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domingo, 19 de agosto de 2012

Regreso

“Aunque te vayas de aquí, siempre estarás en mi mente, nunca serás mi pasado, siempre serás mi presente.”

Rhodesia… así se llamaba esa extraña ciudad que se alzaba ante mi vista. La unión de las tres culturas y la unión de los problemas. En Arthena todo eran problemas: cambiaran los líderes, los intentos de paz o la nueva sangre. Ese acercamiento a la neutralidad, quizás, sólo quizás, durara una década, dos si la nueva sangre olvidaba las antiguas reyertas y creaban otras.

Todo era distinto pero a la vez era igual. Siempre lo era.

Supongo que mi vuelta no era más que una sombra, una pequeña figura que se acercaba taciturna bajo el manto estrellado de la noche y la fija mirada de la dama luna. Pasando desapercibida ante la bienvenida de los actuales guardias, como una viajera más; sin prisa, como si el paso del tiempo se parara porque, al fin y al cabo, soy como un fantasma olvidado que vaga errádico por los caminos que el destino me brinda. Tampoco esperaba más: llegar, informarme y seguir vagando en los recovecos de las calles para luego exiliarme en la pequeña arboleda que antaño había sido mi hogar.

No obstante, los caprichosos dioses hacen que lo que uno desee hacer sea menos alentador, más mordaz cuando aquello que deseabas encontrar en tu propio exilio es presentado ante ti, como la imagen de un oásis en medio de la desesperación de un árido desierto. Un vago aliento que te ayuda a seguir caminando por las desconocidas tablas del tiempo y te hace abrir los ojos para comprobar si es cierto o, si tu propia mente, te vuelve a jugar una de tantas malas pasadas.

Aquello no era una visión creada por el dios de las mentiras. Hubiera podido abrazarla en todo momento. ¿Por qué no lo hice?. Un quiebro de euforia habia envuelto mi garganta y deseaba gritar hasta quedarme afónica; pero no salió ningun grito. Más mis ojos se secaron con las lágrimas que no podían verterse en aquel extraño momento. Era cierto, había tocado con un tímido roce aquella ropa como antaño había hecho, verificando que estaba alli y aun así me parecía tan efimero. Oía la voz que se dirigía a mi pero mis oidos no oían nada, demasiado absorta en mi fingida tranquilidad.

El bosque había susurrado en mis oidos cuando por fin, estos, deseaban escuchar aquella voz. Mi regreso se debía a la reunión a la que me había citado y no a esperar encontrar a antiguos aliados. Maldije en mi fuero interno, había mucho que contar pero a la vez nada que decir, y me encaminé al templo druídico.

El Padre Roble volvería a moldear mi camino bajo su voz y mandato con la ayuda de mi viejo amigo Svensgard. Para eso había vuelto desde un principio.



El Solsticio había llegado días después de mi sobrecogedora llegada. La visión se había convertido en una vaga ilusión que no acababa de discernir como un sueño o una realidad; pues muchas había tenido en los últimos tiempos para creer que fuera del todo cierto. Maldecía mi insistencia en reunir todos mis sentidos para saber si lo era o no. Si aquella conversación inacabada o el dolor que había entristecido mi esencia tras unas dolorosas palabras seguían siendo mi propia tortura en esa extraña soledad.

Zarandeé la cabeza, endurecí mi voluntad y negué a mi fuero interno el pensar en ese encuentro. Pocas horas antes había acudido a las empedrizadas cárceles de Rhodesia y había sacado de alli a la jóven Lego. Siempre he sabido que el dinero, lejos de ser importante para mi, es importante para los humanos. Atesorandolo como un bien mayor, más incluso que la propia existencia de un ser vivo. Pero, no me importaba, el oro que portaba en esa bolsa llena de remiendos era para sacar de los apuros a mi pueblo. Ahora, lejos del recuerdo de las malas experiencias que ocasionan los muros de piedra, Lego podría asistir a la fiesta del pueblo bajo mi atenta mirada.

El murmullo del gentío hizo que saliera de mis propios pensamientos y escuchara con una media sonrisa las fabulosas canciones de mi pueblo. Svensgard, junto al resto de invitados, reían, comían y bebían al compás de la música que un elfo juglar nos amenizaba. Hacía tiempo que no acudía a una fiesta; la última que recordaba era la que antaño se estaba organizando en el viejo Lago de Svensgard y el malhumor que Mick deleitaba al ver su querido lago lleno de preparativos. Juraría que había sonreído en ese vago recuerdo pero pronto mis labios se ocultaron bajo la copa de hidromiel.

Svensgard habló en ese banquete lleno de canapés, fruta, alcohol, jabalí y muchos más platos que mis ojos dejaron de ojear para centrarse en él. Habló de la importancia del Solsticio de verano para los druida, observó todo lo severo que pudo a los que lo interrumpían y yo deseaba estampar su cabeza en el plato que tenían delante por pesados. Divagué entre las palabras que el viejo Svensgard recitaba y asentí en una afirmación ante ellas. Poco más debía decir que él no hubiera dicho y simplemnte, tras acabar de hablar, volví a ausentarme en mis propios pensamientos.

Mis ojos se desviaron ajenos de la fiesta a las tremulas sombras que el bosque obsequiaba, buscando vagamente algo pero estaba segura que no encontraría. Perdí el interés de esa lejania al ver al joven Keiro. Sané sus heridas ante la pespectiva de que eso alentaría mi interés en algo más que un viejo recuerdo y asentí al ver que mis resultados en esas artes seguían siendo tan diestras como antes de exiliarme.

El llamado de los druidas hizo que los invitados esperasen en el festejo mientras los hijos del bosque andabamos en una silenciosa procesión hacia el templo druídico. Algunos invitados parecían desilusionados por no poder ver el ritual; otros, ajenos siquiera a la desaparición de los anfitriones, seguían bebiendo y deleitandose con los manjares que les daban.



Las blanquecinas aguas del estanque se iluminaban por la pequeña obertura que se situaba en la parte alta del singular templo, los druidas como en cada ritual de ascenso a Beirdd, se colocaban alrededor en un murmullo de voz druídica que parecía un pequeño salmo de oración; aunque solo fuesen eso, murmullos. El murullo cesó cuando el viejo Svensgard inició el ritual:

“Espíritus de la naturaleza, estamos aquí reunidos para honrar y ser honrados con la presencia de lo mortal y lo inmortal en este recinto sagrado. En esta ceremonia daremos la bienvenida a una Beirdd a este círculo”

Las miradas se fijaron en mis blancas túnicas y en mi persona; haciendome sentir más observada de lo que deseaba. Había aceptado ese puesto por la confianza que Svensgard había depositado en mi y mi interés en proteger al pueblo de cualquier amenaza que osara perturbar el equilibrio de la arboleda; sin embargo, no estaba segura de saber llevar ese nuevo título tras tantos años de exilio. Evité llevar mi diestra hacia el anillo que descansaba en la cadena de mi cuello y seguí escuchando con templanza fingida.

“ Aunque creo que no hará sola el ritual está vez. Y tendremos dos Beirdds. Por favor sumergios en el agua, que limpiará las impurezas de vuestros cuerpos.”

Observé como Lego se desnudaba para adentrarse en las inmaculadas aguas y la imité con un ligero encogimiento de hombros. Me adentré a las frías aguas del estanque y esperé a que el ritual continuara.

