viernes, 26 de noviembre de 2010

Fragmento XI. Tabú.

Volvía a estar en esa sala.

Las heladas yemas de mis dedos acariciaron la superficie lisa de la mesa y observaron esa sala. El lugar era el misma que hacia años habíamos usado los miembros de la Flecha. Recordé lo malhumorada que me sentí al tener que escondernos aquí todos los miembros, sin poder salir de la “Gema del norte”. Los zhentarim, ellos nos hicieron refugiarnos bajo el manto de esa ciudad hasta deshacernos de lo que tanto ansiaban, varias fueron las dekhanas que pasamos ahí. De alguna forma la infantil forma de actuar de ese entonces me hacía sonreír ahora.

Pronto, deslicé la mano por la mesa hasta alcanzar la jarra de vino y me desplacé hasta uno de los sillones delante del fuego. El crepitar del fuego. Ese danzar hacia que mi mente divagara en demasiadas ocasiones desde mi vuelta a La Marca. Aun así, casi siempre pretendía estar ocupada. Me deshice de mi capa que dejé encima del sillón contiguo junto a mi arco y mis armas, para así poder desplomarme en el sillón elegido. Sonreí irónicamente al verme con tanta dejadez. La dejadez que Alec me había inculcado, ese maldito bastardo. Negué y tomé un poco de vino.

El camino por el Paso había sido largo, tan largo y costoso que cada gigante me había hecho tener que esquivar un montón de sus rocas y golpes que me hubieran partido en dos antaño; pero ahora, podía descansar. A la vuelta, sólo pediría a Padre que me llevara de vuelta.

Volví a beber un trago de vino y suspiré llevándome una mano a la frente. Desde mi vuelta habían pasado demasiadas cosas. Rasiel no dejaba de meterse en problemas, aun así aun no comprendía por qué me estaba haciendo cargo de ese chico. Alcé la vista al techo, recostándome algo más en el sillón y ladeé la cabeza. Estaba segura que esa unión me traería problemas, tales problemas como sangre o muerte pero ¿qué más podía hacer sino proteger a ese crío? Hacía apenas unos días había salvado la vida de una mediana apuñalada por él. La guardia decidió que fue en defensa propia, aun así... los actos de agresión siempre son mentados. Esperaba fervientemente que Relenar pudiera inculcarle un poco de disciplina pero yo, como prometí, debía curar sus heridas.

Me reincorporé en la silla, sentándome decentemente antes de caer de culo de la misma. Y como no, bebí un poco más. Ahora me preocupaba otro asunto. Un asunto que abarcaba la marca hasta centrarse en Nevesmortas. Gigantes, Mefits, Bálors y demonios alados aporreaban la villa en busca de algo. Prendían el bosque, atacaban a los seres y buscaban algo. Relenar lo asoció a Kalimach. Kalimach, ese dragón que se hizo con su tesoro y desapareció tras el ataque al bosque. Negué fuertemente para sacudir ese problema de mi cabeza y suspiré pesadamente.

Deslicé la mano izquierda hacia mi cuello y saqué la cadena y con ella el anillo que portaba. Hacía unas lunas Daya había arrojado su pasado a las llamas y dado fin a su pesar, estaba segura que ella podría superarlo. Malakai la ayudaría o sino le sermonearía por dañarla. Esa chica empezaba a formar parte de mi vida. Observé como el anillo giraba sobre si mismo, haciendo que la cadena se enrollara y desenrollara. El reluciente color verdoso brillaba a causa de las llamas. Por algún motivo cerré los ojos, presa de un antiguo recuerdo, y aferré con fuerza el dichoso anillo.

Bajé las escaleras con un gesto de fastidio y enfado. El motivo era una pelea que no llegaba a tener importancia pero había seguido hasta ese lugar a ese varón. Lo cierto era que se veía lamentable. Tan lamentable como se ve un hombre que cree que lo ha perdido todo y pretende ahogar su llanto en alcohol. Así lo vi en ese instante. Ni siquiera me miraba, seguía con la cabeza entre sus brazos, apoyada en la superficie plana de esa mesa, y los odres alrededor. Mi enfado y mis frías palabras quizás empeoraban la situación.

Pero en ese mar de gritos ahogados y llantos él se desplomó del taburete. Estaba en el suelo convulsionando y, a mi parecer, a punto de morir ante mis ojos. La persona que amaba se retorcía delante de mí como un animal con rabia. ¿Qué podía hacer? Por un instante me sentí impotente. Tan impotente como me sentí cuando mi hermana fue asesinada. Mis manos temblaban con tanto miedo que estaba segura que me desmayaría, aun así reaccioné.

Viré de golpe el cuerpo de Thor, saqué una daga y con su empuñadura sujeté su lengua para que no se la mordiese. Tras ello lo tranquilicé. No sé cuanto tiempo estuve así, ni por qué seguía temblando cuando él acabó tranquilizándose. Sólo sé que lo estaba abrazando con tanta fuerza que creía que lo mataría por falta de aire.

Pero algo pasó...

Mi respiración, mi propia respiración se me entrecortaba con tal ansia que creí que acabaría en ese lugar muerta. Thor hacia pocos minutos que había salido de esa habitación y mi pecho me oprimía tanto que creí que haría que mi corazón se desenfrenara al son de la sonata de la muerte. Oí como el ruido de los odres se estallaba en mil pedazos contra el suelo, como unos brazos me tomaban en vilo y me ponían sobre una zona dura. No ese no era él, él se había ido...

Recordaba como me había dicho que me amaba, cómo me decía que no me dejaría sola, como de mi propio aliento sólo conseguía llamarle a él, a Alec. Esperaba que me escuchara y atendiera mis súplicas. Esperaba que mi amado Thor no me viese en ese estado de deficiencia mental, y contra todo pronóstico aguantaría hasta que él se desvaneciera de mi lado.

Ya estaba en el suelo cuando él llegó, estaba segura. Mi propio aliento se entrecortaba en un aspaviento conjunto con mi cuerpo. Él había pasado algo similar hacia pocas horas. Había conseguido calmarle, había conseguido que él sobreviviera ante eso pero yo.. ¿cómo iba a sobrevivir yo? Él no debía verlo, él ante todo tenía que recordar mi faceta alegre y tranquila; no esa apunto de caer rendida ante la mano de Kelemvor.

- Du..ele, Du..ele - mi mano arañaba mi pecho intentando sacarme el corazón para dar fin a tal dolor, a esa ansiedad

La fría imagen del cadáver de mi hermana volvía con gran realismo a mi débil cabeza, ensangrentada y prevista de amputaciones horribles que deseaba olvidar a toda costa.

- Gatita, céntrate. - algo apartó mi mano de mi arañado pecho, mi boca dejó de gritar oprimida por algo húmedo y maloliente que me hacia perder la visión bañada en lágrimas.

Abrí los ojos de golpe presa de la angustia de ese momento y con la sensación de que las lágrimas habían bañado mi rostro. Con un movimiento sordo estampé el odre con lo que quedaba de vino al fuego, haciendo que prendiera a causa del licor. Mi zurda seguía sosteniendo ese anillo y mi diestra temblaba por algún motivo que no conseguí comprender. No quería permanecer más en ese lugar...

Recogí mis pertenencias y musité una oración a Padre para llevarme a casa.

jueves, 4 de noviembre de 2010

Runa IV. Antigüas y nuevas leyendas.

“Antaño fue cuando Arthena cayó sucumbida bajo el fuego de los dragones. Svenshut, el dragón verde, y su acompañante el dragón negro proclamaban la angustia y el terror por la tierra de los hombres.
Los hombres, separados por guerras internas entre los pueblos, se unieron en una alianza: Athoran, ayudó con sus arcanos; Svengard con sus arqueros; y, Genn con su guerreros. Los tres pueblos únidos por un fin común. Una tregua que no duraría más que la abatida de los dragones.
Pero sólo un dragón fue recluído.
Ahora, Svenshut, tras años de busca, ha sucumbido a su paciencia y proclama la cárcel mágica que recluye a su compañero. La esfera que ha cambiado entre las manos de los hombres y sigue oculta bajo su visión.
La tierra de los hombres vuelve a temer
la sombra de los dragones y la tregua que antaño fue disuelta deberá volver a ser formada.”.

***

La pequeña pixi se situaba en el cabezal de la ancha cama observando esa esfera, tan grande como lo podía ser un balón de fútbol, y batiendo las alas dejando que un poco de polvo salpicara la almohada. Al otro lado, la joven de puntiagudas orejas observaba el mismo objeto con una leve arruguita en el entrecejo. Esa cosa contenía lo que parecía un dragon negro. Ese famosos dragon negro de la leyenda que tantas veces había escuchado en esos días.

Aoi desvió la vista hacia la maciza puerta haciendo un ademán por salir de alli pero, ahora, estaba en su mano la custodia de esa esfera, al menos hasta las puertas de la ciudad del desierto, Athoran. Había prometido, junto con Kyh y los demás, proteger esa esfera… aunque ahora ella cargara con esa cárcel. Lumier, al final, había confiado en los Svensgarianos para movilizar la tregua o, al menos, proteger la esfera y evitar que el dragón engro saliese de nuevo para hacer cenizas las tierras de Arthena. Un leve suspiro salió de sus labios, cansada, tan cansada de la situación que empezaba a comprender por qué Dek se había deshecho tan pronto de esa diminuta cárcel mágica. ¿Qué ocurriría si el dragón salía? ¿Si ambos volvían a unirse en su afán de destrucción? La joven arcana dudaba que los legendarios dragones cayesen dos veces en la misma trampa y, eso, era problemático.

Alzó la pierna que había apoyado sobre el suelo y cruzó ambas sobre las sábanas, cuál indio meditavundo. Sus párpados se cerraron tras observar a Yang unos instantes y se quedó pensativa. Estaba segura que algo se le había olvidado en el trascurso de los días. Paseó su mente por el recoveco de su memoria, sonrió por algún pensamiento que la impregnaba de felicidad y meneó la cabeza para centrarse en su cometido. Pankaskala. Las montañas, las horrendas hamatulas, un grupo de viajeros, los cual no conseguía recordar, atravesando el paso y dirigiéndose al cubil del dragón verde, Svenshut. Habían observado a sus lacayos que cayeron ante magias y aceros hasta que el venerable dragon descendió en un batir de alas ante el grupo. Ah… ya recordaba, en parte. Ese noche, la lluvia caía apacible ante la mirada del grupo y las víperas palabras del dragón. ¿Qué deseaba? La elfa frunció el ceño al intentar recordar esa escena.

El dragón los observó a cada uno de los presentes y les perdonaría la vida a cambio de que les trajeran a una hembra. Una hembra que tenía algo que deseaba, algo que le había sido robado. Una hembra humana. En ese entonces quién poseía la esfera era Laura, la bárbara de Thane. Desestimó a Laura pues quien poseía ahora la esfera era ella y siguió recordando. El dragón, furioso, les perdonaría la vida si conseguían la esfera. No obstante, los ataques fueron aumentando, el bosque pereció en cenizas por su impaciencia y los ciudadanos no entregarían la eesfera a Svenshut.

Se llevó la diestra a la sien y avanzó a la noche anterior, cuando la luz rojiza iluminó el bosque en un haz vertical. Un batidor se encontraba con la mirada fija en la esfera, la cual irradiaba esa enigmática luz escarlata. La elfa recordó como la había tomado en sus manos el imprudente batidor, bajo la mirada de los presentes, y poco después como había desaparecido de la misma forma en que había aparecido. El rastro mágico los dirigió a Thane, dónde Laura les explicó de nuevo la historia de antaño. La esfera había sido entregada a una humana de Svensgard, la cual estaba desaparecida. La cárcel del dragón negro crecía y crecía, amenazando con ese aumento la rutura de las barreras mágicas que lo encarcelaban.

Pero aunque la esfera ahora mismo estaba perdida ua luz de claridad los llevó a la Ciudad Mercantil. Lumier, tan recelosa como ahbía indicado la fémina de Thane, había custodiado el orbe con sus protecciones. Tras varias horas, se entregó el orbe a Dek, pues la arcana desconfiaba del círculo druídico de Svensgard; pero los diálogos hicieron que el arcano devolviera la cárcel a su anterior dueña y ésta decidiera echarlos por sus ideas radicales. Kyh y Aoi, quienes habían permanecido ante la mirada de la elfa, Lumier, acabaron consiguiendo el orbe que ahora custodiaban de nuevo en el Asentmaiento.

Aoi volvió a abrir los ojos cuando enlazó las escenas y volvió a emitir un suspirillo al observar la esfera sobre la cama. Yang, seguía sin parpadear ante la custodia de ese objeto mágico. La fémina de puntiagudas orejas tomó de nuevo el orbe y lo introdujo en una bolsa de contención. Ahora debían ir a la ciudad de los arcanos.

Los dioses sabrían qué ocurriría a partir de ese instante.

