiró de él con todas sus fuerzas que eran mínimas. Narya, como se llamaba la elfa de azabaches cabellos, seguía hablando con su esposo.

- Voronwë no podemos dejarla. - su apenada voz resonó en la sala con un tono maternal. - ¿Es que acaso quieres volver a dejarla en medio del bosque? No podemos, no me pidas que haga eso porque no lo haré.
- No te estoy diciendo que al abandonemos a la intemperie. El lobezno estaba costudiandola y me hubiera arrancado el brazo de no haber usado la magia - el varón frunció el ceño observando el ovillo grisáceo que había en un rincón de la sala, noqueado. - Me preocupa que se abalance sobre nosotros cuando despierte y te vea con esa cría entre los brazos. Es bastante salvaje…
- No digas tonterías. Zhar era aun más peligroso y mira que fiel es ahora. Sólo está protegiendo a la pequeña.


El trío se encontraba de caza esa mañana. Una mañana donde el rocio de la noche comenzaba a secarse por el astro sol. Las alimañas nocturnas se escondían de nuevo en sus madrigueras dando paso a la fauna diurna. Un arco se tensó con cierto recelo y la flecha silbó hasta golpear la carne de un jabalí. No obstante, la presa quedaría olvidada por uno de ellos. Zhar, un lobezno de azabaches cabellos había olfateado algo en otra dirección y había salido corriendo, seguído por Voronwë. Cuando el elfo alcanzóa su compañero animal, entrecerró los ojos. Ante él, se erguía una lobezno enseñando sus fauces y babeando frenético para proteger lo que tenía tras él. Zhar, se abalanzó sobre el lobezno, mientras que el elfo conjuraba un conjuro para noquear al rabioso cánido. La pequeña había sido hallada hacia apenas unas horas en el hueco de aquel árbol muerto, bajo sus raíces y la protección de ese temperamental lobo.

Un gruñido alertó a sendos adultos y las pequeñas orejas de la infante se movieron al oírlo. Sus brazitos dejaron de centrarse en los tirabuzos que poco antes la habían divertido tanto e intentó zafarse inútilmente de los brazos de la elfa. La fémina angustiada aferró con algo más de fuerza a la pequeña para que no resbalase y cayese; pero ésta seguía intentando tenazmente salir de esos brazos. Las puntiagudas orejas del ovillo se alzaron y, pronto, unos amarillentos ojos se centraron en la infante.

- Narya… déjala en el suelo… - el varón habló al tiempo que retrocía unos pasos del animal.

Éste, para ser un lobezno, era como un lobo adulto, y no tardaría en enseñar las fauces cuando la infante rompiera en llanto pero la infante no lloró, seguía intentando alcanzar al lobezno con sus quejas infantiles y los brazos extendidos hacia él. Narya no la soltó. Bajo la vista de su esposo se acercó hacia el lobezno, con Aoi en brazos, y se arrodilló a pocos pasos del mismo haciendo que el animal acabase recorriendo el resto del camino para lamer el inmaculado rostro de la infante.

- Cuidemos de ambos hasta que sepamos qué hacer, Voronwë… - Narya acabó dejando a la pequeña junto al lobezno. - El lobezno sólo estaba apreocupado y la pequeña le tiene estima.

El varón suspiró observando como la infante tiraba de las orejas de la agachada cabeza del animal, mientras que éste se limitaba a permitirselo y obsequiarle con pequeños lametones. Cierto era que toda familia protegía a sus miembros y, a fin de cuentas, eso había hecho ese colérico cánido al creer que iban a quitarle a la pequeña. Ahora, a ojos del elfo, éste simplemente estaba feliz de seguir al lado de la pequeña.

- Bien, amansaré a esa fiera y tu cuidarás de la pequeña. - suspiró tras acercarse a su esposa y obsequiarle con un beso en la frente. - Iré a informar al Irodim y Aya, al menos que ellos esten percatados de nuestros nuevos “intrusos”.
- Intrusos.. sólo es una pequeña elfita y su protector, no creo que lo rechacen tras contarles que estaban a la intemperie. Son unos buenos líderes.
- Quizás quieran quedarsela ellos. - el varón rió por un momento y salió por la puerta mientras su esposa refunfuñaba entre dientes, dejando claro que no lo permitiría.