“Dejad que el agua recorra vuestro cuerpo y os purge de los malos espíritus. Por que en esta fecha tan señalada os convertiréis en Beirdds. Y tomaréis el azul, el color del agua, y el color de la verdad. Vuestra voz y la del círculo druídico serán una.”

Mi voz no tardó en alzarse ante los salmos de una única oración, ocasionada por las voces de los druidas allí reunidos y mi mente vagó a la armonía del equilibrio que ese ritual había ocasionado en mi cuerpo. Desvié mi necesidad de pensar en algo más y me centré en salir de las aguas para vestirme.

“Bien podéis salir del agua. Cuando los primeros rayos de luz salgan, empezará vuestro primer día como beirdds. Volvamos a la fiesta”.


El primer día de Beirdd: Los primero haces de luz perfilaban mi rostro con una tenue caricia que hizo que me estremeciera.

miércoles, 17 de junio de 2009

Hadas III

“Comúnmente, se cree que las hadas pueden ser vistas sólo por los niños, aunque en realidad cualquier persona que conserve rasgos de inocencia y tenga una conducta recta podría encontrarse con ellas.”


[…]


… el frío suelo que había notado poco antes de desvanecerme se convirtió en una mullida cama de hierba, mis ojos observaron la sala cuando vagamente recuperé la conciencia… ¿Cuánto tiempo estuvimos inconscientes?


Oteé alrededor, el grupo se hallaba allí, poco a poco los caídos se recuperaron, algunos ya estaba deambulando por la sala ayudando a encontrar otra salida. Al parecer teníamos tres puertas ante nosotros, la puerta que habíamos pasado a rastras Asgrim y yo, una segunda puerta en la cual se oían ruidos que no conseguimos diferenciar aparte de pertenecer a animales, y una tercera puerta de piedra bastante gruesa, cuyas runas la envolvían dándonos un mensaje. El mensaje no tardó en ser descifrado por la joven Aynur, dicho escrito decía así, “Sólo aquel que posea el brillo de la sangre podrá abrir la puerta”.

Pensamos, debatimos, dimos mil vueltas a dicho escrito pero no encontramos nada. Saqué una daga, intentando ser racional ante el dilema que se nos planteaba, y deslicé el frío acero sobre la pálida piel de mi mano derecha, no pasaría nada por intentarlo y la cara de estupor de Saria sería digna de recordar. Contuve una mueca de dolor, sólo era un rasguño nada más, no tardaría en cerrarse si lo precisaba; dejé que el rojizo brillo de mi sangre se deslizara sobre la palma de la mano, antes de presionar la herida sobre la gélida piedra de la puerta. No ocurrió nada, la puerta no cedió ni un ápice de su posición, esto implicó que volviéramos a estrujar nuestros cansados cerebros sin éxito alguno, estábamos en blanco. Selene, Aynur y Saria se debatían en la reexaminación de la puerta, pronto encontraron una pequeña muesca, la cuál nos hizo levantar y buscar por todo la sala sin hallazgo alguno. La verdad es que nos hallábamos tan encerrados en ese pequeño acertijo que ninguno supo que buscar…


Era tan desalentador, encerrados en una sala sin salida aparente, suspiré y me senté en uno de los troncos que se situaban al lado de la puerta. El grupo precisaba más tiempo pero ¿teníamos tanto tiempo? La suave voz de Aynur me hizo volver a la realidad, a su parecer y no habiendo caído ninguno más, estábamos en una sala cuya vegetación quizás estuviese otro ingrediente que precisábamos, Rúcula. Dicha planta se trata de una planta semierguida muy ramificada y pubescente. Sus hojas son verdes y rojizas de 20 a 30 cm. de largo. Sus flores están agrupadas en racimos blancos o amarillas. Tras buscar entre la vegetación, Ayuri halló la planta y cortó un pequeño tallo. ¡Por Silvanus! No era momento de ser protectora con la planta, le dije que cogiera toda la planta, no sabíamos que precisábamos exactamente y no pensaba volver a buscar el ingrediente si no cogíamos lo que necesitábamos ahora, así lo hizo. Me pareció que se quedaba absorta con mi punto de vista pero no estaba para indagar sobre el tema.


La puerta se presentaba ante nosotros de nuevo, nos volvimos a devanar los sesos pensando en qué sería posible usar como llave. Sinceramente, acabé perdiendo la noción del tiempo en pensar sobre el respectivo objeto antes de ser arrastrada hacia la maldita puerta. ¿Por qué diantre me sentía arrollada hasta la superficie pétrea de la puerta? Me deshice de la mochila con la mayor agilidad que pude y miré su contenido, creo que no quedaba rastro de duda en ninguno de nosotros, todos los ojos de la sala se centraron en ella. La piedra que había olvidado por completo, volvía a brillar con su fulgor carmesí, mis manos se deslizaron hasta la ranura de la puerta y con un suave sonido la puerta se abrió sobre su propio peso, dejándonos divisar la sala continua.


La sala que sucedía estaba iluminada por una tenue luz que no nos permitía ver mucho más allá de unos metros, Ayuri se adelantó para buscar posibles trampas, no podíamos arriesgarnos a volver a caer en los mismos errores. La compañía esperó, lo que a mí me resultó demasiado tiempo, los murciélagos empezaron a rodearnos y a caer bajo nuestros filos en pocos minutos. Selene y yo no pudimos calmarlos, ¿por qué no pudimos? ¿Acaso lo que nos deparaba de ahora en adelante sería peor de lo que dejamos tras nuestros pasos? Nos habían alertado sobre ello pero… aun me quedaba cierta duda. ¿Hasta dónde llegarían las perversidades de la hadas?


Miré los pequeños cuerpos amontonados en el suelo, antes de avanzar y poder discernir a Ayuri con otro murciélago. El único que quedaba en pie, supuse que sería el líder, no tardó en verificarlo tras sus hipocresías y alto ego. Suspiré y negué, tenía unas ganas atroces de cerrarle esa boca. Ayuri había encontrado el guano de murciélago, al menos ya teníamos dos ingredientes, era un avance, creí. Mis pasos se guiaron por el resto del grupo hasta donde estaba la ofrenda de los vampiros. ¿Por qué ese murciélago ansiaba tanto la inmortalidad? ¿Acaso no habíamos atacado en defensa propia a sus súbditos quedándose él solo? Mira que hay que ser egoísta, suspiré con más ahínco y miré al humano que se presentaba ante nosotros como esa ofrenda. Me pregunté varias veces como era posible que se hubiese dejado coger con tanta facilidad, tratándose de él, y como era posible que le hubieran desnudado. Cabía decir a favor de los murciélagos que era lo mejor tratándose de Mick y seguramente estaría enojado…


Me acerqué a él sin demasiada demora y corté las ataduras que lo inmovilizaban, Selene comprobó su estado, no parecía dañado físicamente. La cálida voz de Saria se deslizó a mis oídos, antes de poder girarme y reaccionar apartando a Selene. Fruncí el ceño mirando como el animal estaba a pocos pasos de nosotras, ¡que ganas tenía de cortarle sus preciadas alas!
Avanzamos siguiendo las indicaciones nos había dado el murciélago, supuse que muy a su pesar, el pasillo que se presentaba ante nosotros no auguraba demasiada confianza. Poco tardamos en verificar que las trampas hacían acto de presencia ante nosotros. El cuerpo de Ayuri, Yax y Aynur fueron desplomados en diversas ocasiones, avanzamos con tantas artimañas como nos fue posible, las trampas eran desactivadas de una u otra forma, cuya mayoría de veces era a extensas de nuestros propios cuerpos. Las heridas eran sanadas la mayoría de las veces, por Selene y por mí, el resto de la compañía ayudaba cuando era posible o seguían buscando en nuestra ciega avanzada.


