miércoles, 7 de enero de 2015

Interludio de desaparición: Nightmare.

“Recordar que uno va a morir es la mejor manera que conozco para evitar la trampa de pensar que hay algo que perder. Ya se está indefenso. No hay razón alguna para no seguir los consejos del corazón.”


¿Cuánto tiempo había pasado? Horas… Días… ¿Semanas? No lo sabía, no lo recordaba. Mis pies rozaban el suelo y encadenadas estaban mis manos a un gancho en el techo en medio de las paredes, había sido atrapada y entregada a ese tipo, para que decidiera qué hacer conmigo. Y había visto el desprecio más grande en los ojos del Líder, mientras sopesaba mi sentencia. Mientras cruzaba con él la mirada, dedicándole todo mi desprecio y  mi odio, respondiéndome él con una sonrisa indescifrable y una mirada despectiva, regodeándose ante mi patetismo. El llamado Líder sólo declaró que iba a otorgarme “la atención que debidamente merecía”, pero no me dio pistas sobre lo que planeaba hacer. En vez de eso me mandó encerrar, a la espera de la sentencia.


Esperaba mi muerte. A decir verdad desde hacía una eternidad. Mis manos alzadas en las cadenas de aquel gancho habían dejado de hormiguear hacía demasiado tiempo, sabiendo que el riego sanguíneo ya no circulaba por las entumecidas venas de los brazos. Mis pies apenas rozaban el suelo con las puntas y eso había llevado a que mis hombros casi se dislocaran por mi propio peso. Lo único que me acompañaba era un trémulo rayo de sol de vez en cuando y, eso, no me ayudaba a contar los días que llevaba en ese lugar. El frío había llegado más pronto de lo esperado y las nubes conseguían confundirme en la hora.

Después de lo vivido con varios de sus caníbales dudaba que me diera una oportunidad. No… él lo había dejado claro. No iba a gozar de un juicio justo ni de ninguna lucha de supervivencia. Eso le haría perder a más de sus hombres y era más divertido seguir siendo un mero juguete de trapo. Ese tipo no quería una mujer problemática en su campamento, si es que a esa pocilga de lugar se le podía denominar así. Lo más rápido, lo más cómodo, era apoyar mi cabeza en un tocón y dejar que el hacha de un verdugo les librara de los problemas. De mí.

¿Entonces por qué seguía colgada como un cerdo de matadero? Ah, claro… la tortura. Allí estaba mi parte de cerebro racional que me recordaba el dolor de cada uno de mis músculos y el punzante dolor en las sienes, debido a esas jodidas ilusiones. Qué irónicamente cruel podía ser el destino. Primero me habían torturado físicamente, luego había despertado en esa enigmática isla y, ahora, volvía a estar en una precaria posición de tortura entre psicológica y física.

Vi a April, en mi memoria, y a su bebé, ese pequeño que crecía en su vientre y que cuando me fui aún no había sabido darme la noticia. No podría ver aquellos ojos tiernos que seguramente heredaría de su madre... Y el padre, Finn… ¿sabría ya que era el padre? Aún tenía que saldar una cuenta con él pero esa idea se desvaneció. El pequeño de los Ryce… aún tenía que ayudarle… o no. En realidad ninguno de ellos me necesitaba, todos habían sobrevivido bien sin mí. Y entonces pensé en él.

William... ¿Qué había sido de él? ¿Habría encontrado a otra a la que molestar? No me había despedido de él cuando fui a buscar a Tyler. Tampoco lo vi necesario en aquel momento. No.. eso no habría tenido sentido, ni en mis más ilusos sueños. Me lo había repetido una y mil veces, y me había negado a verlo como algo más que un idiota que de vez en cuando me hacía el favor de sacarme una sonrisa. Y aun así, a expensas de ser abrazada por la parca, me di cuenta de que sí había llegado a estimarlo más de lo me había admitido a mí misma.

Más ya, ¿qué importaba? Mi vida se acercaba inexorablemente al final, al margen de que por fin hubiera asimilado mis sentimientos. Pronto todo habría terminado, y mi existencia habrá caído en saco roto. Dejé la mente en blanco durante algunos minutos, disfrutando de una queda paz interior. Una paz dolorosa, desgarradora. Pero paz a fin de cuentas. Con la tranquilidad de quien sabe que afronta un destino ineludible. Y en silencio, dirigiendo esa última mirada al techo de la celda, escuché pasos en la oscuridad. Aproximándose a través del pasillo. Y no supe por qué, pero tuve la certeza de que se dirigían hacia mí. Como el graznido de un cuervo portador de tempestuosas noticias.