Narya tomó de nuevo a la infante entre sus brazos, bajo la vista recelosa del animal, y tras acariciarle a él también hizo que las siguiera hasta un pequeño riachuelo dónde lavaría a la empolvada pequeña. Con suerte el greñoso cánido le permitiese larvarlo también.

viernes, 15 de octubre de 2010

Runa II. Batallitas con soldaditos de plomo.


Sendas figuras se encontraban en medio del Asentamiento dialogando sobre cosas tan vanales como lo podía ser una disputa alegre de maldecir el uno del otro, sólo por molestarse. Habían pasado ya bastantes horas desde que Xanos había dejado el Asentamiento para volver a Genn; no obstante la conversación que mantuvo ese trio seguía rondando la cabeza la de joven bruja. Estaba segura que ambos varones, arcano y paladín, estaban dispuestos a combatir en esa mediocre guerra para salvaguardar a sus amigos. Era posible que ella también se involucrara en esa guerra antes de lo que siquiera suponía.

Dek y Aoi habían barajado la posibilidad de seguir al semidragon plateado cuando lo vieron pasar con cierta rapidez; pero éste sólo había indicado que iba a trabajar. Asunto que Dek desestimó con un simple “Leurik nunca trabaja”. No sería la fémina quien dijera lo contrario pues ella simplemente era una recién llegada. Pero las incertidumbres que ambos sintieron fueron rápidamente aplacadas por la llegada de la driada Lego. Apesumbrada y con cansancio les pidió su ayuda con los caidos en la batalla de Nebin. Batalla. Una nueva batalla iniciada por los miembros de Genn, ¿quedaría menguada su cólera por el ataque a Thane hacía unas jornadas? Quién sabía.

El trío de figuras atravesó los bosques de Svensgard, las cuevas de Pankaskala hasta llegar a la entrada de Nebin dónde varios Athorianos se encontraban ayudando a los civiles del lugar y otros maldecían a los gennitas por sus acciones. Aoi observó a los presentes con sierta incertidumbre: los civiles estaban ilesos, la milicia abatida, los refugiados emprendían el paso al desierto dónde pasarían un tiempo hasta que Nebin quedara dispuesta para su vuelta, pero del bando atacante no había rastro.

Un arcano había comentado que los gennitas se refugiaban en Thane, otro que deseaba vertir la sangre de los gennitas como venganza. ¿Acaso no habían sido ellos quienes iniciron estas batallas? La venganza es un plato que debe servirse frío, predeterminado, y eso es lo que habían hecho los miembros del clero. La situación en ese lugar parecía estar bastante calmada, los civiles habían sido socorridos y lo que preocupaba en esa ocasión a la joven bruja era el otro bando aliado. Se acercó ligeramente a su compañero y musitó varias frases indicando que iría a Thane; para alivio suyo él la acompañaría.

Volvieron a recorrer sus pasos hasta llegar a las montañas de Pankaskala y Dek musitó varios conjuros sobre ellos, al tiempo que la marcha de los Athorianos se iniciaba hacia la villa nevada. Corrieron a través de las cuevas sin detenerse a descansar hasta llegar a los portones de Thane. En la colina izquierda varios maeses hacían guardia, junto a un arcano que Dek llamó Zher. Zher, la joven había oído hablar de él días antes. Los maeses refunfuñaron no eran capaces de ver a lso jovenes.

- Yo no veo nada, no abráis. - dijo uno de ellos.
- Pero si están ahí abajo. - dijo otro - Esperad ahora os abro.
- Abridnos los athorianos se acercan - concluyó Dek.
- ¿Entonces abro o no abro? - comentó la voz de Xanos.
- Maldita sea, Xanos, ¡ábrenos! - al fin dijo la fémina.