Tardamos varias horas, demasiadas, en franquear ese pasillo, estábamos heridos, exhaustos y yo al menos hasta el diablo de esas criptas. Ante nosotros se divisaba una puerta de madera, dos de los vampiros no tardaron en divisarnos y lo único que nos separaba de ellos era una trampa, la cual no conseguía ver por mucho que me lo propusiera. El confiado vampiro avanzó, molesto por nuestra indiferencia ante ellos, la trampa que nos separaba estalló sobre él, haciéndose visible para todos los ojos ajenos hasta entonces, su cuerpo se desvaneció in situ con el sonido sordo que esto genera. No tardó demasiado en atacar su acompañante, el cual fue abatido con gran facilidad, el estoque que hasta entonces empuñaba Mick estaba incrustado en el pecho del vampiro. La puerta se cerró tras mirar alrededor de la sala, lo que nos deparaba más allá de la puerta no imbuía demasiada confianza, el pequeño y sagaz ejército de vampiros constaba de varios guerreros, arcanos y quizás algunos individuos más que no conseguí divisar mientras intentaba comprobar en vano si el vampiro caído tenía sangre en las venas. Me enderecé y le di una patada al cuerpo, maldita sea, teníamos que enfrentarnos a ese grupo de engendros. Sería una ardua batalla.


No me percaté de cuando abrieron la puerta y empezaron a atacarnos, ni cuando empecé a musitar mis oraciones y a esquivar golpes de esos seres, ni siquiera cuando cayó el último asaltante. Mi respiración era entrecortada pero retomé el aliento y miré a mí alrededor. Mis compañeros estaban heridos, algunos más otros menos. Pronto traté a los heridos más graves, mientras en mis oídos se oía una conversación entre el líder y parte del grupo. ¿Es que no se iba a acabar nunca?
Por Silvanus, ¡esto empezaba a ser una pesadez!, entre mis labios se volvió a sentir mis acostumbrados suspiros y mi cuerpo se acabó sentando en uno de los escalones. Al parecer el vampiro deseaba volver a ver a su amor, Valine, entonces ¿teníamos que hacer de casamenteros también? Lo que me faltaba… Valine, era la medusa que habíamos dejado salas atrás, entonces debíamos volver sobre nuestros pasos pero era preciso, el vampiro nos daría su sangre y esperaba a con euforia que también la llave que encerraba al Oso. Suspiré y seguí los pasos de mis compañeros, con un quedo de histeria…

viernes, 1 de mayo de 2009

Libro

“Hay libros cortos que, para entenderlos como se merecen, se necesita una vida muy larga.”

Mi propio aliento se helaba ante el frío de las montañas nevadas, el vaho que espiraba se formaba delante de mi propia visión, y las puertas de la pequeña villa de Thane se presenciaban no lejos de mi posición. El graznido del halcón, que pronto divisaron mis propios ojos, se oyó familiar en mis tímpanos. El majestuoso rapaz se posaba sobre la congelada madera del cartel de la entrada. Mis gélidas manos se deslizaron hasta el pergamino de una de sus patas, antes de levantar con sutileza mi mojada capucha. No podía elegir otro momento… ese elfo… un viaje en vano más. Suspiré ocultando mejor mi rostro de la fría nieve y volví sobre mis pasos hasta el Asentamiento.

Reunir a los interesados, ¿no hubiera sido mejor hacerlos llamar por los batidores? Sería más efectivo, ciertamente… Chra, tras darle el mensaje partió a las montañas de Pankaskala en busca de Mick, creí que había ido hacia allí, aunque no estaba segura de si entendería el mensaje. El resto de los presentes se fueron agrupando cerca del hogar. Erin'dör se postraba en la subida escoltado por dos batidores.

La reunión era debida a la localización de un libro cuyo lomo era verde y forrado en hierba, curioso libro. El nombre que recibía era “El Secreto de los Moldeadores”, ¿tendría algo que ver con lo comentado anteriormente en el Gran Árbol?, lo más seguro. A Amshel se le entregó una piedra con la que tendríamos que pasar la guarida de Svenshut. Francamente, no tenía ni pizca de ganas de ver a ese elemento, ni comprobar si estaba de humor en un día como hoy. Seguí al grupo, sin entusiasmo alguno, hasta la boca del Agujero de las Tormentas, los lacayos del venerable dragón pronto fueron abatidos. Miré alrededor, al igual que todos mis compañeros, ¿no estaba Svenshut? Fruncí el ceño, siempre estaba, era extraño no verlo en su morada, apacible y marcando su territorio como hacía desde siglos atrás. El grupo avanzó, antes de poder reaccionar con la mirada trastocada y pensativa proseguí sus pasos.

La lluvia que caía sobre nosotros era de un verde ácido, la vegetación se extinguía bajo el peso ardiente de las pequeñas gotas; el grupo poco tardó en regazarse, algunos heridos, otros trastocados. Schim, salió de esa morada sin darme apenas cuenta, con él salieron Amshel y Fiódor. Saria se quedó velando por Mick y por mí, ¿de dónde diantre salía? Su rostro estaba parcialmente quemado por la lluvia, maldita sea ¿no podía ir con nosotros visiblemente? Traté la herida lo más rápidamente posible, mientras Saria se trasformaba en un gigantesco Golem. Svenshut se acercaba a nosotros, no teníamos tanto tiempo. Oré las oraciones más efectivas sobre el rostro de Mick, poco antes de sentir el frío hierro de la mano de Saria aferrándome. ¿Por qué siempre acabábamos corriendo? Suspiré cuando sentí bajo el peso firme de mis pies la hierba de nuevo, miré alrededor. Estábamos todos…

El bosque mágico que hace meses había pisado para otros propósitos se presentaba ante nosotros, los Androesfinges se mostraban apacibles como antes siempre se habían mostrado. Avanzamos hacia el Este con paso tranquilo, debido a los heridos. Un golpe seco pero suave me ofreció un reacio movimiento de cabeza hacia el suelo, tras discernir la piña que había rebotado en mi propia cabeza, alcé la vista con el ceño fruncido. Pronto la piña sería una lluvia en la que ocasionaría una nueva carrera, Fiador fue abatido y el resto teníamos algunos moratones considerables. Por Silvanus, ¿por qué estaba tan hostil el bosque? Recuperé el aliento y miramos alrededor, las aguas de los ríos habían subido de nivel y crecido en corriente. Los elementales de agua nos miraban recelosos, mientras el pesado Golem nos ayudaba a cruzar la corriente. Arrugué la nariz y desenvainé al tiempo que empezaban a embestirnos los elementales, sacudí la espada antes de volver a envainarla y suspiré. Llegar a Leonyth nunca fue tan complicado…

Los que habíamos pisado ese bosque antes sabíamos que nos deparaba más allá, colosales criaturas de piedra. Hice otra mueca y nos pusimos en marcha, abatiendo con esfuerzo a los golems que se nos presentaban delante. Esperaba con ahínco que ese libro valiera tantas penumbras.