[Prosigue en el apartado de Amywien Evra]

viernes, 22 de octubre de 2010

Runa III. La infante y el lobo.

La pequeña estornudó entre los brazos de la fémina y luego sonrió alzando ambos brazitos intentando coger los tirabuzones oscuros que rebotaban de arriba abajo cada vez que la fémina movía la cabeza. El balbuceo y la risa de la infante sacaron de la conversación a los dos adultos que allí se encontraban dando toda su atención a la pequeña Aoi. La esposa era una elfa de cabello azabache que hacía resaltar su tez clara, mientras que sus ojos eran de un verde intenso; por otra parte, el varón, tenía el pelo color claro, tan claro como los haces de la diosa Selûne y su tez era algo más bronceada. Ambos vestían ropas sencillas que hacían su función, arroparles del posible frío y ser cómodas en la ciudad del bosque donde habitaban.

La infante, de apenas unos meses de vida, tenía la piel clara al igual que sus cortos cabellos. Lo único que resaltaba sobre esa aterciopelada piel de bebé eran esos inmensos ojos azúl intenso que observaban curiosos todo aquello que se le cruzaba. Tan curioso como lo es un niño recién llegado al mundo. En una risa inocente su mano alcanzó lo que anhelaba, un tirabuzón, y tiró de él con todas sus fuerzas que eran mínimas. Narya, como se llamaba la elfa de azabaches cabellos, seguía hablando con su esposo.

- Voronwë no podemos dejarla. - su apenada voz resonó en la sala con un tono maternal. - ¿Es que acaso quieres volver a dejarla en medio del bosque? No podemos, no me pidas que haga eso porque no lo haré.
- No te estoy diciendo que al abandonemos a la intemperie. El lobezno estaba costudiandola y me hubiera arrancado el brazo de no haber usado la magia - el varón frunció el ceño observando el ovillo grisáceo que había en un rincón de la sala, noqueado. - Me preocupa que se abalance sobre nosotros cuando despierte y te vea con esa cría entre los brazos. Es bastante salvaje…
- No digas tonterías. Zhar era aun más peligroso y mira que fiel es ahora. Sólo está protegiendo a la pequeña.


El trío se encontraba de caza esa mañana. Una mañana donde el rocio de la noche comenzaba a secarse por el astro sol. Las alimañas nocturnas se escondían de nuevo en sus madrigueras dando paso a la fauna diurna. Un arco se tensó con cierto recelo y la flecha silbó hasta golpear la carne de un jabalí. No obstante, la presa quedaría olvidada por uno de ellos. Zhar, un lobezno de azabaches cabellos había olfateado algo en otra dirección y había salido corriendo, seguído por Voronwë. Cuando el elfo alcanzóa su compañero animal, entrecerró los ojos. Ante él, se erguía una lobezno enseñando sus fauces y babeando frenético para proteger lo que tenía tras él. Zhar, se abalanzó sobre el lobezno, mientras que el elfo conjuraba un conjuro para noquear al rabioso cánido. La pequeña había sido hallada hacia apenas unas horas en el hueco de aquel árbol muerto, bajo sus raíces y la protección de ese temperamental lobo.

Un gruñido alertó a sendos adultos y las pequeñas orejas de la infante se movieron al oírlo. Sus brazitos dejaron de centrarse en los tirabuzos que poco antes la habían divertido tanto e intentó zafarse inútilmente de los brazos de la elfa. La fémina angustiada aferró con algo más de fuerza a la pequeña para que no resbalase y cayese; pero ésta seguía intentando tenazmente salir de esos brazos. Las puntiagudas orejas del ovillo se alzaron y, pronto, unos amarillentos ojos se centraron en la infante.

- Narya… déjala en el suelo… - el varón habló al tiempo que retrocía unos pasos del animal.

Éste, para ser un lobezno, era como un lobo adulto, y no tardaría en enseñar las fauces cuando la infante rompiera en llanto pero la infante no lloró, seguía intentando alcanzar al lobezno con sus quejas infantiles y los brazos extendidos hacia él. Narya no la soltó. Bajo la vista de su esposo se acercó hacia el lobezno, con Aoi en brazos, y se arrodilló a pocos pasos del mismo haciendo que el animal acabase recorriendo el resto del camino para lamer el inmaculado rostro de la infante.

- Cuidemos de ambos hasta que sepamos qué hacer, Voronwë… - Narya acabó dejando a la pequeña junto al lobezno. - El lobezno sólo estaba apreocupado y la pequeña le tiene estima.

El varón suspiró observando como la infante tiraba de las orejas de la agachada cabeza del animal, mientras que éste se limitaba a permitirselo y obsequiarle con pequeños lametones. Cierto era que toda familia protegía a sus miembros y, a fin de cuentas, eso había hecho ese colérico cánido al creer que iban a quitarle a la pequeña. Ahora, a ojos del elfo, éste simplemente estaba feliz de seguir al lado de la pequeña.

- Bien, amansaré a esa fiera y tu cuidarás de la pequeña. - suspiró tras acercarse a su esposa y obsequiarle con un beso en la frente. - Iré a informar al Irodim y Aya, al menos que ellos esten percatados de nuestros nuevos “intrusos”.
- Intrusos.. sólo es una pequeña elfita y su protector, no creo que lo rechacen tras contarles que estaban a la intemperie. Son unos buenos líderes.
- Quizás quieran quedarsela ellos. - el varón rió por un momento y salió por la puerta mientras su esposa refunfuñaba entre dientes, dejando claro que no lo permitiría.

Narya tomó de nuevo a la infante entre sus brazos, bajo la vista recelosa del animal, y tras acariciarle a él también hizo que las siguiera hasta un pequeño riachuelo dónde lavaría a la empolvada pequeña. Con suerte el greñoso cánido le permitiese larvarlo también.

viernes, 15 de octubre de 2010

Runa II. Batallitas con soldaditos de plomo.


Sendas figuras se encontraban en medio del Asentamiento dialogando sobre cosas tan vanales como lo podía ser una disputa alegre de maldecir el uno del otro, sólo por molestarse. Habían pasado ya bastantes horas desde que Xanos había dejado el Asentamiento para volver a Genn; no obstante la conversación que mantuvo ese trio seguía rondando la cabeza la de joven bruja. Estaba segura que ambos varones, arcano y paladín, estaban dispuestos a combatir en esa mediocre guerra para salvaguardar a sus amigos. Era posible que ella también se involucrara en esa guerra antes de lo que siquiera suponía.

Dek y Aoi habían barajado la posibilidad de seguir al semidragon plateado cuando lo vieron pasar con cierta rapidez; pero éste sólo había indicado que iba a trabajar. Asunto que Dek desestimó con un simple “Leurik nunca trabaja”. No sería la fémina quien dijera lo contrario pues ella simplemente era una recién llegada. Pero las incertidumbres que ambos sintieron fueron rápidamente aplacadas por la llegada de la driada Lego. Apesumbrada y con cansancio les pidió su ayuda con los caidos en la batalla de Nebin. Batalla. Una nueva batalla iniciada por los miembros de Genn, ¿quedaría menguada su cólera por el ataque a Thane hacía unas jornadas? Quién sabía.

El trío de figuras atravesó los bosques de Svensgard, las cuevas de Pankaskala hasta llegar a la entrada de Nebin dónde varios Athorianos se encontraban ayudando a los civiles del lugar y otros maldecían a los gennitas por sus acciones. Aoi observó a los presentes con sierta incertidumbre: los civiles estaban ilesos, la milicia abatida, los refugiados emprendían el paso al desierto dónde pasarían un tiempo hasta que Nebin quedara dispuesta para su vuelta, pero del bando atacante no había rastro.

Un arcano había comentado que los gennitas se refugiaban en Thane, otro que deseaba vertir la sangre de los gennitas como venganza. ¿Acaso no habían sido ellos quienes iniciron estas batallas? La venganza es un plato que debe servirse frío, predeterminado, y eso es lo que habían hecho los miembros del clero. La situación en ese lugar parecía estar bastante calmada, los civiles habían sido socorridos y lo que preocupaba en esa ocasión a la joven bruja era el otro bando aliado. Se acercó ligeramente a su compañero y musitó varias frases indicando que iría a Thane; para alivio suyo él la acompañaría.

Volvieron a recorrer sus pasos hasta llegar a las montañas de Pankaskala y Dek musitó varios conjuros sobre ellos, al tiempo que la marcha de los Athorianos se iniciaba hacia la villa nevada. Corrieron a través de las cuevas sin detenerse a descansar hasta llegar a los portones de Thane. En la colina izquierda varios maeses hacían guardia, junto a un arcano que Dek llamó Zher. Zher, la joven había oído hablar de él días antes. Los maeses refunfuñaron no eran capaces de ver a lso jovenes.

- Yo no veo nada, no abráis. - dijo uno de ellos.
- Pero si están ahí abajo. - dijo otro - Esperad ahora os abro.
- Abridnos los athorianos se acercan - concluyó Dek.
- ¿Entonces abro o no abro? - comentó la voz de Xanos.
- Maldita sea, Xanos, ¡ábrenos! - al fin dijo la fémina.

Las puertas se abrieron lo suficiente para que ambos svensgarianos entraran y tomaran algo de aire. Pero poco fue el respiro que pudieron tener antes de que las magias de los arcanos inundaran los portones del lugar. La milicia gennita gritaba dando ordenes unos a otros, se posicionaban mientras arqueros y arcanos emprendieron el contraataque a distancia. La joven fémina permanecía atrás, escondida con un conjuro de invisibilidad mientras no apartaba la vista de los portones que en ocasiones se abrían para dejar paso a un athoriano que caía a las armas de los defensores. La magia negra inundó las colinas interiores de Thane, la magia revolotea furiosa contra los atacantes y los filos chocaban contra aquellos que osaran entrar a luchar.

- Delith a la colina, contraataca!. - dijo alguno entre ese insufrible alboroto.
- Xanos aquí conmigo en las puertas - dijo unos de los maeses.

Un athoriano entró de sopetón por las puertas principales con tantas magias que era imposible distinguir más de una leve forma borrosa pero en un abrir y cerrar de ojos sus magias desaparecieron por otro conjuro amigo de disipación y cayó en vano frente a los filos de los gennitas. La primera ronda había sido vistoriosa para los miembros del clero. Habían caido tres athorianos reconocidos y algunos gennitas en esa ocasión pero no era moemnto de felicitaciones, aun no. Los humanoides que alli se encontraron no tardaron en alzar la vista agrandando los ojos al observar a la inmensa criatura que se avecinaba a la villa. Un dragon rojo, volaba a ras del suelo intentando arrasar ese lugar y con ello los que alli habían. Las armas volvieron a alzarse contra el dragon, las flechas silbaron de nuevo por el aire hacia sus duras escamas, una lluvia de insufrible lluvia hizo que gran aprte de los gennitas se refugiara bajo el tejado de las casas cercanas para no morir abrasados. Un dragon rojo, Dek, de menor estatura se posicionaba entre la joven fémina y el inmenso dragon mientras intentaba protegerla de algun modo hasta que lso esfuerzos de todos dio su fruto. El dragon rojo fue abatido por los defensores. Podían descansar tranquilos, habían vencido.. habían…

Un temblor atravesó el suelo haciando que todos volvieran a estar atentos, los gritos de alerta resonaron de nuevo en Thane y las armas se cruzaron contra un inmenso gusano. Magias de los arcanos, golpe de armas, y un ardua forcejeo entre todos acabó dejando haciendo que el gusano se desvaneciera muerto.

- Atentos a un próximo ataque. Sombra, ve a mirar. - dijo alguno.
- Se han ido. - dijo otro al cabo de unos minutos. - ¡Hemos vencido!

Gritos de júbilo acabaron envolviendo el ambiente. Habían ganado esa batalla, habían conseguido vencer a los arcanos. Ahora ambos bandos habían abierto la batalla pero ambos habían ganado una escaramuza en esa recién iniciada guerra. Las magias protectoras ban desvaneciendose pocoa poco mientras reían y comprobaban los caidos en esa ocaasión. Los caidos de Athoran habían desaparecido, quizás mediante magia pero eso no importaba. Habían vencido.

El gnomo Zher se acercó a los svengarianos para agradecerles su ayuda, mientras que el joven Xanos nos e le ocurría otra cosa que abrazar a la fémina como vía de expiación entre el júbilo.
- Xanos, no me abraces!! - dijo alterada por el gesto.
- Dek, gracias por tu ayuda. No debiste involucrarte tanto y aun así nos has ayudado. - dijo el gnomo.
- Entonces dame la mano. - Xanos se retiró del abrazo y le tendió la mano amistoso.
- Sólo hice lo que creí conveniente. - comentó el elfo tan reservado como de costumbre.