Las puertas se abrieron lo suficiente para que ambos svensgarianos entraran y tomaran algo de aire. Pero poco fue el respiro que pudieron tener antes de que las magias de los arcanos inundaran los portones del lugar. La milicia gennita gritaba dando ordenes unos a otros, se posicionaban mientras arqueros y arcanos emprendieron el contraataque a distancia. La joven fémina permanecía atrás, escondida con un conjuro de invisibilidad mientras no apartaba la vista de los portones que en ocasiones se abrían para dejar paso a un athoriano que caía a las armas de los defensores. La magia negra inundó las colinas interiores de Thane, la magia revolotea furiosa contra los atacantes y los filos chocaban contra aquellos que osaran entrar a luchar.

- Delith a la colina, contraataca!. - dijo alguno entre ese insufrible alboroto.
- Xanos aquí conmigo en las puertas - dijo unos de los maeses.

Un athoriano entró de sopetón por las puertas principales con tantas magias que era imposible distinguir más de una leve forma borrosa pero en un abrir y cerrar de ojos sus magias desaparecieron por otro conjuro amigo de disipación y cayó en vano frente a los filos de los gennitas. La primera ronda había sido vistoriosa para los miembros del clero. Habían caido tres athorianos reconocidos y algunos gennitas en esa ocasión pero no era moemnto de felicitaciones, aun no. Los humanoides que alli se encontraron no tardaron en alzar la vista agrandando los ojos al observar a la inmensa criatura que se avecinaba a la villa. Un dragon rojo, volaba a ras del suelo intentando arrasar ese lugar y con ello los que alli habían. Las armas volvieron a alzarse contra el dragon, las flechas silbaron de nuevo por el aire hacia sus duras escamas, una lluvia de insufrible lluvia hizo que gran aprte de los gennitas se refugiara bajo el tejado de las casas cercanas para no morir abrasados. Un dragon rojo, Dek, de menor estatura se posicionaba entre la joven fémina y el inmenso dragon mientras intentaba protegerla de algun modo hasta que lso esfuerzos de todos dio su fruto. El dragon rojo fue abatido por los defensores. Podían descansar tranquilos, habían vencido.. habían…

Un temblor atravesó el suelo haciando que todos volvieran a estar atentos, los gritos de alerta resonaron de nuevo en Thane y las armas se cruzaron contra un inmenso gusano. Magias de los arcanos, golpe de armas, y un ardua forcejeo entre todos acabó dejando haciendo que el gusano se desvaneciera muerto.

- Atentos a un próximo ataque. Sombra, ve a mirar. - dijo alguno.
- Se han ido. - dijo otro al cabo de unos minutos. - ¡Hemos vencido!

Gritos de júbilo acabaron envolviendo el ambiente. Habían ganado esa batalla, habían conseguido vencer a los arcanos. Ahora ambos bandos habían abierto la batalla pero ambos habían ganado una escaramuza en esa recién iniciada guerra. Las magias protectoras ban desvaneciendose pocoa poco mientras reían y comprobaban los caidos en esa ocaasión. Los caidos de Athoran habían desaparecido, quizás mediante magia pero eso no importaba. Habían vencido.

El gnomo Zher se acercó a los svengarianos para agradecerles su ayuda, mientras que el joven Xanos nos e le ocurría otra cosa que abrazar a la fémina como vía de expiación entre el júbilo.
- Xanos, no me abraces!! - dijo alterada por el gesto.
- Dek, gracias por tu ayuda. No debiste involucrarte tanto y aun así nos has ayudado. - dijo el gnomo.
- Entonces dame la mano. - Xanos se retiró del abrazo y le tendió la mano amistoso.
- Sólo hice lo que creí conveniente. - comentó el elfo tan reservado como de costumbre.

Aoi le tendió la mano a Xanos mientras observaba al gnomo que también le había agradecido su ayuda. Ella se limitó a quejarse por no ahber sido de ayuda suficiente. No obstante, se sentía bien, muy bien por el desenlace de los acontecimientos. Lo que vendría después aun estaba por ver.