El lago de Leonyth, habíamos llegado tras esos peligros extraños. Quizás esos eran los peligros de un bosque mágico, no pensaba volver a averiguarlo si podía evitarlos. La compañía se dirigió a la casa que se encontraba en el centro. El elfo que allí nos esperaba, era de tez clara, pelo claro y con bastantes siglos de edad. Sus tímpanos estaban tan taponados que repetía innumerables veces todo lo que repetíamos sin acabar de entendernos del todo. Era bastante estresante explicarle algo a ese elfo, Amshel acabó perdiendo la paciencia y, siento decir, yo también. Musité las oraciones pertinentes sobre él, afinando de esa forma sus viejos oídos. De algo tenía que servir.

No tardó en aparecer sobre sus viejas manos el verdoso libro que buscábamos. Tras dialogar y hacer un trato, cuyo pergamino poseo entre mis pertenencias. Nos prestó el libro a cambio de la piedra de Svenshut, la cual nos sería devuelta tras devolver el libro. Pasé la mano sobre la cubierta del libro y miré la cerradura del mismo. ¿Dónde estaba la llave? El elfo hizo alusión de no saber la respuesta, suspiré y guardé el libro.

Fiódor ya recuperado hizo llamar a su compañero, el halcón no tardó en posarse sobre su musculoso brazo. Escribí un pergamino y se lo ofrecí a Fiódor, el halcón no tardó en partir en dirección al Asentamiento. No nos iríamos sin estar seguros de dónde encontrar esa dichosa llave. Pasó escaso tiempo, el tiempo suficiente para descansar un poco, antes de recibir la respuesta de Erin'dör. Teníamos que volver, no sabía dónde se encontraba la llave, ni estaba en manos de algún miembro del Asentamiento.

Saria musitó y se concentró hasta adoptar la apariencia de un dragón de escamas rojizas, ninguno de nosotros tenía intención de volver sobre ese bosque. Subimos sobre ella y abrimos vuelo sobre el frondoso bosque. ¿Por qué le gustaría tanto el cambio de forma a esta mediana? El aire nos azotaba taciturno, las vistas como siempre que volaba eran espectaculares pero el viaje como pronto averiguaríamos sería algo que recordaríamos con especulaciones posteriores.

La figura del dragón verde se acercaba a nosotros, con la velocidad apropiada de su raza. Saria con varias personas en su espalda no podría alcanzar una velocidad apropiada a su tamaño. Normalmente una dragona de esas dimensiones podría haber dejado atrás al pesado Svenshut sin problema. Mis gritos de advertencia se apagaban con el viento, oré al no saber que hacer y un relámpago cruzó el cielo enfureciendo más al viejo dragón por el contacto del mismo. Maldita sea, me aferré con más fuerza a la espalda de Amshel para no caerme. Las fauces pronto alcanzaron a Saria, ahogándola en un rugido sordo de dolor, el aire se cortó en vertical, mientras la dragona roja intentaba esquivar las fauces de nuevo, nos precipitábamos hacia los bosques. La voz de Schim resonó en mis tímpanos, el impulso de mi estómago al sentir la elevación de la dragona hizo que casi sacara el mismo por la boca. Saria empezaba a estar cansada y dolorida por las heridas del ácido y mordeduras del viejo dragón. Retomé el aire, que empezaba a escasear por el miedo a estamparnos contra el suelo. Volví a musitar, intentando controlarme, miré hacía Svenshut y otro relámpago zigzagueó sobre el cielo, alcanzando el ala del majestuoso dragón. Fruncí el ceño, eso le enfurecería más. La figura verdosa del dragón empezó a alejarse, el Asentamiento no estaba lejos ya. Las pequeñas puertas se fueron haciendo más grandes, según nos acercábamos a ellas. Saria acabó aterrizando algo forzadamente pero sin lastimarnos, traté sus heridas con el sumo cuidado que sé tratar a un dragón… hubiera sido más fácil en su forma original pero fue reacia a ello.

Estábamos vivos, por el momento. El libro pronto fue entregado en manos del mismo Svensgard pero se debatía el problema que tanto había temido... La llave. Debíamos volver a Leonyth y averiguar su paradero, no sin antes volver a ver al viejo dragón verde. Suspiré resignada… malditos dragones.

[...]

lunes, 20 de abril de 2009

Hadas II

“En verdad, el reino de las hadas no está lejos de nosotros; está incluso al alcance de nuestra mano. Para penetrar en él basta cambiar la propia manera de ver las cosas.”

[…]

El suave retintín de las gotas al caer era sordo a nuestro alrededor, nos envolvía la fría brisa y nos empapaba las ropas hasta quedar calados pero nadie se quejaba sobre ello. El grupo se hallaba con los preparativos de la partida al Bosque de Rahm; Mayn y Ayuri se encontraban en lo alto del muro natural; Gaerali hacia guardia a nuestro lado, cual hombre enfrascado en su tarea; Selene había partido a descansar horas antes; y el joven Yax se entretenía en un abstracto dibujo realizado en la madera de las puertas. Los murmullos de una conversación me hicieron otear hacia la misma, divisando a Asgrim y Gaerali, al menos Gaerali se dignaba a hablar en estos momentos. Me resultaba bastante difícil no creer en su persona e intentar por todos mis medios hacerle entrar en razón, aunque dicho método fuese bastante cruel. Dudé y dudo que la pérdida de una persona querida le haga abrir los ojos, es demasiado testarudo.

La sombría piedra, que horas antes me había dado Mayn, se removía con leves vibraciones entre mis pertenencias, el rojizo brillo de la misma hizo que mis ojos se abrieron por la sorpresa. El frío tacto de la humedecía hierba traspasó mis guantes al dejar la extraña piedra en el suelo, el peso de la misma junto con el entorpecimiento de la alta hierba pasó a ser un vago intento de moverse en dirección al Este. La tomé entre misma manos y el grupo pronto se reunió en la dirección indicada. El bosque de Rahm se mostraba ante nosotros, al final llegamos donde íbamos, como bien indicó Selene en un momento de búsqueda. Los batidores buscaban alrededor, tampoco sabíamos exactamente que buscar, Gaerali divisó bien adentrados en el bosque la figura de las hadas en las copas de los árboles más altos, para el resto del grupo nos fue imposible divisarlas... quizás por ese motivo confiamos en sus sentidos y los seguimos.

Un grito rompió el silencio de mis oídos, centrados en el sonido de mi alrededor, los pasos se agitaron y se aceleraron gritando Kuea, ¿acaso Kuea se encontraba en el bosque? No partió con nosotros... Fruncí el ceño y divisé entre los presentes el cuerpo de Kuea, atado en lo alto del puente; sus ropas estaban desgarradas, su pelo revuelto pero no divisaba herida alguna. Las quejas ayudaron a tranquilizarme, si tenía ánimo para maldecir a las traviesas hadas implicaba que estaba perfectamente. Sinceramente, en mis labios se deslizó fugazmente una sonrisa de alegría. Kuea nos guiaba ahora hacia más entrado el bosque, crucé al otro lado observando la manada que solía descansar en esos páramos, miré atrás unos instantes impaciente, cabe decir, puesto que más de la mitad del grupo se encontraba plantado al inicio del puente que mis pasos ya habían dejado atrás. Oí pequeños murmullos que verificaron las palabras de los mismos cuando se decidieron a avanzar a mi posición, habían encontrado un pequeño rastro pero estaba demasiado erosionado como para comprenderlo o seguirlo. Selene se hallaba frente a un enorme osos, por su estatura tendría bastantes años, era gracioso verla al lado de ese inmenso animal cuyo peso le cuadriplicaba. El grupo se distanció mientras dejaba que mi pequeña erudita se informara con el animal, las hadas horas antes habían seguido el cauce del río. Era de ayuda si posteriormente encontrábamos nuevas pistas, sonreí ante la desenvoltura de Selene al encontrar la armonía con él, ciertamente era mi pequeña erudita, aunque no recuerdo habérselo comentado en persona.