Supongo que esperas escuchar que hoy será tu muerte – dijo de forma directa. – Pero no soy tan benevolente, ya deberías conocerme. Una muerte rápida no ayudará a que la sed de sangre de mi gente se apague, ni tampoco parece complacerlos mis métodos de tortura.

Esa voz… levantada de mis más hondas y lejanas pesadillas. Esa lengua sibilina, ese tono de cadencia pausada y escalofriante. Haciendo desaparecer la calma que mi corazón, transformándola en una heladora inquietud. Que evolucionó en una poderosa opresión atenazándome el pecho, congelándome la sangre y la respiración en los pulmones.

Abrí los ojos con las pupilas contraídas y el aire atascado en la garganta. Moví los dedos de alrededor de la cadena colgante con lentitud. Y aún más despacio bajé la mirada hacía él. Asomando mis cetrinos orbes tras los mechones de pelo húmedo y sucio, adheridos a mi rostro, cayendo por mis hombros. Encontrándome con esos ojos claros que tantos malos sueños y recuerdos habían protagonizado en las últimas semanas. Y un escalofrío me recorrió, imperceptible a simple vista. Pero reconocible en la leve tensión que recorrió mis músculos y marcó la expresión de mi faz, temerosa con los labios entreabiertos por el nuevo encuentro.

No... claro que no… – Negué, y acto seguido reí, nerviosa, incrédula. – Eso sería demasiado fácil. Seguramente, he debido quedarme dormida y vienes a mí de nuevo para convertir mi sueño en pesadilla… como has estado haciendo desde que me atrapasteis. – Aparté la vista de él, hacia algún punto perdido en la oscuridad de la celda. – Vete, no eres más que otra ilusión.

Una sonora carcajada sonó tras mis palabras.

Por desgracia para ti no soy otra ilusión. Nunca he morado por el reino de Hipnos. – dijo pausado. Su mano tomó mi mandíbula y la presionó obligándome a mirarlo. – Siempre he sido real, como reales son mis palabras y tu destino, un destino sobre el que no puedes hacer nada.
Reí. Amarga, sardónica, con ese tipo de risa que más cerca está del llanto desesperado que de la gracia. ¡Claro! ¿Cómo iba a ser tan sencillo? Para mí nunca lo era. No podía ser, simplemente, una pesadilla más de la que poder escapar. Una ilusión más que acabaría desvaneciéndose al final del día. Él era muy real en aquel momento, tocando mi rostro tan familiarmente, apenas a un par de centímetros de mí. Igual de real que mis palabras.

No, claro… Demasiado bueno hubiera sido. – grité, moviendo mi cuerpo en un aspaviento, acortando la distancia hasta casi rozar nuestras narices. Clavando mis cetrinos ojos en su clara y arrogante mirada. Tenía miedo, no podía negarlo. Era muy evidente. Temía mil veces más a ese hombre que a la muerte. Más soy una guerrera, y había aprendido a enfrentarme al miedo, aunque fuera imprudente. Aunque fuera una locura. Le dediqué una mirada furibunda – Pues ten presente, Claurek, que me soltaré y te mataré antes de caer en tus oscuros propósitos. No gritaré, no pediré clemencia, no desfalleceré ante tu tortura y no daré lo que tus seguidores desean. ¡Jamás me doblegaré a tus métodos! – siseé, vibrando en cada palabra de mi última frase todo mi desprecio.
Apretó mi mandíbula en consecuencia, como si quisiera partirla, y simplemente sonrió, comportándose como el ojo de un ciclón, silencioso. – ¡Nikolay! – alzó la voz en respuesta y los pasos de un segundo se oyeron. Cerniéndose sobre mí como la guadaña de la muerte. – Magnífico teatro, pequeña, pero los dos sabemos que no vas a conseguir salir de aquí. Estás infectada por la enfermedad más contagiosa y mortal de todas. La esperanza. – Dijo, clavando sus irises en los míos. – Siempre guardas en tu noble corazón la pequeña llama de la fe, una fe que te lleva a confiar que un día el destino te permita ser libre y verme a mi recibiendo el castigo por lo que te he hecho, eres tan honorablemente ilusa.