Aoi le tendió la mano a Xanos mientras observaba al gnomo que también le había agradecido su ayuda. Ella se limitó a quejarse por no ahber sido de ayuda suficiente. No obstante, se sentía bien, muy bien por el desenlace de los acontecimientos. Lo que vendría después aun estaba por ver.

jueves, 14 de octubre de 2010

Runa I. Llegada


La joven estornudó y llevo su mano enguantada en tela de seda a su nariz para así mitigar el picor. Estaba segura que un día, no muy lejano, enfermaría por permanecer tanto tiempo bajo la lluvia de esa región. No obstante, le agradaba ese lugar. Alzó sus celestes ojos del papiro que estaba escribiendo y observó la mano que poco antes sostenía el documento. No tardó en depositar la pluma que mantenía con la diestra en un tintero que poseía sobre la mesa y se quitó ambos guantes observando sus manos. Horas antes, Dek le había dicho que no era sensato portar guantes, pues estos acababan quemados por las magias.

Una leve arruguita se dislumbró en el entrecejo de su inmaculado rostro y suspiró levemente dejando sendos guantes en un lateral de la mesa. Sabía con certeza que pasaría demasiado frío sin esos guantes y eso la obligaba a seguir utilizandolos con frecuencia; aun así, al conjurar intentaría no portarlos para no llevarse un buen susto… al menos el tiempo suficiente hasta controlar del todo el torrente que la Urdimbre le ofrecía a cuenta gotas. Lo que más extrañaba a la jovan es que siendo él, Dek, un arcano que conseguía dominar el tiempo, aunque fue por un escaso periodo, tuviese problemas en controlar su magia sobre el trozo de tela de unos míseros guantes.

Tomó de nuevo la pluma del tintero y tras dar varios toques en el mismo para quitar la tinta apelmazada de más se dispuso a seguir escribiendo lo que parecía una carta con letra fina y elegante, digna de una elfa.

“ […]

…la llegada al Asentmaiento fue algo prematura, como bien os prevení, y parece ser que no en una de las mejores noches pues el lugar fue atacado por un gusano gigante y una horda de orcos. Cierto es que llegué la noche anterior al ataque. No obstante, cabe decir que la horda de orcos cayeron bajo los conjuros de los arcanos de Athoran, los cales acababan de lidiar el problema reciente con el Asentamiento. Días después supe que el problema anterior con los Athorianos fue debido a un mal entendido por parte de una pequeña druida, que me aventuro a decir que podría ser Drin, y un Athoriano que huyó tras el altercado.. dando así un mal entendido claro por ambas partes.

Volviendo al incidente de la primera noche en Svensgard, debo decir que el gusano cayó bajo la mano de los Athorianos y algunos Svensgarianos, tales como Ashner o Leurik. Tras su derrota una gema verdosa quedó pendiente en el aire con influencia mágica. No hace fata decir que al tocar la gema uno de ellos, Zax, quedó atrapado dentro de la gema… y cómo no otro de ellos, el cual se hace llamar Rob, le siguió al tocarla tras ser avisado de posibles problemas.

Tras varios intentos de mitigar el poder arcano de dicha gema, en vano, la gema acabó cayendo al suelo acompañada de una explosión. Bueno, cuando desperté contemplé un portal y a los que quedaban fuera entrar a buscar a sus compañeros. No, no fui insensata. No fui tras ellos. Mis fuerzas acabaron placando tras una herida cuasi mortal que Ashner y Leurik sanaron. Es posible que en caso contrario me hubiera aventuraro al ser partícipe de la Urdimbre pero en este caso no lo ví coherente.

Aunque no indagué he dicho tema, parece ser que todos salieron ilesos de ese altercado.

Días después he observado el comercio de las ciudades aliadas: Athoran, como bien indican, es una ciudad de comercio arcano: ropajes, bastones, papiros imbuidos en magias de diversas runas; por otro lado, Genn, se basa en un comercio de armas forjadas, armaduras y objetos de predominantes para el clero. Empiezo a entender las disputas entre ambas regiones, más o menos.

Sobre la información recaudada antes de mi llegada puedo indicar que ambos aliados de Svensgard estan en continua lucha, aunque en ocasiones intenten calmar sus ánimos, sobretodo en el territorio neutral como es el bosque. Aun así, cabe decir que el último ataque de los arcanos a la ciudad del nort, Thane, ha incrementado el deseo de guerra en estas tierra. El ataque coincidió con mi presentación con Ser Xanos pero poco dialogamos pues nos apresuramos a llegar a Thane en una carrera que se nos unió parte de los caballeros de Genn. Parece ser que Athoran sabe atacar en el mejor de los momentos, pues no había casi protección en la ciudad del norte en esa ocasión. Ciudadanos, guardias y todo lo ser vivo que había allí fue asesinado y empalado como si de mero ganado a punto de ser mandado a las ciudades para alimento se tratase.

Cabe decir, que… todos verifican que el ataque a esa villa fue ocasionado por los arcanos del desierto y algunas pruebas así lo demuestran en la matanza que allí vieron mis ojos. Los caballeros de Genn montaron en cólera pero consiguieron menguarse y ser sensatos tras las palabras del pueblo de Svensgard. Cierto es que esa visión haría estremecerse a los mismisimos dioses pero la colera no atrae nada bueno.

Svensgard se muestra neutral en este envio de puñales entre sus aliados, pues ambos pueblos los son, pero sigo divagando de cuánto tiempo nos mostraremos impasibles ante estos hechos. He de susponer que mientras el bosque no llore nos mostraremos neutrales pero… nos encontramos en medio de una guerra inminente. Y la balanza actual, a mi punto de vista, se decanta por los aliados del clero. Cabe decir que esta balanza es devida a la reservación que los arcanos muestran ante todo aquel que no sea de su ciudad.

Sin más dilación, dicho informe queda concluído.”



La fémina dejó de escribir en ese preciso instante, la carta iría sin reseñas de nombres referentes al receptor ni a ella misma. Lo único que dibujaría en el borde inferior izquierdo sería un trébol céltico, símbolo más que conocido por ambas partes. Tras concluir el trazado del sello enrrolló el papiro y lo rodeó con un lazo de seda teñido en negro para su mejor trasporte. Yang, la pequeña fata, ya estaba danzando sobre la mesa esperando el papiro con los brazos extendidos hacia arriba, tan impaciente como siempre lo había sido.

Sus celestinos ojos miraron a la fata con cara de circunstancia y de sus labios resopló un suspiro antes de iniciar el rutinario sermón que siempre deleitaba a la pequeña con un mensaje.

- Yang, no seas mala, no te tires invisibilidad a menos que haya peligro inminente, ¿me has oído?. Yin te acompañará, así que no le hagas travesuras o será tu último mandato. - el dedo de la elfa apuntaba amenazante a la pixi. - Te lo he avisado y sabes que me enteraré si le haces algo.

Yang refunfuñó como un enano y le arrebató el papiro de las manos tras tirar algo de polvo mágico a los ojos de la joven. Como no, salió danzando a lo alto de la habitación para ver la próxima función de su ama. Ésta se había levantado con los ojos doloridos por el polvo mágico y trastabilleaba con los muebles de la habitación, mientras que la traviesa pixi reía con ganas desde su segura posición.

- ¡Maldita seas Yang! ¡Ven aquí! ¡Te voy a arrancar las alas cuando te coja!
- ¡¡¡Yang, Yang, se va. Adiós, adiós!!!


La vocecilla chillona de la fata se fue alejando entre risas mientras se colaba por la ranura que habia por la puerta entreabierta.

Aoi arrugó la naricilla y suspiró con pesadez. Los efectos de los polvos mágicos y el escozor acabaron apagandose al cabo de unos minutos y pudo ver por fin nuevo. Menos mal que empezaba a acostumbrarse a su mal educada fata.

miércoles, 29 de septiembre de 2010

Fragmento X. Silencio.

Mis piernas se encontraban cruzadas cual indio meditabundo a sus ancestros, mis ojos se habían cerrado hacia ya horas pero en esa mullida cama no conseguía descansar como hacía tiempo lo había hecho. Era extraño recordar ese sentimiento tras tanto tiempo; no obstante, lo recordaba con frecuencia. Añoranza. La añoranza de no sentir el cálido tacto de esa sensación. Fruncí el entrecejo y abrí uno de mis párpados observando la habitación del Roble Dorado, acto seguido abrí el otro párpado y observé la maciza puerta que me separaba de ese pasillo. Un golpe de nudillos reclamaba mi presencia al otro lado y una peculiar voz hizo mover mis puntiagudas orejas.

No tardé en llegar a la puerta que se encontraba a escasos pasos de la cama y asomar la rojiza cabellera para observar a mi mentor. Un varón que ya rondaba la cuarentena y tan desaliñado como de costumbre. En esa ocasión portaba una gabardina de cuero oscuro, roída por su continuo uso, y un sombrero de ala ancha cubriendo su rostro de mal genio. El rostro del humano había adoptado una severa expresión, sus cabellos se habían tornado más canosos de un año para otro. Sin duda, el paso de los años le pasaba factura a ese gladiador empedernido.

- Gatita, deja de vaguear. Es la hora. - su ronca voz sonó autoritaria como siempre.
- Tan cariñoso como siempre, Alec. Acuérdate que dentro de un par de años seré yo quien deba protegerte y no al revés. Deberías tener más tacto con tu futura protectora, varón engreído.

Como era de esperar su carcajada irónica sonó en todo el pasillo mientras me introducía de nuevo a esa habitación y recogía mis armas. Siempre me había preguntado porque ese humano me había acogido bajo su protección y la verdad no la había hallado por más que la pregunta hubiera sido formulada. Algún día esperaba averiguarlo. Apremié la recogida de pertenencias y me di la vuelta en dirección a la puerta pero algo me detuvo. Un anillo de color verdoso relucía sobre la mesa, ese mismo anillo fue con el que horas antes me había obligado a observar durante algún tiempo. Me acerqué a la mesa y deslicé la diestra hasta tomarlo entre mis dedos y lo deslicé sobre mi dedo anular. Los recuerdos eran algo que siempre se debían mantener.

- Deja de jugar con ese anillo y tíralo de una maldita vez. - la fornida mano del varón ya me había alcanzado y estaba tirando de mi hacía fuera de la estancia. - No entiendo para qué guardas algo de un criajo como ese.
- ¿Qué vas a entender tú, so’burro? - reí de nuevo y me dejé arrastrar por el malhumorado protector.

Salimos de la posada del Roble Dorado y nos dirigimos hacia las afueras. En la bifurcación de caminos giré hacia la derecha mientras que Alec seguía hacia la puerta exterior que nos dirigiría hacia el norte. Recordaba como la noche anterior el humano me había gritado a su antojo por mi peculiar interés en asistir a ese sagrado lugar. No comprendía por qué deseaba tanto visitar esa tumba si no pertenecía a mi hermana; pero tras horas de maldiciones dedujo que no cambiaría de opinión y cedió. Necesitaba ir a ese lugar, quizás para menguar mi culpabilidad o, simplemente, por poder darme un ápice de serenidad.

Acabé colgando el arco que aun portaba en la mano izquierda y atravesé el puente de la luna hasta alcanzar la Ciudad Antigua. Los niños correteaban por las anchas calles, joviales y alegres, mientras un bardo tocaba una alegre melodía embelesando a los transeúntes. La plaza de cuatro esquinas se iluminaba con los primeros haces de luz del nuevo día y los comercios colindantes a la plaza empezaban a ser concurridos por ciudadanos y viajeros de la Gema del Norte. Había pasado en ese lugar un año completo, alejada de todo aquel que concurría la zona de Nevesmortas y podría decir que ese lugar había llegado a ser mi propio hogar. Sabía que mi estancia en esa conocida ciudad no era más que su cercanía hacía el río Rauvin, Bosque Luna y el trayecto retorcido pero había encontrado algo de paz en el templo de la diosa Mielikki y la armonía de la atmósfera había calmado mi temperamento. En ese momento creí que debía agradecérselo a mi mentor pero dudaba que en algún momento lo acabase haciendo.

El cementerio pronto fue divisado por mis cetrinos ojos cuando los tejados de las fachadas comenzaban a ser más bajos augurando el final de esa magnífica ciudad. Una pequeña capilla de algún dios, que no pretendía obsequiar ni rezar, guardaba la entrada del lugar y las tumbas, algunas corroídas por el paso del tiempo y otras recientes por las guerras pasadas, empezaron a rodearme cuando inicié la marcha entre ellas. El sol había salido ya por completo y los anaranjados rayos se habían vuelto algo más candentes dando paso al despertar de la Gema del Norte. Sería un camino largo y caluroso hasta el lugar donde nos dirigíamos, Alec y yo.