La voz de Asgrim nos hizo volvernos hacia el pequeño lago vecino, ¿había encontrado algo? Que más daba, todos nos encontrábamos mirando sobre las oscuras aguas del mismo, buscando lo que él había visto. La pequeña y minúscula figura que flotaba sobre el mismo fue descrita como la figura de una pequeña hada, cuando Gaerali subió con el pequeño cuerpecito inerte de la misma. Sentí el frío cuerpo sobre mis manos, su pulso era débil pero estaba viva, quizás con un poco de suerte ella nos podría ayudar en esta cruzada. Musité unas oraciones al Padre Roble y la pequeña fue retomando su color de piel, vivacidad y movilidad. Saria, como poco después descubriría, nos comentó que se hallaba allí por los motivos que me indicó días antes, buscar información, pero las hadas al parecer no eran tan simpáticas.

Suspiré y proseguimos el camino hacia el Lago de los diamantes, la cripta que se cierne al final del mismo se presentó ante nosotros sombría y misteriosa. Ladeé la cabeza y fruncí el ceño, ¿dónde diantres se metía Mick en momentos como estos? … odiaba las criptas. Entramos, decididos pero con cautela, si cabe decir puesto que no sabíamos que nos deparaba dicho lugar. Ayuri se adelantó, sus pasos alarmaron a las criaturas que nos esperaban más allá, las garras de las criaturas repiqueteaban sobre el suelo mientras que se acercaban, sus pronunciados picos se abrían emitiendo graznidos por quizás ira..., y sus oscuros ojos se centraban en el grupo, mientras empezaban ha sonar entre las paredes el choque de espadas y el susurro de las flechas sobre nuestras cabezas, la sangre empezó ser resbaladiza en el pavimento pero nos debatimos en una victoria sangrienta.

Continuamos en el laberinto de las criptas hasta hallar una habitación cuyos adornos constaban de cinco pilares y una extraña pareja al fondo, petrificada... ¿Por qué estaban petrificados? Nos desviamos y abrimos batalla de nuevo, las criaturas que nos atacaban eran viscosos reptiles, de aspecto humanoide y ojos saliente. No pudimos hacer más que defendernos y ellos perecer… el que parecía su líder no miró con desdicha, con lástima y miraba a sus compañeros con dolor pero aun así no atacó, ni siquiera ayudó a sus caídos en la batalla… era bastante extraño pero así fue, se quedó allí donde lo encontramos hasta que la sombra de Asgrim apareció tras él, y con un golpe seco le hizo caer malherido sobre el suelo. Teníamos que avanzar, delante nos encontrábamos con las bien conocidas medusas, conocidas a su vez por ser capaces de petrificar a sus oponentes… sería difícil ese combate, demasiado. Traté las heridas del líder por orden de Gaerali, quizás tuviese razón esta vez y podría ayudarnos, al fin y al cabo no perdíamos nada ¿o sí? … la pérdida de sangre y el golpe apropiando le había hecho perder el sentido. Selene me ayudó con las heridas del ser e intentamos reanimarlo, para dicha perdida no costó demasiado. Contestó con simpleza algunas preguntas, las estatuas situadas en la sala anterior eran los Dioses del Aire petrificados por Atin, ¿Quién era Atin? Alguien preguntó como despertar a los Dioses del Aire y la receta sería la siguiente “Piel de oso, sangre de vampiro, recula, guano de murciélago, whisky y oro en polvo”. Entonces, debíamos encontrar a las hadas y acabar con su locura, y además encontrar una receta, ¿maldita sea por qué me meto siempre en estos líos? Los ingredientes estaban dentro, puesto que no había salida sin ayuda precisa. ¡Genial, encima encerrados en la cripta! Antes de caer rendido en su estado de cansancio y sueño nos indicó que pereceríamos más allá de las criptas, fue muy alentador… sin lugar a dudas…

El dilema se plantaba ahora ante nosotros, las medusas empezaban a avanzar a nuestra posición, Ayuri me entregaba un pergamino que pronto reconocí como enmarañar... pero de verdad, ¿serviría un conjuro tan básico? No, no podía arriesgarme. Musité de nuevo al Padre Roble y alcé una neblina sobre ellas, atrapadas y fuera de su alcance fue fácil acabar con el peligro para los batidores. La líder, se mostraba con semblante sombrío y dolorido, nos culpaba de dichas muertes pero ella no era capaz de detenerlas. No moriríamos por ellas de eso estaba segura. Nos indicó el camino para seguir adelante, pero no nos acompañaría como bien nos indicó el líder de los anteriores enemigos, temía demasiado por su vida… ¿Eran egoístas o únicamente temían por sus vidas? Suspiré y avanzamos a la siguiente zona, abrí los ojos de par en par, como el resto de mis compañeros al encontrar tal manada de inmensos y peludos osos. Me pregunté que hacían allí, sinceramente ¿osos en una cripta? Selene y yo avanzamos, un oso de inmensas medidas bramó, furioso y retumbando sobre nuestros oídos el sonido aterrador pero los osos restantes no atacaban. Lo que me pareció un sonido desgarrador me retumbó en los oídos y me nubló los tímanos hasta quedar casi sorda, me atolondró y viré hacia atrás mirando el cuerpo inerte de Selene en el suelo. Avancé hacia el oso cuando comprobé que Selene sería recogida por mis compañeros. El Oso bramaba tan alto que no me fue difícil oírle aun teniendo medio sordera, debido a la trampa. Como bien indicó se encontraba encerrado en una celda mágica que sólo podría abrirse con una llave concreta, la cual poseían los vampiros, a cambio de su libertad nos daría su piel. Era un trato justo, aunque me sentía algo despreciable por pedirle algo a cambio de salvarle. Con suerte, si encontrábamos la llave, encontraríamos la sangre que precisábamos de esos seres… ¿pero cómo se le sacaba sangre a un vampiro? Es más, ¿dichos seres tenían sangre?

Negué en mis adentros, era preciso para salir de ese calvario, sea como fuese hallaríamos la forma. Comprobé el pulso de Selene antes de continuar y la puerta que nos seguía nos estañó con fuego vivo a Asgrim y a mí, los murmullos de detrás se oían algo lejanos mientras trataba las quemaduras de ambos. Lo último que recuerdo era el sonido de un paso y el sordo caer de mi propio cuerpo, desplomado, sobre el frío suelo.

[…]

lunes, 23 de marzo de 2009

Veneno

“Nada es veneno, todo es veneno: la diferencia está en la dosis.”