Fruncí el ceño y tensé la mandíbula ante el gesto. Sólo le había faltado aplaudir. Como si aquello fuera un espectáculo para su divertimiento.  Para más inri, Claurek le quitó toda importancia a mi amenaza, alegando que no sería capaz de liberarme, de matarlo. Ah, ¿no? El brillo de la rebeldía danzó en mis ojos, enfrentados a los de Claurek. Acerqué mi rostro al de él, destilando odio por cada poro de mi piel. Tanto que hasta noté como las fuerzas retornaban a mis músculos y se reflejaba en un intento de patada fallido por una mano que pertenecía a mi torturador, Nikolay.

Muy heroico, pequeña. – gruñó claramente iracundo. – Tu alarde de patetismo te costará que acabes gritando para mí, algo que te marcará y que te recordará que no eres dueña de tu destino.

Con prudencia se apartó de mí antes de que me recuperara de su sórdida amenaza porque me conocía lo suficiente para saber que volvería a arremeter contra él y mi mudo torturador, una estupidez que repetiría mil veces más, hasta mi muerte.

Ni de tu vida. - Claurek miró hacia mi torso dando una orden muda a Nikolay.

Dolor.

Eso fue lo primero que percibieron mis sentidos. Un dolor lacerante, casi ardiente, y familiar. Había recibido muchas heridas en la vida, como para no reconocer la sensación de tener una herida abierta en la piel. Miré abajo, hacía ahora un torso desnudo. Mi cuerpo, sobretodo mi abdomen, se encontraba despellejado, con la carne al aire. No sangraba, como si aquella herida hubieran sido hecha semanas atrás y después cauterizadas las heridas más graves para que pudiera sobrevivir al duro proceso de comerme viva. Pero escocía como si me estuvieran vertiendo ácido sobre los hombros. Sobre todo en la parte donde la piel inflamada presentaba un característico tono rojizo y ardiente. Insoportable. Esa era la palabra que mejor definía mi situación.

Esto no puede estar pasándome…, lloré interiormente. Tiré de nuevo de las cadenas, en un desesperado intento de desatarme. Deseaba poder hacerlo, romper los grilletes, y saltar al cuello de Claurek. Estrangularlo con mis propias manos, hasta ver desaparecer la vida en sus ojos. Hacerle pagar por cada palabra, por cada milígramo de dolor que había arrancado de mi piel, dejándome un paso más cerca de mi lenta muerte.

Grita. Pide clemencia. – dijo con esa aparente calma suya. - Si sigues negándote tan estoicamente sólo conseguirás hacerte más daño. ¿No estas cansada de luchar? Cede al dolor, a la petición de mi pueblo, y te daré una muerte rápida – me confesó.

- Así que eso es lo que buscas de mí, tras … estas semanas.. – siseé, odiosa. Dedicándole todo mí desprecio. – ¡Tsk! – le escupí en la cara. – Ni aunque me despellejes entera…

Quizás no era bueno darle más ideas, o eso sopesó la parte más precavida de mi mente. Mas en aquellos momentos, torturada por el dolor y con la rabia más profunda bullendo en mis venas, no podía pensar con lógica. Me sentía humillada, insultada y vejada.

Realmente Claurek parecía maravillado con el espectáculo que le estaba ofreciendo. Mostrándome tan patética al verme luchar con toda esa rabia ante una situación que por mucho que quisiera se me escapaba por completo a mi control. Vi cómo se limpiaba el rostro de mis babas. Y una soberbia patada hizo temblar todo mi cuerpo, el cual tembló dolorosamente en medio de la habitación, partiéndome un par de costillas. Me retorcí en el aire, mientras el sudor que perlaba mi frente resbalaba por mi piel, y mis ojos se cerraban dejando paso a una expresión de dolor como nunca antes Claurek había visto en mí.

Doblégala – sentenció, cuando recuperó la compostura.