Eh ahí la tumba que hallaba. Deslicé el cuero de tejon de mis dedos dejando mi mano desnuda al tiempo que me acuclillaba para poder apreciar el nombre de quien allí descansaba. Alcé la mano y acaricié el nombre de “Lara” en la superficie áspera de la piedra. Allí, con las rodillas ahora posadas en la tierra de esa tumba, en medio de ese cementerio, me hacia preguntarme qué me había llevado a ese lugar santo. Estar agachada frente a la tumba de esa fallecida mujer... y pensar en ese al que Alec había llamado criajo. Sin duda, seguía siendo un crío, no podía negárselo. Observé el anillo que descansaba en el anular y acto seguido llevé esa misma mano a mi rostro con un largo suspiro.

No recuerdo el tiempo que permanecí en ese lugar sin decir nada. Simplemente observaba la lápida con un ligero nudo en el cuello que acabó siendo acompañado por un llanto silencioso. Mis mejillas se habían humedecido mucho antes de lo que hubiera imaginado y estaba segura que los ojos hinchados me ocasionarían otra riña por parte del varón humano. Tomé la cantimplora de mi cinturón y me eché medio de su contenido en el rostro para poder calmar esa parafernalia. No era tiempo de llorar. Acabé enderezándome y poniéndome el guante. Tras un último vistazo a la tumba de Lara Lander musité una simple frase.

- Cuida de él, pues yo ya no tengo tal derecho.

Sin más dilación. Atravesé las lápidas del cementerio, la pequeña capilla, las calles de la Ciudad Antigua con el bardo canturreando en la plaza, el Puente de la Luna y la ciudad de Argluna hasta cruzar el portón donde Alec me esperaba con pose de cansancio.

- ¡Ya era hora! ¿Pensabas dejarme aquí hasta que el sol me deshidratara? Por tu maldito dios, ¿qué diantres le has contado a esa maldita tumba? - gruñó malhumorado.

Me limité a hacer un gesto de quitarle importancia y emprendí el paso hacia el campamento de Voronwë y sus hombres. El susodicho campamento se había levantado a varias horas de la ciudad colindante con el Bosque Luna. Éste constaba de una hoguera y varias tiendas donde esos desconocidos hombres pasarían el día hasta el anochecer, cuando nos movilizaríamos. Voronwë, era un viejo conocido de Alec, un elfo de los que rondan los cuatro siglos: astuto, ágil con el arco y los estoques, sin duda era un mordaz enemigo para cualquiera. Siempre había pensado que estar de su parte era lo más sensato que Alec podría haber hecho. El elfo era de complexión delgada pero característicos músculos forjados en batalla; su castaño pelo estaba recogido en pequeñas trenzas y sus ropas eran de un color marrón oscuro. ¿Sus hombres? Meros mercenarios.

Tres humanos alrededor del fuego riendo a carcajada como si de enanos borrachos se tratase; dos medianos cuchicheando al norte del campamento y según observé trapicheando con trampas que usarían posteriormente; y varios elfos, dos de ellos apostados en los árboles cercanos haciendo guardia, el resto eran Voronwë y una elfa que lo acompañó a recibirnos.

- Alec, ya creí que no vendrías. - palmeó el hombro del varón con gran confianza.
- Sí, yo también lo creí. Me han hecho esperar durante dos horas en una puerta muriéndome de abrasamiento en este maldito día de calor. - y como no, desvió la vista hacia mi persona.

Ignoré el resto de la conversación dirigiéndome al lugar más apartado del campamento para afilar muuuuy lentamente el filo de mi cimitarra.

Y la noche cayó.

Nuestros pasos fuero tranquilos. Esta vez, Alec había decidido tomar un grupo de mercenarios y a Voronwë, la batalla sería menos desigualada o eso esperaba. Un grito dando la orden de ataque resonó en mis tímpanos haciéndome ensordecer durante unos segundos hasta que poco a poco el fulgor de la batalla me esclarecía la visión de la iniciada batalla: choque de espadas, gruñidos de esos apestosos seres; gritos de agonía y de guerra; dolor y muerte; las flechas silbando sobre el aire; magia retumbando en esa caverna; alguien había gritado desesperadamente mi nombre.

Alguien. Ese alguien seguramente era Alec pero un cálido líquido bermellón cubrió la mano que presionó por inercia la herida que me habían ocasionado. Sonreí hacia donde seguían gritándome pues la vista se me nubló en un abrir y cerrar de ojos. Mi corazón aun latía, levemente, pero notaba como el flujo de mi sangre seguía llegando a él para que éste siguiera bombardeándola con la poca fuerza que le quedaba. Entre ese murmullo de batalla alguien me había alcanzado y presionaba sobre el agudo y latente dolor que tenia en el pecho. No alcancé a distinguir quien acudía en mi ayuda. En realidad, quien sanaba a los heridos, siempre era yo. ¿Quién me salvaría a mi?. No les culparía si moría. Mi muerte, al igual que las de muchos otros, perecería con honor.

Siempre había creído que ese desquiciante varón moriría antes que yo. Que sería yo quien lloraría su muerte pero los dioses son caprichosos. El camino de cada uno nace, transcurre y muere según sus deseos. Hubiera preferido no morir a manos de esos grotescos seres, había querido desear tantas cosas y arreglar tantas otras. Ahora ya era tarde. En toda guerra hay pérdidas.

Una mordaz queja retumbó sobre el rugido de la batalla e hizo eco en esa oscura caverna. Supuse que el grito provenía de mi garganta porque mis cuerdas vocales casi se rasgaron al sentirlo. Noté como mi cuerpo se convulsionaba a causa del agudo sufrimiento que me había ocasionado que sacaran algo que oprimía el lado derecho de mi pecho. Me costaba respirar, la sangre me asfixiaba mientras salía a borbotones por mi boca mientras que yo, con inútiles fuerzas intentaba ponerme boca abajo. Pero mis sentidos acabaron por mermarse en una última exhalación de resquemor.

Oscuridad. La oscuridad me rodeaba haciendo que mi ansiedad aumentara. Musité unas oraciones pero de mis manos no salió la luz que clamaba, las tinieblas me engullía y mis piernas no podían más que correr buscando un haz de luz donde resguardarme. Unos ojos dispares emergieron de ella, observándome, maquiavélicos. Corrí con más fuerzas hasta que mis dos piernas se volvieron cuatro patas musculosas y mi envergadura se encorvó hasta convertirse en un animal. Olfateé el aire y seguí corriendo buscando ese haz de luz que me salvara del temor que ahora mismo presentía.

Un temblor sacudió mi espina dorsal y mis patas delanteras flaquearon unos instantes. Mi respiración se entrecortaba a falta de aire y tropecé con algo que no alcancé a percibir. Con un sonido sordo mi cuerpo se desplomo contra el liso suelo y con un gruñido que no salió de mis cuerdas vocales entendí que el vacío era la existencia de ese lugar. Silencio. Un silencio eterno en una oscuridad infranqueable.

Y tumbada como me hallaba: dejé de querer correr; de querer buscar esa luz que me abrazara y me diera calidez. Mi cuerpo se tornó frágil, blanquecino, como siempre lo había sido. Las puntiagudas orejas se movieron ante ese silencio y un suspiro ahogado emergió de mi seca garganta. Mis parpados se cerraron con lágrimas deslizándose en mis mortecinas mejillas. Mi cuerpo, deduje que desnudo, tembló por una brisa gélida que me envolvió.

Ya no importaba.

Unas frágiles manos me acariciaron las mejillas, tan frías que la brisa parecía una corriente de viento tropical. Ordené a mis ojos abrirse pero no obedecieron, el cansancio emergió como un geiser haciendo que mis fuerzas perecieran ante lo que me trasportaba. La desnudez de mi cuerpo hizo que el gélido ambiente me enervara hasta creer que perecería en ese abismo. Perdí la noción del tiempo, estaba segura que en el transcurso de ser trasportada hacia algún lugar había perdido el sentido.


***

Calidez. La calidez de un tímido sol resguardado por unas blanquecinas nubes fue mi despertar. Mi cuerpo ya no temblaba. El vacío había desaparecido y la desnudez de mi cuerpo se hallaba resguardada por los gentiles brazos de una fémina. Parpadeé varias veces para que mis cetrinas pupilas verificaran esa nueva visión.

Frondosos árboles lindaban el claro en el que me encontraba abrazada por esa mujer. No muy lejos un pequeño arroyo recorría el bosque a poca velocidad, debido a la escasa lluvia que había caído en verano. Observé alrededor deleitándome con cada sonido: el correr de una ardilla tras capturar una castaña; el ave rapaz surcando el cielo en busca de una presa para alimentar a sus crías; el suave sonido de las hojas por la brisa otoñal; un pez siendo atrapado por un oso, cual bramido lo proclamaba.

Pero eso no era importante.

Alcé la vista para ver a quien me presionaba contra su pecho y mis pupilas se engrandecieron al percatarme de quien me abrazaba. Su cabellera cubría sus hombros y se mecía con la brisa; sus grandes ojos me miraban con ternura como antaño había hecho; sus gentiles brazos me acurrucaron en su pecho intentando que ese momento no se perdiera en un mal despertar. Parpadeé, eso debía de ser una visión, un vulgar sueño que me haría recordar su perdida al despertar.

No, no lo era... Un beso. Una caricia. Un te quiero.

Entre sus brazos mi mente vagó en los recuerdos: Viajó a esas frías manos que me trasportaban; a esa gélida brisa que me entumecía; a mis zarpas corriendo en esa inmensa oscuridad; a ese intento de alcanzar una luz con el don de mi dios… más allá sólo había un recuerdo, esa mujer, esos cálidos brazos.

Arya. Mi querida Arya.

Algo tiró de mi, aferré con fuerza el suelo hasta que mis uñas sangraron en vano y fui arrastrada de nuevo a esa infranqueable oscuridad, sola. Mis manos temblaban por el esfuerzo realizado por zafarme de ese ente trasparente pero el grito que emití resonó en la oscuridad al volver a ser arrastrada con demasiada forzada. El dolor lacerante volvió a retumbarme en el torso como si fuese a explotar por una bomba de fuego.

Y otro grito quebrajó mis cuerdas vocales y abrí los ojos en esa maldita caverna. Mi respiración estaba saturada, tan saturada que me ahogaba de respirar tan rápido. Alec presionaba mi pecho haciendo que me tumbara en ese maldito y oscuro lugar. Observé a mí alrededor. Un mediano acababa de colocar una trampa cerca de nosotros; Voronwë vocalizaba algo en gritos pero no conseguía oírlo, hizo algunas señas hacia Alec. El varón me tomó en brazos y debí desmayarme, pues lo siguiente que recuerdo fue estar en medio del campamento y ver a Alec con gesto angustiado.

viernes, 10 de septiembre de 2010

Retazos

Nombre: Aria (Ariadnne)
Apellido: Nain
Raza: Elfa Lunar.
Sexo: Mujer.
Alineamiento: Neutral Bueno.
Profesión: Druida/Clériga
Deidad: Padre Roble.


Descripción:

Esta peculiar fémina tiene un gran parecido a su hermano, Elren. Aunque en la raza élfica no se han visto demasiados casos de gemelos ellos fueron aceptados sin dilaciones como un don de los dioses.

A simple vista es una joven de no más de 1’65 y de constitución endeble pero esbelta figura, casi siempre oculta por la capa y una capucha de fino lino. Su tez es de un color pálido pues es descendiente de los elfos lunares. En su rostro destacan sus ojos azules con destellos dorados, a contraste con la clara piel, y su larga cabellera de un color platino.

En su espalda pende un arco largo con runas élficas grabadas en su madera, junto con un carcaj, y en su cintura suele estar envainada una cimitarra que trata con mucho mimo. Seguramente el recuerdo de alguien preciado.

Prólogo.

“No perdáis vuestro tiempo ni en llorar el pasado ni en llorar el porvenir. Vivid vuestras horas, vuestros minutos. Las alegrías son como flores que la lluvia mancha y el viento deshoja.”

La oscura sombra alzó el brazo haciendo que el rapaz que ahí descansaba batiera las alas en la oscuridad que Selûne les brindaba. El bosque había empezado su danza nocturna: los variopintos ojos de los caminantes nocturnos que buscaban algo de comer bajo las sábanas de hojas que el viento había tirado hacía ya días. Un pequeño lirón se desperezaba bajo las raíces de un árbol pero pronto asomaría la cabeza por el hueco y saldría en busca de algo de alimento. El ulular de un búho daría paso a una caza silenciosa de la vida nocturna de ese bosque.

El halcón, que poco antes había sido premiado con un trozo de carne cruda, surcaba ese mismo bosque con indiferencia. Alcanzó los lindes del bosque que daban paso a las llanuras y siguió batiendo sus alas hasta llegar a los escarpados riscos de las primeras montañas. Tardaría varias horas en atravesar esas prósperas montañas pero al fin alcanzaría otro terreno boscoso. Descendió dando vuelta bajo un terreno en concreto y se depositó sobre una rama baja observado a la fémina que allí se encontraba. Allí se quedaría hasta que la joven le percatara de su presencia.