… mis manos se guiaron por instinto hasta el cierre de mi capa, al notar el frío de las blanquecinas montañas de Thane. Oteé un momento alrededor, el grupo había desaparecido, quizás ya estaban de camino a Svensgard no sería de extrañar con Gaerali al mando. Mi vista se desvió hasta mi acompañante, Mick, que empezó a caminar dejando sus pesadas huellas en la inmaculada nieve. Supongo que teníamos trabajo que hacer…

El Agujero de las tormentas, tan tranquilo como uno cabria esperar… las magias de los adeptos de ese maldito dragón nos apresaron tan pronto nos vieron aparecer, al menos a mí, vi centellear algunas magias a mi alrededor mientras musitaba un conjuro a los dioses. ¿Por qué tenían que ser tan pesados? Debería a ver recordado lo amistoso que era dicho dragón pero poco tardaron en cesar las magias bajo el ágil filo de Mick. Nuestras vistas miraron el amplio cubil de Svenshut sin divisarlo en las cercanías, quizás fuese suerte o estuviese demasiado cansado para tratar con nosotros temas irrelevantes para él, de todas formas no le afectaban ni sacaría nada con ello.
Los bandidos se habían apostado, como días antes en la entrada del camino, entre un cubil de dragón y un bosque mágico prefería no pensar porque habían elegido tal lugar. Nos debatimos vagamente entre ellos y nosotros, la verdad es que no me interesaban ellos. Cavilé con tranquilidad cuando el silencio volvió a emerger bajo el goteo de la lluvia, ¿qué plantas precisaba?... Miré alrededor y me ceñí la capucha con más afán. La delicada planta se encontraba ante nosotros, sus hojas ovales manchadas y sus tallos serpenteantes representaban mirado de algún modo los pulmones de un ser. La necesidad de la Pulmonaria era debida a su venenosa existencia, la planta en sí era un veneno que tenía la función de acelerar el ritmo cardiaco, quizás a un extremo casi mortal. Corté su tallo sin diligencias y la envolví con cuidado en un pañuelo tras mostrársela a Mick.

El Bosque Mágico se alzaba ante nosotros tan taciturno y tranquilo como cualquier otro bosque a diferencia que este irradiaba gran cantidad de magia. Precisaba otra planta que quizás se hallara en este bosque, aunque no recordaba gran cosa de la Mandrágora, habíamos oído rumores de que dicha planta crecía bajo los pies de un ahorcado y que algunos arcanos la utilizaban para los rituales… pero ¿cómo encontrarla? La figura de uno de los Androesfinges se divisó a nuestro lado, era extraño que esos seres se acercaran a nosotros, o ¿no lo era? No estaba segura, la majestuosa criatura nos preguntó nuestro destino y nuestra búsqueda de la Mandrágora, puesto que estábamos perdidos en nuestra propia búsqueda. El Androesfinge aceptó ayudarnos si resolvíamos unos acertijos. Tres enloquecidos acertijos que nos ayudarían a encontrar el siguiente ingrediente, sino acertábamos nos quedaría ayudar a ese mágico bosque ¿Acaso necesitaban ayuda? Aceptamos sin pensarlo, ni siquiera pedí opinión ha Mick pero no puso objeción entonces supuse que estaría de acuerdo.

Tres eran los acertijos “Soy animal que primero camino a cuatro aptas, después a dos, y por último a tres”, Mick contestó en tono de pregunta si era el humano pero quedaba la duda, quizás el elfo, mediano o enano también contaran en dicho acertijo. Cabía una posibilidad entre otras tantas, Mick afirmó por fin tras las exigencias del Androesfinge y sonrió de una manera que podíamos admirar toda su inmensa dentadura; el segundo acertijo salió de su inmensa boca y recitó “De la tierra va al cielo y del cielo a de volver. Es el alma de los campos pues los hace florecer”, esta vez salió de mis labios la respuesta correcta recitando con tranquilidad la palabra agua, tuvo que recriminarme que fuese la lluvia pero después de todo era el mismo componente; el tercer y último acertijo fue a elección entre cuatro números. Mick eligió el tres al igual que el acertijo sería el número y así recitó las últimas palabras de esa prueba “Verde nací, rubio me cortaron, presto me molieron y blanco me amasaron”, tras pensarlo tendido tiempo las palabras de Mick fueron cortantes, ¿había realizado una amenaza al Androesfinge por el tercer acertijo? Me sorprendí al comprobar que no había divisado la manda de más allá de los árboles. Poco tardó Mick en contestar al acertijo con la palabra trigo y así proseguir a por lo que en verdad necesitábamos.

Otro Androesfinge se presentó ante nosotros, tan majestuosos como el que nos había realizado la prueba, volamos hasta no muy lejos de lo que creí el centro del bosque. Un inmenso árbol se divisaba en el montículo, tiempo atrás un hombre fue ahorcado en sus ramas y el grito de la Mandrágora era inquietante a su alrededor. Buscamos una rama robusta y digna de soportar el peso de un cuerpo, mientras a nuestros pies gimoteaba la pequeña planta. A su alrededor se esparcían los huesos del que antaño fue hombre, retiré con cuidado los huesos y observé incrédula, mis tímpanos se estaban perforando por los incansables chillidos de la Mandrágora, mi alrededor se movía extrañamente. Mick se quejó, supongo que sentía lo mismo que yo, las Mandrágoras eras conocidas por su función somnífera y de crear alucinaciones. El silencio se hizo presente en cuestión de algunos segundos o quizás minutos, no estaba del todo segura. La varita que usaba constantemente Mick hacia que todo se volviese silencio, era curioso… pero no duraría eternamente. Con ayuda de la pala, saqué la mandrágora de su hogar y la volteé enterrándola de nuevo, quizás de ese modo no gritaría pero gritaba. Esperamos hasta que la varita de Mick dejó de hacer efecto y la Mandrágora dejó de oírse, no aguantó demasiado. La planta parecía inerte bajo el peso ahogado de su propia tierra, bueno ya no gritaría más o eso esperaba. Envolví con cuidado la Mandrágora en mi capa y la guarde junto a la Pulmonaria.

El vuelo de los Androesfinges cesó a nuestro lado, parecían bastante sorprendidos de no vernos despeñados en el precipito de al lado… ¿Eso implicaba que más gente deseaba esa planta? El ligero aire que nos rodeaba en el vuelo se hizo escaso al llegar al recaudo de los árboles. Sólo hubo un acertijo más antes de partir al desierto de Athoran, “Vives para ella, y la temes con tu vida” el cual quedó sin respuesta… ¿Algún día llegaría a saber su respuesta?

El desierto de Athoran, caluroso, arena a borbotones, odiaba ese lugar… pero las serpientes lo adoraban, deambulamos por el mismo durante algunas horas, las serpientes como eran de esperar eran escurridizas en un lugar como aquel. La sangre no tardó en manchar la blanquecina arena de nuestros pies, quizás hubiera sido mejor obligarlas a segregar el veneno en vida pero la agresividad de los reptiles fue precoz. Me dejé caer en la arena y cogí el cuerpo inerte de una de ellas, abrí la boca del reptil y presioné con fuerza las glándulas que segregaban el veneno, bajo los colmillos del animal, el vertido incoloro pronto lleno el vial. El veneno de las serpientes se expande por los vasos sanguíneos hasta llegar al músculo cardiovascular, el corazón, produciendo un infarto bastante indeseable si no consigues una cura lo suficientemente rápido como para pararlo. Sería un buen veneno si conseguíamos elaborarlo correspondientemente, estaba segura.