Para Claurek no era suficiente jugar con mi sentimiento de culpabilidad, de remover sin parar aquellos negros sentimientos de mi alma. No. Él quería avanzar a un nivel más, y para ello empezaron a proyectar de nuevo imágenes en mi mente. Ilusiones, tan reales, de cómo mi piel era cortada con exquisito deleite. Retorciéndome. Pegando mi nuca en el suelo, evitando con todas mis fuerzas no alzar algún alarido al cielo, arqueando mi espalda hasta que se separaba del piso. Mientras el afilado bisturí seguía cortando mi carne en láminas finas y el calor de una mano opresora volvía a empotrarme contra el suelo, inmovilizándome. Los trozos de pellejo se cayeron como una serpiente cambiando la muda, liberando la nueva forma. Chasquidos que se convirtieron en terribles crujidos haciendo trizas mis huesos y mis articulaciones. Rota, fragmentándome, provocándome un dolor agudo y penetrante que me hizo convulsionarme. Y ese dolor repitiéndose una y otra vez aplacando mi voluntad y mi consciencia.

Fue entonces cuando percibí una sensación conocida. Un suave susurro en mi mente, como el recuerdo de una brisa silenciosa. Esos ojos claros clavados en mí como dos entradas al más cálido cielo.  Un escalofrío recorriendo mi maltrecho cuerpo. Era la mente de April tratando de deslizarse como un dulce rayo matutino en mi pensamiento. Tal era el alcance de mi sensación en aquellos momentos que pude sentir un sentimiento de dolor distinto al propio, las lágrimas bañando sus mejillas, su vitalidad esfumándose en un suspiro.

- ¡¡¡AhHhhHHhhHaaag!!! – grité tanto y tan alto que se me desencajó la mandíbula, y mis ojos se abrieron tanto que creí  a punto de salirse de mis órbitas.

Fue una larga y muda oscuridad la que continuó mi grito. Me vi atrapada en un mar negro, prisionera de mi cuerpo y mis sentidos. Pesada como el plomo, incapaz de mover un músculo, ni siquiera de volver a abrir los ojos. Flotando en el vacío, inmóvil como una estatua. Sola con las lágrima que recorrían mi faz, untadas con la preocupación. ¿Dónde estaba April? ¿Qué había sido de ella? ¿Cuándo podría verla para asegurarse de que estaba bien? ¿Y qué había sido aquella visión?
Mas, al final, la oscuridad se fue desdibujando en luz. Al principio difusa, gris, como una niebla ante mis ojos. Una niebla que poco a poco se despejaba dejándome reconocer sombras, tonos, formas desenfocadas. A medida que iba delineándose la realidad, más consciente iba haciéndose el dolor. Más se intensificaba aquel desagradable estímulo arañando mis nervios con saña. En medio de aquella burbuja desenfocada, me llegó el olor de la paja, la sangre y el penetrante aroma del sándalo quemándose en el ambiente. Y el dolor… seguía creciendo en mis sentidos, empezando a volverse afilado como miles de agujas clavándose en mi corazón.

Los minutos que tardó mi cuerpo en recuperar la autonomía después de varia semanas de inactividad, no sólo fueron agónicos para mí. También me costaron, uno tras otro, diversos golpes contra las capas de la dura realidad que se iba intensificando delante de mí. Reconocí las paredes de la jaula frente a mí, de poco más de dos metros. Pero no pertenecía a las ilusiones que hasta ahora había vivido. No olía a orines, excrementos o humedad. De hecho la fragancia del sándalo en el ambiente se había vuelto más densa. Tenía los músculos atontados y pesados tras tanto tiempo sin accionarse, sintiéndome débil y terriblemente hambrienta.

Y, para mi sorpresa, estaba sola. No había presencia alguna de Claurek ni de Nikolay. Traté de llevarme la mano a la cabeza y me percaté que mis manos seguían atadas con unas esposas… Eso significaba que seguía recluida. Pero, ¿cuánto era cierto y cuánto ilusión? Lo ignoraba por completo. Me levanté de la cama de paja en la que me encontraba y miré alrededor. El sonido de una llave girando hizo que observaba la enorme puerta de metal. Esperé que la puerta se abriera dando paso a mis captores. No hubo presencia alguna.

Una vez más el silencio reinó tras ella, imperturbable. Y envuelta en la duda giré el picaporte, abriendo la puerta. Bajo aquella sensación furibunda, desgarrando mi autocontrol y apretando las mandíbulas, avancé hacía lo desconocido del pasillo.