La joven de puntiagudas orejas se encontraba acuclillada bajo unos arbustos y arrancaba sin dilación una porción mínima de algún tipo de planta que serviría para algún ungüento. Dio varios pasos laterales, en esa misma posición, y tomó algunas bayas del arbusto vecino que pronto acabaron en sus propias fauces. Ladeó la cabeza unos segundos en dirección al halcón y sus puntiagudas orejas se movieron ante un débil sonido.

- Ah, ah... - suspiró con cansancio - ¿Ya se ha cansado de estar solo?

Se enderezó, con algunas bayas de más en su enguantada mano, y se dirigió hacia la rapaz depositando su brazo en vertical, a la altura de su pecho, para que tomara posesión de él en su espera. Entregó varias bayas al cansado animal y lo acarició con mimo durante varios minutos. Pronto tomó el mensaje que descansaba en la pata del animal e hizo que éste se colocara en su hombro. Desenrolló con parsimonia el pequeño pergamino y observó la conocida letra de su hermano. El pergamino con simbología élfica citaba así:

“Hermana, en Svengard hay sitio para ti y para mi. Voy a necesitar de tu ayuda aquí”


La joven arqueó una platina ceja y miró a su compañero rapaz con cara de interrogación. Musitó una oración en druídico y el pergamino prendió hasta ser arrojado a un pequeño riachuelo que bajaba desde alguna gruta interna de las cavernas del norte.

- Tan conciso como siempre...

Volvió a emitir un leve suspiro y se encaminó hacia donde su hermano la reclamaba. Su lugar de nacimiento: Svengard. Aquel lugar que habían abandonado por tantos años y ahora no comprendía el afán de Elren por volver a las tierras que los habían visto nacer. ¿Sería acaso nostalgia? ¿Reclamo de su verdadero hogar?.

No tenía elección. A fin de cuentas, la sangre llamaba a la sangre.

Hizo alzar el vuelo a la rapaz y en una leve sacudida tomó la forma de una loba de platino pelaje. Aulló con todas sus fuerzas ante la magnífica luna, de la misma forma que un lobo alfa llama a su manada, y emprendió la marcha hacia las montañas. Sker, un enorme lobo de pelaje oscuro y ambarinos ojos, no tardaría en unirse a la fémina en su larga marcha.

martes, 31 de agosto de 2010

Acto II. Las alas de la familia.




Su diestra depositó un pequeño saquito, hecho de cuero de tejón, sobre la mesa del escritorio que se situaba bajo el ventanal. El aposento en el que situaba constaba de una pequeña mesa de escritura, una gran cama y un ventanal que iluminaba más que suficiente cada rincón de ese diminuto lugar. La joven localizó el apartado lugar y el momento del día más luminosos para lo que deseaba hacer. Había pensado en ello durante varios meses, incluso había conseguido el mejor material para ello; pero aun así su nerviosismo hizo que sus enguantadas manos se frotasen entre ellas. Anduvo de un lado a otro de la habitación mientras seguía divagando sobre ello en sus últimos instantes. Impaciente, así es como se hallaba. Cierto era que el nerviosismo hacía que sus manos sudaran entre la tela de sus guantes, por ese motivo sacó sendas manos de los mismo y los depositó junto al saquito.


Se dispuso a sacar algunas hierbas medicinales y había pedido que le trajeran agua caliente, junto con una taza a sus aposentos. Poco tardarían en llamar a la puerta con tal recado. La joven vestal vertió el agua hirviendo en la taza junto con los polvos medicinales y lo tomó de un solo trago. Para esa ocasión había elegido Belladona y Mandrágora. Estas plantas en dosis bajas bloquean los receptores de la acetilcolina deprimiendo los impulsos de las terminales nerviosas. Suspiró con nerviosismo y calculó el tiempo que le surtirían efecto tales hierbas.


Realizó varias vueltas cubriendo la escasa longitud de la sala y sin más dilación empezó a deshacer los cordones de la parte trasera de su corsé. En esa ocasión la vestal había decidido llevar puesto una vestimenta fácil de desprender: ésta constaba de una ancha falda cuya tela era de un color azul celeste, y, a conjunto, en la parte superior portaba un corsé del mismo color. Se deshizo del corsé y la ancha falda quedando con unas escasas enaguas en el momento justo que el resonar de unos nudillos tocaba la maciza puerta de roble. Tomó la falda entre sus manos y se dirigió a la puerta cubriendo sus descubiertos senos. La distancia la cubrió con escasas dos zancadas, deslizó una mano a la llave y entreabrió lo suficiente para asomar su rubia cabellera.


Sus zafiras pupilas se centraron en la figura que tenía frente a su puerta y sonrió complaciente al reconocer a su compañera. Zheyla, una humana que rondaría los treinta inviernos, había recogido su larga cabellera en un moño alto que no obstaculizara su trabajo y portaba entre sus manos un maletín de cuero oscuro que recordaba al de un matasanos. Sus ropas constaban de una camisa de lino blanco y unos pantalones que recordaban a los varones. Una perfecta sonrisa desvió la primera atención de la vestal. Sin duda, esa situación le recordaba a una flamante cortesana intentando agradar a su nuevo acreedor. Kestrel abrió algo más la puerta y se introdujo en la habitación para ser seguida por la humana.


- Por lo que veo os habéis decidido al fin. - la cálida voz de la mujer morena se interrumpió con el golpe seco del cerrar de la puerta. - Además me vais a permitir acariciaros con mis manos, antes que lo haga un deshonroso varón.

- No lo diga así, Lady Zheyla. De esa forma pareciera que fuéramos una cortesana y su cliente.

- Prefiero que piense en una pareja de amantes, mi señora. - se dirigió al escritorio y depositó sobre el su maletín. - Es menos…detestable.

- Tiene razón. ¡Qué desdicha la mía creer que no me ama! Y que me trata como una cortesana.


Tras dejar el busto sobre la mesa Zheyla se dirigió hacia la vestal y la abrazó en esa cálida escena. Pocos segundos después ambas se miraron y acabaron esa teatral escena con unas risas que envolvieron el ambiente.

Kestrel lanzó la falda que le tapaba a la camastra y se dirigió hacia la mesa. Tomó entre su desnuda mano el saquito de cuero que en ella momentos antes había depositado y se lo entregó a su compañera.


- Carbón, es el material más puro que he encontrado. Debería servir para nuestros propósitos y no producir alergia, erupciones o daño alguno.


Mientras hablaba la otra mujer tiró de la cuerda que cerraba el saquito y tomo entre dos dedos un poco de polvo de carbón. Un tacto suave, aterciopelado y sin duda parecía el más puro de los materiales. Frotó el poco carbón que había tomado entre sus dedos y observó el negruzco color que le dejaba.


- ¿Estas segura que no te hará daño? No cabe decir, que será doloroso hacerlo pero no me agradaría que tu hermosa piel quedara dañada por esta mera obsesión tuya.

- No me dañará. Es carbón de los maeses enanos y sabes perfectamente que son los mejores en las forjas. No se permiten los fracasos ni las armas de baja calidad, eso deshonraría a su estirpe.

- Cierto, pero aun así…

- Zheyla, la decisión está tomada. Por el amor de la diosa, hazlo. Te elegí porque eres diestra en el dibujo y confío ciegamente en ti. - la interrumpió antes de que su amiga siguiese con sus argumentos de preocupación.


Kestrel abrió el maletín de matasanos de su compañera y tomó entre sus manos un frasco de agua bendita, un cuenco no muy hondo y los instrumentos que había solicitado para la ocasión. Dejó los artilugios sobre la mesa, extendiéndolos y le arrebató de las manos el saquito a Zheyla. Mezcló una cantidad de polvo de carbón con una porción de agua, haciendo una tinta más o menos espesa y le entregó ese cuenco a su compañera. Posteriormente, tomó un barreño de mayor diámetro, metió varios paños húmedos y bendijo el agua con una plegaria a la diosa.


- Busca en mis pertenencias otro saquito con hierbas molidas, las pondré en el agua, así podrás cortar la hemorragia y tras dejar reposar el carbón podrás extender ese ungüento cicatrizante. El resto, es trabajo tuyo, Zheyla.


A regañadientes la morena fémina se dirigió hacia el escritorio para coger los utensilios y seguir a la vestal que ya estaba tumbada en la camastra, boca abajo. Eso dolería, dolería tanto, que las lágrimas acabarían resbalando por sus rosadas mejillas pero el latente dolor que aguantaría le haría recordar que pertenecía a la familia Silverwings. Aferró con fuerza la almohada en la que apoyaba su cabeza y miró al lado contrario de Zheyla cuando ésta empezó a realizar el boceto en su piel. Notó como el filo cortaba su piel lo suficiente como para notar unas gotas bermellón rodar por su lateral. Algo empapado presionó su espalda, intuyó que eliminando la sangre que obstaculizaba el trazado de ese boceto en carne.


Cerró los ojos y mitigó el dolor que sentía con una sinfonía tarareada. Al joven de azabaches cabellos se unió a su compañera con su dulce voz y le dio letra a esas notas murmuradas. Ambas parecían más calmadas, menos tensas, más relajadas. Se mostraban tan introducidas en la música que la temblorosa mano de Zheyla tomó un corte recto y decidido; y el dolor de la vestal menguó entre el efecto de la infusión y la letra improvisada de su compañera.


Hacía ya media década que sus voces se habían unido por deseo de la diosa. Era fácil recordar esa noche, en ese pequeño lugar llamado “El tuerto cabreado” se habían juntado como mínimo treinta personas que hacían rebosar el estrecho y pequeño lugar que constaba de una pequeña barra llena de barriles; y escasas mesas que se habían retirado a un rincón para poder bailar alegremente. El tuerto estaba situado en un callejón de los bajos fondos de esa inmensa ciudad, solía pasar desapercibido menos las noches como aquella donde los instrumentos de cuerda y el ruido de los taconeos en el suelo invitaban a los pocos transeúntes de la noche a unirse a esa improvisada fiesta juglaresca. Esa música alegre, las risas es lo que llamaron la atención de la vestal.


En realidad, la joven ya no recordaba como había llegado al centro de ese lugar, portaba una cerveza en la mano y danzaba al son de la música entre risas y giros. Sus ropas estaban impregnadas de cerveza y en lo único que pensaba era en seguir tomando la mano de otra persona para seguir el son de esa música tan contagiosa. Acabó volviendo a los brazos de esa joven de cabellera azabache: con una mano en la cintura de la otra y la otra al frente. Dieron varios pasos en dirección al centro, abriéndose paso entre el bullicio y volvieron a girar con el mismo paso hacia el otro lado, al final ambas quedaron en el centro de la pequeña sala y varios de los presentes dando palmadas para marcar mejor el paso de las dos damas. Zheyla hizo virar a la vestal y quedó tendida en unos fornidos brazos.


De nuevo emprendieron el baile.


El varón que la sujetaba se trataba de un humano de aproximadamente cuarenta inviernos, pelo castaño oscuro con tintes canosos y ojos zafiros. Sus ropajes eran de un color oscuro y la vestal estaba segura que en algún lugar había dejado su arma, pues parecía un diestro combatiente. La vestal se había percatado de él desde el momento de su entrada arrastrada por la joven Zheyla a ese lugar, éste le había estado observando sin miramientos en todo momento y aunque eso la incomodaba se había olvidado de su presencia hasta estar entre sus brazos. Aun así, ese varón le daba la tranquilidad que estaba buscando en ese lugar rodeado de humanos. El motivo de ello lo averiguaría al día siguiente.


El astro sol estaba situado en lo alto de la ciudad cuando la vestal se despertó abrazada a esa joven de azabaches cabellos. Una mullida cama y sus ropas destartaladas en el suelo de madera de alrededor. Se deslizó de la cama dejando descansar a esa joven chica y se dirigió al ventanal. Por lo que observó se encontraba en una planta alta, seguramente de una posada o una casa antigua. Una pequeña plaza estaba justo en frente de la casa, a su alrededor se veía los comerciantes y transeúntes. Ese lugar no era ese viejo y oscuro barrio de horas antes. Se llevó una mano a sus ojos cerrados y frotó con calma sus párpados. Un leve suspiro salió de sus entreabiertos labios y mientras se dispuso a entrecerrar esa cortina un chirrido de madera antigua hizo que la vestal desviara su atención a la figura que en la puerta se hallaba. Allí tan armonioso se situaba ese varón que, sin saber por qué, le atraía la paz. Paz. Una paz interna que sólo había sentido con su difunta madre o en las oraciones a su diosa. Sin darse cuenta dio varios pasos hacia él y entreabrió los brazos para envolverle en sus brazos.


Quizás dentro de su fuero interno lo supo, desde el momento en que sus ojos se cruzaron o en el que su presencia se hizo firme ante la muchedumbre de esa juglaresca noche, él era importante para ella y ella para él.