La mesa de alquimista se postraba ante nosotros y los ingredientes estaban puestos sobre la mesa, ahora bastaba elaborarlos. Dos fueron los viales que conseguimos sacar con las partes necesarias de los ingredientes. Los resultados estaban por ver, un veneno que fuese instantáneo e indoloro. ¿Sería verdad?

lunes, 16 de marzo de 2009

Hadas I

“Espíritus del aire, del viento, de los bosques y de las flores, las hadas y los elfos abren para los hombres el mundo encantado del sueño.”

Siempre se atormenta al bosque y sus animales, asustadizos e irritados. Tan molestos con los seres, que nos atacan a nosotros los guardianes. Muchos perecerán por el egoísmo y otros muchos serán heridos en el intento de protegerlo, ¿pero? hasta cuándo llegará a sucumbir tal arrogancia, ¿cuánto tiempo será instaurada esta travesura en los lindes de nuestro bosque? Los animales se asesinan e hieren entre sí, pereciendo en la irritación y el equilibrio se descompensa hacia el lado más deshonesto que podemos imaginar. Los lobos aúllan, los oso braman, los felinos clavan sus zarpas con movimientos tan gráciles que los batidores deben utilizar sus mejores habilidades. El bosque se envuelve en el caos de la travesura de esa pequeña Reina y nosotros nos quedamos mirando…

Ante mí se erguía una joven elfa, de cabellos dorados y ojos azules, se la veía tan frágil. El delicado sombrero le ocultaba el rostro, tanto que me fue difícil poder vérselo completo. La joven Nur, como así se me presentó recogía ajos para su alquimia, poco después nos encaminamos hacia el lado este del bosque. Mis pasos la guiaron hasta sus siguientes ingredientes, los hongos moteados. El bosque seguía tranquilo bajo el peso de mis pasos, tan tranquilo y taciturno como siempre, la manada de lobos nos acompañaba en la recolecta. Los pesados pasos de Kuea se acercaron a mí hasta recibir uno de sus cálidos abrazos, hacía apenas varias horas que la había visto… ¿De verdad me echaba tanto de menos?

Era extraño, tan pronto un abrazo como correr por nuestras vidas, Nur y Kuea corrieron hacia el Oeste, yo las seguí poco después de ver la matanza realizada en una cercana familia de osos. Los jóvenes oseznos atacaban a sus mayores sin pudor alguno, un zarpazo rozó mi brazo dejándome absorta con su comportamiento pero mis heridas pronto fueron sanadas por las habilidosas manos de Kuea. El joven Mayn se encontraba ante nosotras con el arcano Perom. ¿Por qué estaba tan molesta? Les había gritado que se movieran y no lo hicieron hasta volver a ser atacados por otra manada, los animales estaban irritados demasiado como para escucharme… pero no me irritaba esa reacción.

Desvié de nuevo la vista hacia el gnomo, imbuido ahora en sus magias quizás fuese ese arcano quien me irritaba. Maestro de los arcanos y ¿antiguo? servidor de Tiamat, no estaba segura. Había pasado bastante tiempo desde su partida de Athoran. Sus palabras fueron simples, la Orden arcana no nos ayudaría, sino que matarían a todo animal que les atacara antes de ayudarnos. ¿Incluía en esta conclusión a todos sus miembros?, daba igual.
Volvimos a las puertas del Asentamiento, los animales se colapsaban enfurecidos ante las puertas y no permitiría nuestra salida, los batidores atacaban con el silbar de la flechas sobre nuestras cabezas, sin poder calmarlos de otra manera. ¿No podíamos hacer nada? Murmuré unas plegarias a nuestros dioses y una neblina se alzó sobre los páramos cercanos. Sin distinción, envolvía a amigos y enemigos hasta dejarlos atrapados en una fuerte capa de tierra. ¿Quizás no debí usarlo? pero era mejor que ver morir a tantos animales con la confusión.
Los gemelos hablaron, Mayn y Deven, situaban a Erin'dör en el templo de bosque. Puesto que allí partimos, Nathelinn nos acogió con su gran sabiduría pero no resolvió nuestras dudas. Estaba tan perdido en este caos como nos hallábamos nosotros minutos antes. ¿Era posible qué fuera obra de Malar? No, estaba segura…

Los cinco nos dirigimos con pasos tranquilos y recelosos hasta más allá del este, Nathelinn nos había comunicado que Erin’dör y quizás el viejo Svensgard se encontraban en los lindes. Los orcos nos dieron una grata bienvenida, como era costumbre cuando pisabas sus territorios, pero no fueron los únicos en dárnosla. El aleteo de una bandada de aves nos envolvió y atacó sin juicio alguno, las heridas fueron distinguidas entre nuestros cuerpos y el sonido de una voz volvió a resonar sobre el aire. Heridos y algo magullados nos dirigimos hacia el norte.

El pastor del círculo, majestuosos, hermoso, sus raíces y ramas eran tan anchas que cubrían todo el paso. Tras nosotros se adentraban al pequeño precipicio una manada de animales, tan diversos que me quedé absorta. La melodía de Kuea sonó entre el aire y calmó vagamente el avance de las fieras, mis manos y mis plegarias alzaron con ayuda del Padre Roble un muro vegetal entre ellos y nosotros, esperaba con ansia no tener que atacarles. Uno de los gemelos, Deven, se mantenía al lado del Pastor, mostrándole algo entre sus raíces. Mayn, se mantenía tras Kuea alerta o absorto, no comprendía esa cara; la joven Nur, permanecía entre Kuea y yo, era posible que tuviese miedo. Miré de nuevo al majestuoso Pastor, cuando pude comprobar que el Padre roble nos ayudaría con mi muro. Una de sus pesadas piernas pasó sobre el grupo y nos permitió el paso, ¿nos había escuchado? ¿Había entendido que no éramos el enemigo? Me apresuré a pasar por el puente y poco después fui seguida por el resto. El viejo Svensgard se erguía ante nosotros, tan sabio y tranquilo como su rostro solía demostrar. La conversación se alargó lo suficiente para comprender que las causantes del caos eran las pequeñas hadas, tan traviesas e irritantes. Habían llegado al punto de irritar al bosque pero ¿por qué?, al igual que nosotros era su hogar, la Reina se había molestado en algún momento o quizás fuese una de sus odiosas travesuras. Habría que averiguarlo, aunque ¿cómo encontrar a la Reinas de las hadas?

Svensgard con unas pocas plegarias y unos movimientos de manos reclamó la ayuda de los Hipogrifos, desvié la vista hacia donde aterrizaron y poco después el grupo entero los observó, mitad águila, mitad yegua. Me fascinaban esos seres. Kuea algo temerosa fue la primera en acercarse, pronto entabló una acaricia con uno de ellos y el grupo la siguió. Me dirigí con tranquilidad al único hipogrifo que no había comido, sabían los dioses cuanto… Me preguntaba por qué el viejo Svensgard había llamado a un Hipogrifo sin darle de comer, supongo que confiaba en ellos y eso haría yo. Mi mano pasó por debajo de su pico y posteriormente le acarició la cabeza y la crin, antes de subirme. Contemplé con éxito que los cuatro habían subido, creo que los gemelos lo iban a pasar bien en este vuelo. Sonreí y alzamos el vuelo, mientras divisaba como desaparecían bajo mis pies la manada, el Pastor y el viejo Svensgard. ¿Por qué sería costumbre ver a Svensgard sólo cuando teníamos problemas?