Un pinchazo hizo que la vestal dejara de recordar tiempos pasados e hiciese una mueca de dolor. El efecto de esa improvisada infusión dejaba de hacer efecto sobre su dolorida espalda y la melodía que poco antes la había calmado ahora había menguado en un silencio sepulcral. Un paño húmedo alivió un poco el dolor latente, su mano aferraba con fuerza la funda de esa mullida almohada y su vista se encontraba fija en un punto muerto de esa blanquecina pared lateral.


- Haré pedir agua caliente, descansa un poco. Luego proseguiré con el trazado. - Zheyla se acercó al sudoroso rostro de la vestal y lo limpió antes de depositar un cálido beso en su mejilla.


La humana de cabellos azabaches tardó poco en salir de la habitación y cerrar tras ella, a los oídos de la vestal aun llegaban las pisadas de su compañera cuando bajaban al piso de abajo pero sus ojos se cerraron por el dolor y el cansancio. Su padre siempre había dicho que las alas de la familia eran dolorosas y pesadas. Tan pesadas que desgarraban el alma de cualquiera que osara portarlas. Ahora sería ella quien portara esa carga.


El crepusculo empezaba a despuntar, los anaranjados rayos del sol daban la bienvenida a la diosa. Esa noche, la noche que predecía ser luminosa bajo el manto de una luna llena, no podría ser rezada por una de sus vestales. Y eso también la apenaba.


viernes, 27 de agosto de 2010

Acto I. Jardín de Selûne




Canción de la oración:

La luna había alcanzado su manto de estrellas hacía ya varias horas y sendas figuras habían llegado a los jardines de su diosa. Las luciérnagas y los fuegos fatuos danzaban armoniosos al compás de una música imaginaria y, tanto, cruzado como vestal se introdujeron en ese agradable lugar. Poco fueron los pasos que dieron ambos hasta llegar a la charca: un suave fluir de agua perteneciente a un riachuelo que desembocaba en el lugar; las luciérnagas y fuegos fatuos seguían danzando impasibles entre los visitantes; y una agradable sensación envolvió a ambos.

- ¿Es un buen lugar para sus oraciones, mi vestal? - dijo el varón, mientras observaba a la vestal.
- Así es, milord. Es un lugar armoniosos y digno para orar pero está situado bastante lejos de Zilias y venir cada noche sería peligroso. - la joven seguía deleitándose con ese pequeño templo natural santificado por su diosa.
- ¿Es que no conoces las pociones de invisibilidad?... o puedo acompañarte.
- ¿Acompañarme? No, no, no se preocupe, milord. No desearía robarle más tiempo del que ya lo hago.
- Yo también tengo que orarle a Selûne. No me robarías nada. - observó otra vez el lugar y continuó hablando, tan sosegado y tranquilo como solía hacerlo - Entonces, comencemos. Tienes las ropas de la ciudad, ¿cierto?

La vestal asintió y empezó a desprenderse de las placas de su armadura. El cruzado hizo lo propio quedando con las ropas que solía llevar bajo las placas. Comenzar. Comenzar una oración con placas rodeándolos: era un pecado, ambos lo sabían. Sin duda, hubiera sido más sensato ir con ropas ceremoniales pero ambos, en ese instante, carecían de ellas. Se dirigieron al riachuelo que desembocaba a la charca y ayudando el cruzado a la mujer se situaron en él sin tambalearse ni caerse.

Pero algo los interrumpió. Los fuegos fatuos, que se habían mostrado impasibles ante la presencia de los creyentes; ahora, estaban temerosos y danzaban intranquilos alrededor de ambos, buscando un ápice de misericordia por ellos y en la entrada de ese cálido lugar una lucha comenzaba a llevarse a cabo. Endebles fuegos fatuos contra una mole de carne y huesos que apestaba el lugar a algo indescriptiblemente apestoso. Ser Niebla salió del arroyo, seguido de la vestal, y se encaminó a la iniciada batalla. Unas oraciones a la diosa hicieron que su filo prendiera en fuego y acto seguido se encarara a ese horripilante ser. El ser de gran estatura, corpulento cuerpo y apestoso aroma, era un troll.

- La oración deberá esperar, mi vestal.

El valiente cruzado batalló con ahínco y soberbia hasta que con un determinado golpe de espadón dio fin al último exhalo de vida de esa vil criatura. Cayó sin vida bajo el manto de la estrellada vista de la diosa y la danza de los fuegos fatuos volvió a iniciarse alrededor de los creyentes. Una melodía acompasada y rápida, demostraba alegría y agradecimiento por esa batalla vencida. La luz de la diosa centelleó sobre el cruzado y sanó sus heridas con esas invisibles notas; continuaron con la joven vestal, sanando así las escasas heridas que se ocasionó al orar hacia su diosa y sanar a su señor.

Danzaron. Danzaron alrededor de los creyentes de nuevo y un fulgor plateado envolvió el filo del cruzado por unos instantes. La diosa, su señora, les había agradecido. Ahora serían ellos quienes agradecerían su misericordia y protección. Danzarían para su señora.

Les tomaría varios minutos desprenderse de ese putrefacto cuerpo. Lo arrastraron hacia el exterior del jardín y allí, Ser Niebla, le prendió fuego antes de tirarlo por un acantilado próximo. Tras ello, volvieron al oscurecido jardín.

***

Uno frente a otro, con el cauce del pequeño arroyo mojando sus pies. La tela baja de la amplia falda de la vestal había absorbido algo de agua y ya se encontraba mojada hasta las rodillas; las ropas del cruzado no estaban mucho más secas, pues habían permanecido varios minutos en silencio. Ahora, la vestal, había situado el encorvado filo de Penitencia dentro del agua y sendas manos sosteniendo su mango con determinada elegancia. El cruzado tomó su enorme espadón por el mango y alzó la espada frente a su rostro, reflejando su rostro por un costado y a la vestal por el otro, esa acción era muy común en los combates dignos. Ambos habían orado a la diosa durante años: los movimientos se reflejaban con un cántico armonioso que marcaba los sutiles movimientos de la danza de filos, simulando una batalla real.

La vestal empezaba a estar honrada por realizar esa oración con su señor pero no lo demostraría, ella sería quien realizase el cántico a la diosa, debía concentrarse.

Y comenzó…

Oigo tu voz en el viento
Y te oigo gritar mi nombre.

Alzó el filo con tranquilidad, dejando que las gotas de la cristalina agua rodasen por el mismo, e hizo un viro mientras el agua terminaba de perturbarse por el movimiento pesado de sus ropas mojadas. Juntó el centelleante filo de Penitencia contra el del espadón de su señor, puesto que lo había bajado siguiendo los versos de la vestal y evitar así un golpe directo.

"Escucha, hijo mío, me dices:
"Yo soy la voz de tu historia
No tengas miedo, sígueme
Responde a mi llamada, y voy a dejarte libre."

Su señor, empujó levemente el filo de ella, sin perturbar lo más mínimo la tranquilidad del fluir del arroyo. Tan tranquilo, tan sereno, tan elegante. La vestal dio un paso atrás; mientras que tomaba de nuevo el mango de Penitencia y lo hacia girar con un viro elegante a su diestra pero él volvió a dejar su filo a escasos milímetros del de ella. La voz de la vestal se aceleró siguiendo una partitura instrumental en su cabeza y se retiró algo más del contrincante, en un marcado movimiento de baile.

Yo soy la voz en el viento y la lluvia torrencial.
Yo soy la voz de tu hambre y el dolor.
Yo soy la voz que siempre te está llamando.
Yo soy la voz, me quedaré.

Al fin y al cabo eso sólo era un baile bajo la vista de la diosa. Ser Niebla, tomó una posición de inició de combate y ella observó mientras seguía deleitándole con la oración a la diosa. El filo plateado del espadón se movió con elegancia en su dirección, imitando una fuerte estocada hacia la mujer y ésta la evitó con varias vueltas en su paralelo hasta situarse al lado de su señor y colocarle el filo a escasos centímetros de su cuello.

Yo soy la voz en los campos cuando el verano se ha ido.
La danza de las hojas cuando los vientos del otoño soplan.
Nunca puedo dormir todo el invierno largo y frío.
Yo soy la fuerza que en la primavera crecerá.

La vestal sonrió. ¿Por qué no? Se estaba divirtiendo en esa oración. El espadón se situó con un lento movimiento a los pies de la joven y esta acabó esquivándolo levantando un pie y luego el otro. Estaba segura que su señora estaría complacida con esa oración, tan elegante y complaciente que no podía evitar querer seguir cantando para ella. Y su señor, el que le volvía a apuntar con el afilado filo que combatía a los enemigos, parecía complacerle esa danza.

Yo soy la voz del pasado que siempre será
Lleno de mi dolor y sangre en mis campos.
Yo soy la voz del futuro, tráeme tu paz
Tráeme tu paz, y mis heridas, que se curan.

Ambos giraron en la misma dirección, durante unos segundos, mientras ese filo seguía apuntando a la vestal y ésta portaba su Penitencia tras ella, con el filo apuntando hacia abajo. Aunque estuvieran acostumbrados a orarle a su diosa, estaban acostumbrados a orarle por separado. Kestrel estaba segura que esa danza de espadas sería glamorosa si su señor aceptaba orar con ella más noches. Y eso, lo esperaría impaciente.

Yo soy la voz en el viento y la lluvia torrencial.
Yo soy la voz de tu hambre y el dolor.
Yo soy la voz que siempre te llama.
Yo soy la voz.

Alzó la guadaña, al tiempo que su señor apartaba el filo y giraba hacia un lado con un determinado movimiento, claramente visible por ella, lo esquivó teatralmente en esa función improvisada y se volvió a separar de él para terminar ese crescendo final de los versos. Situó su filo encorvado dónde en un inicio se había situado y el cruzado hizo lo mismo con su espadón. En un lado el reflejo de su rostro y tras él, el reflejo de la vestal.

Yo soy la voz del pasado que siempre será.
Yo soy la voz de tu hambre y el dolor.
Yo soy la voz del futuro.
Yo soy la voz, yo soy la voz,
Yo soy la voz, yo soy la voz.

Sin duda, esperaba volver a bailar con su señor y ser digna de que le acompañase en sus oraciones.

viernes, 30 de julio de 2010

Ritmo I.


Volver a nacer por ti;
convertir la dicha de nuestro encuentro en cándida luz;

y la tristeza de nuestra segura ruptura en sofocante lluvia;

como florecilla añil que se abre en la tenue sombra.


El característico sonido de las notas del afinado piano acompañaba la femenina y dulce voz de la trovadora en uno de sus ensayos. Ambos, músico y barda, habían estado practicando esas canciones desde hacía horas y la pequeña Haala quedó rendida en un profundo sueño tras escuchar innumerables veces la terciopelada voz de su madre.

Volver a nacer entre tus brazos;

mis manos entre las tuyas sin que yo me suelte,

nuestras vidas unidas como una sola mente fueran,
volver a nacer por mí.


Esa misma noche la joven barda debería cantar, habían pasado ya varios meses desde su última actuación, y los nervios acompañaban la temblorosa voz de la joven. Era su momento, de nuevo, volvería a entonar esa canción que su esposo había compuesto hacía años y ella atesoraba con tanto cariño. Sólo esperaba que Nasher llegara a tiempo para su primera actuación tras tanto tiempo.

Volver a nacer entre tus brazos;

no apartes tus ojos de mí, no sueltes mis manos;
abarcándolo todo, la fortaleza de las esperanzas,
la fragilidad
de los deseos;

volver a nacer en tus brazos.


La joven se acercó a la cuna de madera que había en el mismo escenario, cerca del piano. Siempre había pensado que el piano y el violín encandilaban a la pequeña embarcándola en un profundo sueño sin pesadillas, ni temores. Un cálido prado custodiado por sus padres donde la felicidad pudiera sentirse solo con abrazar el aire. Por qué no, todos los niños son felices con tener a alguien a quien amar.

Volver a nacer por ti;

convertir la dicha de nuestro encuentro en cándida luz;

y la tristeza de nuestra segura ruptura en sofocante lluvia;
como florecilla añil que se abre en la tenue sombra.

Volver a nacer entre tus brazos;

mis manos entre las tuyas sin que yo me suelte,
nuestras vidas unidas como una sola mente fueran,
volver a nacer por mí.


La sonrisa de sus rosados labios se ensanchó sin perder el tempo del pianista y continuó entonando tan dulce melodía. Acarició la delicada y tostada piel de su pequeña y se dirigió de nuevo a un público invisible. Estaba convencida, ese sería uno de los momentos que recordaría toda su vida.

Volver a nacer entre tus brazos;

no apartes tus ojos de mí, no sueltes mis manos;
abarcándolo todo, la fortaleza de las esperanzas,
la fragilidad
de los deseos;
volver a nacer en tus brazos.