Ahora sólo nos faltaba encontrar a la Reina de las Hadas y al viejo Thraluril, al fin y al cabo era nuestro arcano. Suspiré con angustia, creí con gran resignación que este problema sería más largo de lo que imaginaba pero al menos no había dragones ni la garra de la bestia.

[…]

martes, 3 de febrero de 2009

Argéntea

“El orgullo engendra al tirano. El orgullo, cuando inútilmente ha llegado a acumular imprudencias y excesos, remontándose sobre el más alto pináculo, se precipita en un abismo de males, del que no hay posibilidad de salir.”


La arena era estéril, muerta, las hojas caían ante mí y mi ánimo las acompañaba; nuestros esfuerzos fueron nulos en nuestra busca del viejo Svensgard y el bosque perecía. Quizás, el dolor ocasionado por las sucesivas muertes de vegetación y animales no le llegaran a sus viejos oídos o quizás se encontrara tan sumido en la busca de los motivos que ocasionaban dicha desgracia… que no se percataba de nuestro estado de ánimo, al ver como éramos incapaces de salvarlo. Quizás empecé a sentirme desgraciada por no saber que ocurría pero en la penumbra el viejo Svensgard apareció, por fin…


Todo gira en torno a las piedras elementales, quizás debí imaginarlo, quizás no… al fin y al cabo me queda mucho por aprender. Svensgard habló de la descomposición del equilibrio y la vida a causa de su robo, y dicho esto del causante de ello. Dragones, como no. Orgullosos, engreídos, mezquinos peores que los enanos. ¡Genial!, tener que dialogar con ellos… suspiré más que resignada al oírlo… pero fuimos, que remedio…
Gaerali abrió la marcha, el verdoso brillo de las escamas de Svenshut se divisaba desde lejos, además su tamaño ayudaba a verlo desde lejos. Un presente... ¡cómo no se me ocurrió traer un presente para un dragón engreído y testarudo! Como si no tuviese otra cosa mejor que hacer que dar regalos mientras el bosque se muere. Mi paciencia empezaba a desvariar y esto era un ápice de lo que me esperaba. Cogí aire e intenté reponerme de mi mal humor, aunque quedaba mucho camino por recorrer, demasiado a mi punto de vista. Como nos había ordenado y como fieles seguidores de una muerte casi segura, seguimos sus órdenes y su destacada avaricia hasta las cordilleras heladas de Thane.


El frío no tardó en helarnos la sangre, a medida que avanzábamos, comprobábamos las innumerables pisadas y cuerpos desmembrados, muertos y helados a nuestro alrededor. Esa cueva me daba claustrofobia, las innumerables caídas, resbalones y vistas obsequiadas no ayudaban. Bueno, quizás hubo algo divertido, Gaerali no dejaba de reírse. Si íbamos a morir a manos de la dragona argéntea mejor reírse en los últimos momentos pero no podía evitar volver a caer en mi enfado por ser tan torpe. El hielo es traicionero, creí que acabaríamos cayendo por alguno de esos precipicios pero aguantamos... aun no soy capaz de creer que saliéramos ilesos, bueno casi ilesos.


Entre las trampas naturales de la cueva, nos aguardaba una majestuosa criatura, inmaculada y blanca como el hielo que nos rodeaba. Sus crías se peleaban insaciables por su presa, evité mirar al humano y sentir el crujir de sus huesos al romperse por el juego de las crías. Mis ojos se centraron en ella, no me importaba lo más mínimo ella, ni sus crías; los cadáveres, eran no más que cadáveres, cuando los gritos del humano cesaron al partirse en dos. No desvíe la vista a Gaerali, ni vi su horror ante esa imagen. Tampoco conseguiríamos nada de esa hembra, quizás la muerte, quien sabía. Las cartas se lanzaron, una flecha del arco de Gaerali impactó sobre el techo de sus cabezas y derrumbó en vano el hielo del cual pronto se deshicieron. Maldecía por mi fuero interno a todos los dragones, ahora si estaba molesta. Las crías, capaces de partirnos en dos con sus fauces se situaron tras nosotros, dejando a la dragona ante nosotros. El pasadizo en el que nos situábamos no ayudaba, pues nos acorralaron… la verdad era una estrategia digna de mentar y nosotros necios por camuflarnos en un pasadizo sin salida y fácil de emboscar por colosales criaturas.


Luchamos… ¿qué otra cosa quedaba? Morir sin luchar jamás, somos demasiado tozudos para ello. Las flechas impactaban sobre las duras escamas de los dragones, no cabía decir que no soy diestra con el arco… saltaba a la vista… Quedaba algo, fuego. Eran criaturas heladas, podía intentarlo y así lo hice, las columnas de fuego envolvieron de llamas a los dragones, mientras Gaerali les atestaba los últimos flechazos dando fin a sus vanidosas vidas. Antes de que la dragona exhalara su último aliento, Gaerali se encontraba al lado del cuerpo desmembrado del humano. Nos llevó un tiempo conseguir el tan preciado cetro que Svenshut ansiaba pero lo hallamos. Me sentí arrastrada por los brazos de Gaerali, antes de conseguir mi tributo a Svenshut. Me quedé delante de la cabeza de la dragona...sería un buen presente…muy bueno, así reprimiría mis ganas suicidas de matar al dragón verde. Dudaba que el viejo Svensgard hubiera estado de acuerdo conmigo, en dicho caso.
Fruncí el ceño, demasiado cansada para cabrearme cuando hallamos el paso del cubil cerrado. Maldije sí, no lo negaré, me desquiciaban estos alardes de grandeza.


La cabeza de la argéntea rodó hasta las zarpas de Svenshut, cuando por fin nos dejó entrar y nos preguntó por su presente. Quizás se cabreó por perder a la hembra, quien sabe. Mick y Gaerali embistieron contra sus subordinados…o bufones… si estaba molesta ahora más, ¿¡cómo podía confiar Svensgard en un ser tan despreciable!? Fruncí los labios, al comprobar que ambos estaban bien. Al menos conseguimos las piedras tras varios diálogos, si así se puede llamar...


Nuestros pasos empezaron a dirigirse al bosque de nuestro enfrente, otra misión nos aguardaba y todos estábamos de una pieza, por el momento. Guardé las piedras en uno de mis bolsillos y me dispuse a seguirles. Tosí, cogí y exhalé aire a falta de este e intenté no morir y perder la compostura, mientras mis pasos se convertían en un fuerte golpe sobre el suelo. Noté unos brazos agarrándome y como me elevaban sobre el aire pero no recuerdo más, aparte de la fatiga que sostenía a falta del aire y como mis brazos rodeaban con fuerza el cuello de Gaerali. Cuando volví a retomar el control de mi respiración, me encontraba mirando las piedras en manos de Mick y Gaerali. Volvimos, ¡por supuesto que volvimos!, y fundimos las piedras en su lugar de origen, como bien nos indicó el viejo Svensgard.


El Lago se sumió en una paz tranquila, taciturna; las flores brotaron de nuevo, bajo el peso muerto de la vegetación moribunda. Supongo que los dioses naturales se enorgullecieron de nosotros.