En algún lugar de esa pequeña cárcel de cemento humana, los ocres ojos de un varón dirigían la vista hacia la oscura fachada de ese teatro. Quizás fuese imaginación suya, pues dudaba que con esos oídos humanos pudiera sentir la esencia de esa voz que le encandilaba, como hacía con su pequeña. Inconscientemente en su cabeza resonaba la aterciopelada voz de su esposa.

Volver a nacer por ti;
porque el consuelo de mi soledad era no conocer la dicha contigo.
Porque la amargura de estar sola
era el miedo a saber que te perdería.


Por eso, volveré a nacer entre tus brazos.


Nasher dejó de observar el teatro y se encaminó a los barrios bajos de esa conocida ciudad. El anaranjado atardecer indicaba que le quedaban apenas unas horas para realizar ese cometido. El trovador, enfundado en ropas oscuras cubrió su rostro con la fila tela negra de la capucha, y se dirigió a las primeras sombras de oscuridad. Allí se desvaneció fundiéndose con las penumbras.

Volver a nacer por mí;
como fragmentos de una vieja concha al desprenderse,

se deslizan por mis mejillas lágrimas recién nacidas;
como un abrazo hace que las ligeras alas de mi espalda de abran;

volver a nacer sólo por ti;

volver a nacer entre tus brazos.


La voz de Ayara seguía resonando en su cabeza armonizando sus instintos y, aunque estuviera seguro de que era su imaginación, desvió la vista una última vez al teatro donde se ella se encontraba. Sacudió su espina dorsal como si de un felino se tratase para intentar centrarse en su cometido y se agachó en ese desgastado tejado. Las tejas corroídas por los días de invierno amenazaban con hacerle caer si no prestaba suficiente atención.

Deja que olvide tu voz y tus caricias;
romper así las cadenas que atrapaban mi corazón y pies;

volver a nacer en tus brazos.


Debajo de esos desgastados tejados, las callejuelas oscuras empezaban a iluminarse por las farolas que un viejo encargado encendía. Su extenso palo con el aceite candente frotaba contra el aceite de las farolas y acaban prendiéndose al instante, haciendo que un juego de sombras danzaran sobre las callejuelas. Sin duda esa tarea sería más fácil con magia.

Volver a nacer por ti;
como ascuas que nunca deberían apagarse ni perderse

una vez encendidas;
mis pensamientos no deberían esfumarse ni romperse al nacer;
en esta cuna que tú custodias;

empezar de cero.


Los ocres ojos felinos observaban la serpiente de iluminadas farolas que recorrían la calle. Un par de guardias se encontraban a varias manzanas de su posición y, necios de ellos, nunca alzaban la vista para observar los tejados, más cuando caía la noche. Saltó por los tejados hasta situarse cerca de los dos guardias, en esa posición podía ver la bifurcación de caminos que tenia delante: al sur, los barrios bajos; al norte, el distrito gubernamental; al este, el mercado; y al oeste, el distrito residencial.

Volver a nacer por mí;
volver a nacer entre tus brazos.


Nasher apoyó la espalda en una pared cercana, dejando que los últimos versos de esa conocido melodía abarcaran cada rincón de su mente y esbozó una sonrisa irónica. Tocaba trabajar.

Se deslizó ágilmente por los tejados dirigiéndose hacia el oeste de la bifurcación. El distrito residencial. Sin mucho esfuerzo dejaría atrás a ese dúo de guardias, los cuales estaban hablando de mujeres. Las mujeres hacían perder la cabeza a cualquier hombre, eso él sabía lo bien. Cayó sin sonido alguno de uno de los salientes de una casa baja y se encaminó por los adoquines ensombrecidos hacia una fachada antigua con una puerta corroída por el tiempo. Estaba seguro que chirriaría al abrirla.

Se acercó en el marco de la puerta y observó a ambos lados, un carruaje se situaba a menos de dos manzanas, sería ruido suficiente. Con un simple “clic” de la ganzúa abrió la puerta y el chirrido de la puerta quedó ahogado por el sonido de los cascos de los caballos. Se deslizó como una leve brisa por la maciza puerta y la cerró tras él.

Parpadeó varias veces hasta que sus felinos ojos se adecuaron a la oscuridad. El pasillo que tenía delante era alto, las paredes estrechas y sus vigas se distinguían en el techo como si se irguiese ante él una pequeña capilla sextina, olvidada con el paso de los años. Los ventanales de diversos colores, algunos rotos y otros llenos de polvo, dejaban entre ver algunos rayos de luz nocturna. Con sus ocres ojos observó un pequeño altar en medio de la sala, un olor metálico y reciente le llegó a su olfato. Cuando sus pies se deslizaron con cuidado al altar observó como las rojizas manchas caían por el lateral del inmaculado mármol, cayendo sobre el empolvado suelo. Llevó su izquierda enguantada en negros guantes de tejón a la mancha y tras impregnar sus dedos los acercó a su nariz distinguiendo por fin ese olor. Sangre.

Su diestra se colocó en la empuñadura de su reluciente estoque cuando oyó el murmullo de las voces que provenían de la parte alta. Hasta ahora no se había percatado que tras la horrenda cortina que pendía del techo había una escalera que subía a un segundo piso. Era estrecha y en forma de caracol. Apartó la mano de su afilado estoque y subió los escalones afinando su oído, todo lo que esa forma humana se lo permitía. El murmullo de voces se apagó en cuanto su primer pie inició la subida.

Información, sólo precisaba información, ese era su cometido en ese momento. Había ido a ese lugar con la idea inicial de encontrar lo que ese burócrata deseaba. Para eso le habían contratado. No pretendía abrir una escaramuza de sangre en la ciudad donde tenía a su familia, al menos no por ahora. El burócrata que lo había contratado le había dicho que ese lugar no era más que la casa de un familiar. Un familiar extraño, sin duda. Pues estaba seguro que el altar de la parte baja era de sacrificios; no obstante, ese no era su problema. La información que precisaba era la que le encaminara a hallar esa joya familiar que tanto deseaba ese adinerado humano, Ser Gabriel Stanford.

Ser Gabriel había indicado que la joya era de unas características inigualables, soberbia y exquisita. Según él era comprensible que cualquier ser humano la deseara. Lo que no había mencionado ese burócrata arrogante era que la exquisita joya era una niña de tirabuzones oscuros y ojos verdosos. La cual ahora, desde el lugar donde Nasher se encontraba, podía observarla maniatada y con las claras ropas tintadas de rojo escarlata. Eh ahí el motivo de ese nauseabundo olor a sangre.

Volvió a colocar la mano en la empuñadura del estoque y reprimió un suspiro. Pensó que esa “joya” no sería robada sin luchar. Los ocres ojos de Nasher observaron el pecho de la infante, éste se levantaba y bajaba, mostrando que aun vivía. Subió otro de los pocos escalones que lo separaban del primer piso y tanteó las penumbras de la sala. A diferencia de la niña ensangrentada, el resto de la sala se encontraba a oscuras. El único foco de luz era ese candil al lado de la joven.

La oscuridad de la sala le indicaba que estaban siendo observados pero no hubo movimiento alguno en esa oscuridad. Los ojos que los observaban, se limitaban a eso, observar. El trovador, tras divagar unos instantes, acabó recorriendo los pocos escalones que le separaban de la joven y sin dejar de observar la penumbra la tomó en brazos.

Pensó que eso sería mejor que una simple información, seguramente ese adinerado burócrata le pagaría algo más. Por el contrario, siempre podía volver a dejarla donde la había encontrado a la suerte que Tymora le hubiera predeterminado. Tras echar un último vistazo a las penumbras de esa sala del primer piso bajó los escalones de caracol y salió por la puerta sin ningún contratiempo. Era extraño, estaba seguro que en cualquier ocasión hubiera tenido que cruzar aceros con el agresor, siendo estos casi siempre ineptos que no sabían blandir un estoque con elegancia.

Aunque en esa ocasión era extraño, se había sentido amenazado por esa oscuridad haciendo que su instinto de supervivencia se rigiera en las leves danzas de las sombras, cada movimiento, cada cambio de aire. Hubiera sido más fácil en su forma natural pero había decidido no luchar en vano. Observó una última vez la fachada entornando los ojos y lo le dio más importancia y se encaminó a las oscuras calles de la ciudad. Cuando creyó haberse retirado de cualquier peligro, dejó a la infante en el suelo, se desabrochó la oscura capa y tapó el débil cuerpo de la chica. Sus ropas ensangrentadas no le ayudarían si se encontraba a la milicia del lugar y las preguntas no le interesaban. Retomó el peso muerto de la niña entre sus brazos.

Había caminado durante largo tiempo, hacia el lado contrario de esa pequeña capilla, e hizo resonar fuertemente sus nudillos sobre una puerta de roble macizo cuando llegó a su destino. Su destino era una pequeña mansión, algo apartada del distrito residencial, aun así llamaba la atención de cualquier lugareño. La primera vez que pisó esas calles recordaba que había estado observando esa residencia con poco entusiasmo, había imaginado que sería la casa de algún adinerado arrogante y mezquino humano. Bueno, ahora, tras el paso de los años, había comprobado que la mitad de sus suposiciones eran ciertas. Lo único que salvaba a Ser Gabriel era que no era despiadado ni mezquino; sino más bien, un bonachón de los que muchos se aprovechaban.

El trovador observó el rostro de la pequeña y apartó de su pálido pómulo un escarlata mancha. Nunca hubiera imaginado que ser mezquino y malévolo arrancaría la vida de esa infante de unos diez años de edad. Recordaba a esa cría, andaba alegre y con sus rosados pómulos destacados por una viva sonrisa. Siempre agarrada de la mano de su regordete padre. Orgullosa, cariñosa, mimada, todo lo que una niña de su edad podía ser. Arrojó toda idea de esa pequeña a un rincón de su cabeza y se otorgó a sí mismo el valor de continuar con su frívolo cometido.

Pronto una bolsa de oro estaría en sus manos y se encaminaría hacia el teatro donde su esposa e hija le esperaban impacientes por su regreso. Podría deleitarse con la dulce voz de Ayara y no meramente imaginarla en su mente. Tras su función la besaría y abrazaría agradeciéndole tan preciada melodía. Beberían, reirían y serían felicitados por haber traído al mundo tan preciada criatura, Haala. Haala, su pequeña, debía protegerla de aquello que era capaz de secuestrar a un infante y apagar su vitalidad.

La puerta acabó abriéndose a las penumbras de la noche y de ella salió una luz demasiado intensa. El trovador entre cerró los ojos hasta que estos se acostumbraron a esa intensidad y entró por la puerta. Ser Gabriel se encontraba con rostro congestionado y nervioso ante la visión que el trovador le otorgaba. Seguramente se preocuparía de su hija al ver esas ropas inmaculadas plagadas de escarlata. Se dirigió a lo que era la sala de estar y extendió a la joven en el sofá apartando su negra capa de su delicado cuerpo. En el último momento, creyó que eso había sido descuidado. Ser Gabriel enloquecería sin siquiera verificar si seguía viva o muerta.

- Isabelle. - la ronca voz del burócrata se había quebrado. - Isabelle, Isabelle…

El llanto amenazaba con emanar de sus ojos mientras el burócrata se arrodillaba ante la infante y le tomaba la mano ansiando que esta, como por amor a dios, retomara sus rosadas mejillas y quizás sonriera diciendo que lo ocurrido era solamente una broma. No era así, la joven estaba anémica, pálida como la mismísima muerte. Nasher suspiró y apartó al patético burócrata.

- Ser Gabriel, si tiene tiempo de llorar debería tratar las heridas de su hija o acabará muerta. - Pero mi hija, mi querida hija… Kelemvor quiere llevársela - y las lágrimas acabaron cayendo de tan distinguido burócrata.

El trovador dedujo que llegaría tarde a la actuación de su amada, llegaría lleno de sangre y eso disgustaría a Ayara. Esperaba que su narración al menos ayudara a suavizar sus regaños por ponerse de nuevo en peligro por dinero. Imaginó que la idea de que fuera una niña la haría entrar en razón. Bueno, se ahorraría que en un principio pensó que era una joya de inigualable valor. Ya pensaría en ella, ahora tenía que parar una hemorragia. Robó un pañuelo que tenía el burócrata en uno de sus bolsillos e hizo que éste soltara la mano de su hija para que tomara el pañuelo y presionara sobre la sangrante herida.
- Si fuera mi hija no tendría tiempo de llorar, por tanto deje de ser patético y haga lo posible por salvarla, sino perderá a su estimada joya y mi trabajo habrá sido en vano. - Tiene razón, tiene razón. - el burócrata intentaba auto convencerse de lo ocurrido y con temblorosas manos presionaba la herida - ¿Quién le ha hecho esto a Isabelle?

Quién, eso le gustaría saber a él. Quién. Sólo con pensar que podría haber sido Haala le hervía la sangra, bulléndola, y haciendo que su cólera quisiera salir para devastar esa ciudad en busca de ese mal nacido. Por suerte, no era ella quien estaba muriendo. Sacó una pequeña daga de su funda y con destreza cortó el tejido de tela que cubría la herida de la pequeña.

- No puedo decírselo, Ser Gabriel. Cuando llegué ella ya estaba sola y desangrándose. No obstante, encontraré la respuesta.

No es que le importara la infante que tenía bajo sus enguantadas manos, desangrándose, más bien sentía curiosidad por saber quién sería el causante de tal atrocidad. Pensar un segundo que esa niña podía ser Ayara o su pequeña hacía que quisiera encontrarlo y obligarle a pagar por sus actos. Estaba seguro que en esa pequeña capilla, tan tétrica y sombría, hallaría más respuestas. Sólo debía volver y buscar más detenidamente pero no sería esa noche, esa noche debía salvar la vida de esa joven dama y volver con su familia.

Apartó el último trozo ensangrentado de tela y murmuró unas oraciones. En momentos como estos, agradecía a Ayara que le enseñara sus dones de curación. Se desenguantó la mano y tiró el guante hacia el suelo, mientras el tenue haz de luz blanquecino salió de su tosca mano y se depositaba en la profunda herida de la dama. No se recuperaría del todo pero dejaría de sangrar y Ser Gabriel se tranquilizaría. La herida fue cerrando poco a poco, con una leve superficie seca creada por la propia sangre que emanaba de ella. El burócrata sollozaba en silencio. Era tan patético, aunque no le culpaba.

El haz de luz desapareció a los pocos minutos.

- Deje que repose, la herida se abrirá si se mueve demasiado. Llévela al sacerdote que se encuentra en la capilla de Tyr, él acabará con el peligro de su hija y con su dolor.

Nasher buscó con su mirada el guante de tejón y volvió enfundarlo en su mano. El burócrata aun perplejo le observaba como si hubiera salvado su vida que había estado amenazada a sucumbir al suicidio si perdía también a su estimada hija. Su esposa había caído en manos de Kelemvor hacía ya diez años, cuando el parto se complicó y dejó su último suspiro para traer al mundo a esa pequeña dama.

- Deje de mirarme así, ya hice mi trabajo. ¿Le importaría pagarme?. No trabajo gratis, ¿sabe?.
- Sí, sí, sí. - El burócrata dio un respingo y salió de la habitación a grandes zancadas, hacia alguna parte. No sin antes depositar un cálido beso en la frente de su preciada Isabelle.

El trovador estaba seguro que ese distinguido burócrata aun estaba en shock. Mientras esperaba, retomó su negra capa y aun ensangrentada se la colocó sobre sus hombros y la abrochó. En la sala contigua se oía el ruido aparatoso de Ser Gabriel, estaba nervioso con una respiración agitada que indicaba que seguía buscando algo. Al cabo de un tiempo que al trovador le pareció eterno, volvió a aparecer por la puerta que había usado para salir. Sus rosadas mejillas, acostumbradas a la cerveza y a las risas, se encontraban tan pálidas que parecía haber visto un fantasma.

Algo iba mal, una sombra se apresuró a aparecer tras Ser Gabriel y, empuñando un estoque, dirigía al rechoncho burócrata hacia donde su hija estaba tendida. Nasher dirigió su diestra hacia la empuñadura de su arma, la ancha capa ocultó su movimiento y sus ocres ojos no se desviaron de esa sombra. Las luces que habían iluminado la sala hasta hacía un momento, habían menguado con el solo paso de esa misteriosa figura. Los pasos del nuevo encapuchado eran casi más sigilosos que los del mismísimo trovador, parecían deslizarse en vez de caminar sobre la alfombra que había bajo sus pies.

Un ligero halo frío seco envolvió la habitación y Ser Gabriel tintineó los dientes, quizás por miedo o quizás por ese frío repentino. Los ocres ojos del trovador observaron esa danzante figura que se dirigía hacia Isabelle, cuyo padre casi echa a correr para refugiarse en una esquina lejos de ese encapuchado y pálido ser. Los rojizos ojos de la figura centellearon al ver al trovador. Éste había sido considerado poco importante en un primer momento hasta que por supervivencia algo hizo de bailaran.

Los metales chocaron en un intento de agresión hacia el contrincante. El encapuchado ser giró a la derecha en un movimiento impredecible para la mente humana pero Nasher no era humano. Detuvo otro golpe, potente y ágil. Fueron varios los golpes que iban apagándose con el sonido seco del golpe de filos, el choque de los metales tintineaba amenazante sobre ese vaho de hielo que había traído el encapuchado. Los rojizos ojos del encapuchado se cruzaron varias veces con los del trovador. Algo le resultaba familiar, algo que presentía haber percibido hacía años, algo decidido a mantener en el recuerdo, ese algo eran los vampiros.

Vampiros, criaturas no-muertas, sedientas de sangre. El trovador rió, rió con tantas ganas que retumbó su carcajada irónica por esa sala amueblada con tan mal gusto. Un desafío así era digno de mención en las futuras historias épicas. Ya podía imaginarlo. “…y gallardo varón con un ágil movimiento se deslizó tras el ser y le atestó un fuerte golpe…” Giró sobre sus talones y se situó en la parte trasera del no-muerto empujándole con una patada alta. Usó su talón para que la propulsión fuese con más ahínco sobre la parte baja de la columna y así desequilibrarlo durante unos segundos. Si hubiese sido humano habría salido por el ventanal que tenía enfrente pero él tampoco era humano. Con un giro el vampiro volvió a desaparecer entre las trémulas sombras.

Los felinos ojos del trovador danzaron entre las sombras sosteniendo el estoque y una posición de guardia. Blandió su estoque hacia la derecha al tiempo que un leve susurro surcaba el seco frío y paró otro golpe, esa batalla duraría eternamente. Uno de los dos debería rendirse: el vampiro quedarse sin alimento tras ser descubierto; o el trovador dejar que el vampiro se alimentase.

Los labios del vampiro sisearon en un idioma desconocido. Ser Gabriel embistió contra el trovador y con un mediocre movimiento intentó arrebatarle el arma. Molesto, Nasher, empujó a su acreedor hasta lanzarlo contra la chimenea cercana y dejarlo aturdido. Empezaba a molestarse, la sangre le bullía, le mermaba la corriente de civilización que tenía, los huesos le ardían en un instinto de sucumbir a su naturaleza. Un frenesí que ansiaba que saliera para desgarrar y morder a esa nueva presa, el vampiro.

Un grito salió del pecho del trovador, exultante. Su cuerpo tembló unos minutos dentro de las penumbras de la sala, el sonido de los huesos desencajándose y agrandándose hicieron que el rojizo brillo del asaltante dejara de divagar sobre su presa humana. Toda su atención se había centrado en el trovador desde que el primer chasquido había roto ese tentador silencio y su hambre quedó apagada al ver a la criatura. Nasher se encontraba encorvado, su boca espumeaba por el dolor de la trasformación y su cuerpo se sacudió por última ver antes de observar con sus verdaderos ojos al vampiro.

Bajo ese halo de oscuridad había un rostro joven. La ancha capucha ocultaba un hermoso rostro aterciopelado y bañado de sangre seca, el festín había sido interrumpido hacia ya varias horas. Los ojos del ser se entrecerraron y su pálida mano aferró con más fuerza el estoque, mientras que con la otra sacó un estoque idéntico al primero. Una irónica sonrisa se acentuó en el rostro fantasmal y de sus labios volvió a pronunciarse un siseo.

Nasher salió disparado contra la pared e hizo que la pared se cayera echa añicos sobre su cuerpo magullado. Los músculos que tanto potencial y fuerza tenían habían salido disparados como si de una pluma se tratase. Esos músculos que habían conseguido vencer a tantos enemigos y que siempre habían conseguido salir impunes de cualquier combate. Se reincorporó sacudiendo la cabeza y observando la pila de escombros que tenía a sus laterales. Ese ser se había basado en su potencial con la corriente mágica de los arcanos, la Urdimbre. Gruñó guturalmente y se abalanzó contra el no-muerto pero... éste desapareció.

Una oleada de aire se coló por la apagada chimenea, donde el burócrata seguía inconsciente. La helada brisa hizo que las puntiagudas orejas del felino se pusieran alerta: un murmullo de voces en un idioma que no consiguió descifrar, el toque de unos pies subiendo por los adoquines negrizcos de la chimenea por culpa de innumerables fuegos encendidos, una respiración entrecortada y el débil gemido de la infante. Los ocres ojos del animal se desviaron al sofá, ahora vacío, pero ella no era su problema.

El pálido intruso había desaparecido de su vista. Simplemente había vuelto a por su presa y desapareció tan pronto la había recuperado. La niña volvería a estar en esa capilla envejecida y descuidada en el primer piso con un empolvado suelo lleno de su escarlata sangre. Su pulcro cuerpo se quedaría sin vida esa misma noche o. quizás al alba, volvería con su angelical sonrisa y sin recordar nada. Aunque el trovador supiese donde hallarla no iría en su busca, ese no era su problema. Volvería a casa con sus dos preciosas mujeres y evitar atraer a esos muertos hacia su familia.

Los dolorosos chasquidos de los huesos de Nasher volvieron a sonar en el silencioso aire, el vaho helado había desaparecido con ese ser y Ser Gabriel no tardaría en recuperarse de ese golpe. Reprimió el grito de dolor que solía soltar cundo sus huesos se empequeñecían hasta volver a estar presos en esa cárcel humana. Su respiración saturada y ahogada no tardó en retomar un ritmo normal, demasiadas lunas llenas, demasiadas trasformaciones. El dolor ya formaba parte del frenesí de su condición. Recogió su estoque, que había caído al suelo momentos antes de perder su condición humana, y lo envainó en su funda de cuero.

El trovador se acercó tambaleándose hacia Ser Gabriel y, tras comprobar que su acreedor seguía respirando, introdujo su mano en uno de los y sacó su remuneración por ese endemoniado trabajo. Antes de volver a reincorporarse depositó varias monedas del contenido de la bolsita en la mano del inconsciente burócrata.

- Por los desperfectos. - Palmeó el hombro del burócrata y se dirigió a la puerta sin más dilación.

La función de Ayara estaría apunto de concluir, al menos al último acto debía asistir. Al alba, tras haber descansado, volvería a ver a Ser Gabriel. Los pasos del bardo, silenciosos sobre los adoquines, se apagaron cuando subió a una pila de cajas y, tras ello, al tejado de una casa baja. Desde ese lugar se podía observar la zona más descuidada de la zona residencial; los bajos fondos y más allá, su destino, el teatro. Anduvo por los tejados con el suficiente cuidado para no caerse de ellos y desentumecer esos huesos que estaban engarrotados de su última trasformación.

Saltó hasta llegar a las sombras del callejón contiguo al teatro y salió de las sombras. Observó sus rasgadas ropas y se abrochó la capa para ocultar las manchas de sangre que había ocasionado portar a la pequeña en brazos. Extendió la diestra hasta el pomo de la puerta y la voz de su esposa retumbó en sus tímpanos arrancándole una cálida sonrisa. Acto seguido entró.

Ayara se veía radiante, tan radiante como la primera vez que la vio en une escenario y quedó impregnado por su existencia. Pronto desvió la vista, apremiado por encontrar a su otro tesoro, Haala. La pequeña estaba resguardada entre los blanquecinos brazos de Mara, una joven de cabellos ondulados y rojizos. La sonrisa infantil de la pequeña embobó a su padre hasta que atravesó la sala y la cogió entre sus brazos sin previo aviso. Mara, tras alterarse durante unos instantes, sonrió al comprobar quien era el furtivo ladrón de la pequeña. El trovador depositó un cálido beso en el pequeño pómulo de su hija, extrajo la silla continua a la de la pelirroja y se dejó caer en ella.

- Se te ve alg…

La pelirroja se interrumpió al recordar que Nasher no había estado presente durante toda la función. Examinó con sus verdosos ojos al esposo de su prima y frunció el ceño unos instantes formando unas pequeñas arruguitas en el entrecejo. El trovador no acostumbraba a perderse las funciones de su esposa, era tan adicto a ellas como lo era al dinero. Se podía decir que las prioridades de ese hombre eran: su esposa, su hija y el dinero; aunque estaba segura que el dinero en muchas ocasiones iba antes que su propia familia.

Los aplausos sacaron de sus pensamientos a la joven pelirroja y se unió al vitoreo dirigido a su prima. La rubia barda descendió del escenario para encontrarse con su familia, abarcando a ambos en un cariñoso abrazo. En ese instante, él lo supo. No podría decirle lo ocurrido, no podía mostrar sus ropas ensangrentadas por una pequeña criatura como Isabelle. No podía poner en peligro a las únicas personas que habían alcanzado a entender a ese extraño ser encarcelado en una diminuta cárcel de carne.